Muerto de manera temprana -según muchos- a los 50 años de edad, Raymond Carver es creador de una obra donde predominan los cuentos plenos de personajes ordinarios, gente sin importancia a la que le suceden las mismas cosas que a cualquiera, pero que en manos de este autor se llenan de una luz extraordinaria. Esa misma cotidianidad descarnada, confundible incluso con lo que siente y piensa el mismo escritor, se pasea por su poco conocida obra poética, de la cual ofrecemos esta muestra de versiones en español a cargo de Kevin Marín Pimienta.
Madre
Mi madre me ha llamado para desearme Feliz Navidad.
Y para decir que si la nevada continúa
Intentará suicidarse. Quisiera decirle que
No soy yo esta mañana, por favor,
Dame un respiro. Tendré que acudir al psiquiatra de nuevo.
Aquel que siempre me hace las más fértiles preguntas:
“¿Pero, qué sientes realmente?”
En vez de eso, le digo que uno de nuestros tragaluces
Tiene un roto. Mientras estoy hablando,
La nieve se funde en el sofá. Le digo
Que ahora cambié al All-Bran,
Así que no necesita preocuparse nunca más
De que me dé un cáncer
O que su dinero esté acabándose.
No me escucha. Luego me informa que está
Dejando este puto lugar. De algún modo.
La única vez que quiere verlo, o a mí de nuevo, es
desde su ataúd.
De repente, le pregunto si recuerda
La vez que papá estaba muy ebrio y le cortó la cola al perro labrador.
En esta tónica estuve un rato, hablando sobre estos días.
Ella escuchaba, aguardando su turno.
Aún nevaba. Nieva y nieva mientras
Sostengo el teléfono.
Los árboles y los tejados están todos cubiertos.
¿Cómo puedo hablar de esto?
¿Cómo puedo explicar lo que estoy sintiendo?
Felicidad
Es temprano y todavía está oscuro afuera.
Estoy cerca de la ventana con un café,
Y las cosas usuales de la mañana
Que pasan por mi cabeza.
Cuando veo al niño y a su amigo
Caminando por la carretera
Para dejar el periódico.
Tienen puestos gorras y suéteres,
Y uno de los niños tiene un maletín sobre sus hombros.
Son muy felices.
No dicen nunca nada, estos niños.
Pienso que, si pudieran, se tomarían del brazo del otro.
Es temprano en la mañana
Y hacen todo juntos.
Se aproximan, lentamente.
El cielo está llenándose de luz
Aun cuando la luna se refleja pálida sobre el agua.
Tanta belleza donde, durante un minuto,
La muerte y la ambición,
Incluso el amor
No pertenecen.
Felicidad. Llega inesperadamente. Y sigue su rumbo.
Realmente, cualquier mañana puede dar cuenta
De esto.

Dinero
Para ser capaz de vivir en el lado correcto de la ley.
Para usar siempre su propio nombre
Y su número de teléfono
Para prestarle dinero a una amiga y que no importe
Un carajo si la amiga abandona la ciudad.
Espero, de hecho, que ella lo haga.
Para darle algo de él a su madre.
Y para sus hijos y sus madres.
No guardarla. Usarlo antes de que se acabe.
Comprar ropa.
Pagar la renta y los servicios.
Comprar comida
Salir a cenar cuando la necesidad de hacerlo apremia.
Y está bien.
Pedir cualquier cosa fuera del menú.
Comprar drogas cuando desee.
Comprar un auto. Si se estropea,
Repararlo. O comprar otro.
¿Ves ese barco?
Adquirir uno igual.
Y navegar alrededor del Cabo de Hornos buscando compañía.
Conocer una mujer en Porto Alegre
Que amaría, que se volvería loca al verlo
En su propio barco,
Velas en alto,
Va hacia ella en el puerto.
Un amigo que puede pagar
Todo esto solo para verla.
Solo porque ama el sonido de su risa,
Y el modo como le baila el cabello.
Mi cuervo
Un cuervo voló hasta el árbol que está
Frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes,
Ni el de Galway.
Mucho menos el de Frost, Pasternak o Lorca.
Ni un cuervo de Homero, adornado en sangre
Después de la batalla. Era solo un cuervo
Que nunca encajó en ningún lugar
En su vida
Que no hizo nada digno de ser mencionado
Se quedó en su rama por algunos minutos
Y luego alzó vuelo bellamente fuera de mi vida.
Vagabundería
La gente que era mejor que nosotros vivía cómoda
En casas pintadas con baños de palanca
Conducían autos cuyo año y marca eran reconocibles.
Aquellas personas que no trabajaban se sentían avergonzadas.
Sus autos extraños terminaban aparcados en campos polvorientos.
Los años pasaban y todo y todos cambiaron.
Pero esto es todavía cierto:
Nunca me gustó trabajar. Mi victoria fue siempre ser perezoso.
Veía mi mérito en ello.
Me gustaba la idea de sentarme en una silla
En frente de tu casa por horas y no hacer nada
Usando un sombrero y tomando soda
¿Qué es lo malo de esto?
Fumando un cigarrillo de vez en cuando.
Escupiendo. Tallando objetos de madera
Con un cuchillo.
¿Dónde está el daño? Ahora y entonces
Llamaba a los perros para ir a cazar conejos.
Pruébalo.
Alguna vez saludé a un niño gordo y rubio
Como yo, y le dije: “¿No te conozco de algún sitio?”
No digas nunca: “¿qué vas a hacer cuando seas grande?”.
Traducción de Kevin Marín Pimienta.



