POEMARIO PARA UN ASESINADO

Entre la nostalgia y extrañeza por un caribe lejano, la poeta recuerda las pasiones y desaciertos de su padre y junto a él, en una que otra página, retrata las masculinidades que han habitado su casa desde que era una niña.

 

Por / Lauren Ortiz Rodríguez
Crudo, íntimo y transparente. Tal vez así podría describirse el libro: Sembré nísperos en la tumba de mi padre, la poesía narrativa de Johanna Barraza Tafur, mujer negra barranquillera de 25 años y ganadora del premio de poesía del distrito de Barranquilla en la categoría de nuevos creadores en el 2019.

Desde el 2017 la escritora vive en Argentina donde estudia Filosofía y Edición en la Universidad de Buenos Aires y, tras el asesinato de su padre, decide contar su historia a través de este poemario titulado como Poemas para velar a mi padre inicialmente y después, germina en el árbol de níspero donde se encuentran las memorias de una lección que no aprende: la muerte.

Entre la nostalgia y extrañeza por un caribe lejano, la poeta recuerda las pasiones y desaciertos de su padre y junto a él, en una que otra página, retrata las masculinidades que han habitado su casa desde que era una niña. En la segunda parte del poemario su padre es asesinado y la bala que le atraviesa el cuerpo deja a su paso dolores y un reclamo ante los señores que saben tramitar certificados de defunción, pero no los dolores de una hija insistente en maternar a su padre. Finalmente, el duelo se convierte en una forma de transitar la vida para la madre de la narradora y en un poemario desgarrador y profundo para Johanna.

Mis hermanas nacieron
demasiado blancas.
Jugaba a dejar
La marca de mis dedos
En su piel
Y ver como se iba
Lentamente.
Ustedes nacieron como el golero
En un mes se pondrán negras,
Decía papá.
Como prueba
Mamá me señalaba
La nariz de la bebé
Y el color de sus genitales

Después de meses
de estar haciendo el servicio militar
en el monte,
mis tíos y mi padre
traían historias
que no me interesaban
e iguanas.
Les gustaba comer a los machos
por ser más grandes,
a mí a las hembras
por tener huevos.
Pasábamos toda la tarde
quitándoles la piel.
Cuando la primera estuvo lista
me subí a un banco
para ver cómo se retorcía
en el agua hirviente.
Nos miramos con fijeza
y sentí su agonía,
¡está viva!
pero ellos afirmaban que no.
Soy una asesina, pensé,
ahora sus crías están en mi vientre,
las acuno como si fuera su madre.

En el barrio suenan disparos,
me apresuro a cerrar la puerta
pero un conocido la empuja
y lo dejo entrar.
Les disparan
A los que juegan cartas
en la esquina, dice.
Corro hacia el lugar
pero un vecino me detiene,
me abraza contra una reja,
pide que no me mueva
e intenta que no mire al sicario.
Decido mirarlo
mientras me apunta con el arma,
mi miedo no representa un peligro.
Las sillas y las mesas están agujereadas,
yo busco una billetera,
una camisa o una chancleta,
algo a lo que aferrarme.
Junto al árbol de níspero
veo el cuerpo de mi padre,
lo volteo para acunarlo
en mis brazos,
abre sus ojos
y su mirada penetra en mí
como bálsamo sobre una herida.

Llevo horas aquí afuera,
abrumada de ver como la burocracia
nos persigue más allá de la muerte.
¿Acaso nos volvemos parte
de una sociedad para esto?
Señores forenses,
ese cuerpo no les pertenece,
murió en mis brazos
y desde entonces
yo lo parí.
Cada vez que esas puertas se abren
veo en el fondo
hombres con overoles blancos
entrar a una sala
y me siento como perra en labor
que no quiere que sus criaturas
sean tocadas por manos extrañas.
Señores,
devuélvanmelo como lo traje a este mundo,
desnudo, ensangrentado,
no lo toquen, no lo abran,
quiero ser yo quien vea su hígado cirrótico
y la trayectoria de las balas en su pecho.
Quizás pido mucho,
quizás no,
cada quién debería
hacer con sus muertos
lo que le plazca.

Quiero contarte cómo fue todo
después de tu muerte.
De tu cuerpo
doné lo que servía
como me lo pediste.
Te velamos en casa,
nunca estuviste solo,
cobarde.
Estabas vestido,
igual que siempre,
por mamá.
Tus uñas,
intactas,
las más largas que he visto.
El vidrio del cajón
era endeble
como tus argumentos,
esperé hasta la madrugada
y cuando nadie me veía
lo abrí.
Te toqué,
estabas frío
y tu piel áspera
como la de un lagarto.
Conservo el plato
en donde tu madre
te daba de comer
a escondidas de tu padre,
también guardé el retrato de ella
y al igual que tú
me emborracho en su cumpleaños
y en el tuyo,
en el mío lloro
por la ausencia
de tu llamada a media noche.
Dicen que soy poeta,
te abro para escribir
pero no soy capaz de cerrarte
y decir adiós.

En mi familia
casi no quedan hombres:
Jesús, Luis,
Enrique, Fernando, José.
Algunos murieron
por el conflicto armado interno,
otros por la violencia urbana
y los que quedan
mueren por el dolor acumulado.
Sus muertes llegan mientras río,
mientras amo, duermo
o escribo esto.
La muerte es una lección
y yo no la aprendo.
En mi casa se cuelgan
Cuadros de familiares muertos,
Se mezclan con los vivos
Y aunque las paredes
Empiezan a agostarse
Decirle a mamá que los quite
No es una opción

Me hubiese encantado
Que mi madre
Tuviera un amante,
Que se negara
Como diría Maríamatilde,
A la dictadura de una sola cama.
Con más gusto
Hubiera alimentado
A la yegua de mi padre
Sin importar
Lo que le costara a mis manos,
Cortaría el pasto más virgen
Maíz tierno y panela pura,
Todo lo necesario
Para sus encuentros
En los matorrales
Con su vestido blanco
Y sus abarcas llenas de barro,
Lo lavaría todo a mano
Para sentir su olor

 

Ñapa

Cuando muera tírenme al mar
y que me coman los tiburones,
danzarán alrededor de mi cuerpo
como en una rueda de cumbia,
seré el manjar del día.
No me entierren,
ahórrense ese sufrimiento,
láncenme al mar,
no pierdan tiempo en funerarias
ni dinero en un ataúd lindo,
no elijan
qué ropa y peinado debo llevar.
Es mi voluntad,
dejo este poema como prueba.