CUANDO LA CIUDAD ME SOBREVIVA

Desde que era un niño, sin saberlo, empezó a concebir un oficio que marcaría definitivamente su vida. Un repaso de su libro Poemas, que recoge buena parte de su obra.

  

Texto / Jhonattan Arredondo Grisales – Ilustración / Juliana Gärtner

Después de treinta años de ausencia, el martes 28 de agosto de 2018 regresaba a su ciudad natal el poeta Luis Fernando Mejía. Sobre las dos de la tarde, un vuelo desde Cartagena de Indias, sin escala, lo trajo de vuelta vestido con un traje de lino color blanco. Imagino los rostros, las voces, los recuerdos que quizá pasaron por su mente mientras miraba a través de los cristales del automóvil que lo condujo al hotel donde se hospedaría en su breve estadía. La ciudad que se dibujó en sus pupilas debió despertar emociones entre el asombro y la nostalgia, pero también, supongo, alegría y júbilo. Volver a la Perla del Otún era volver a Ítaca. Este imprevisible regreso fue posible, para nuestra suerte, gracias a una invitación que le extendió el Festival Internacional de Poesía en Pereira, que en ese momento celebraba su duodécima versión y los veinte años de la Revista de Poesía Luna de Locos. Giovanny Gómez, el director de dicho encuentro, sin éxito había intentado acordar su participación en pasadas ocasiones. Pero, al fin, se dieron las cosas para que su voz de raíces fuera escuchada por sus lectores.

 

Momento de su llegada a Pereira el 28 de agosto de 2018, tras varias décadas de ausencia. Fotografía / Cortesía

Cuando la ciudad me sobreviva

para olvidarse de mi nombre;

la llamaré desde el fondo de la tierra

con mi voz de raíces.

Serán de tierra mis palabras.

Recogeré mi cuota de sangre entre los árboles.

Me improvisaré de viento

de silencio horizontal a las seis de la tarde.

Renegaré mi muerte.

Me negaré a olvidarme.

Gritaré mi silencio

entre el ruido de las fábricas.

 

Luis Fernando Mejía Mejía nació el 8 de enero de 1941. Desde que era un niño, sin saberlo, empezó a concebir un oficio que marcaría definitivamente su vida. Así lo cuenta en una entrevista realizada por Julio Sánchez Cristo en La W: “Cuando tuve que escribir algo que no fuera copiado de otra parte, sino por mí mismo, escribí una frase que no recuerdo qué era, y la monjita, la madre Cristina, dijo ‘este niñito es poeta’. Yo no sabía qué era ser poeta. Le pregunté a mi mamá y ella me dijo qué era poeta y me leyó los primeros versos de un pariente lejano que se llamó Epifanio Mejía. Desde entonces cobré una afición tremenda por la poesía y escribía y escribía poemas al punto de que siendo un muchacho de unos quince o dieciséis años, el maestro Alfonso Bonilla Aragón, que era un hombre muy generoso y amable con los jóvenes, luego de leer algunas cosas que había escrito me comunicó con doña Maritza Uribe de Urdinola mi primera lectura en La Tertulia de la ciudad de Cali”. Después, nos dice en esa misma entrevista, una amiga envió sus poemas a un concurso nacional donde resultaron ser los ganadores. Era 1964. Y el joven poeta pereirano, con tan sólo 23 años, ingresaba en la historia de la poesía colombiana con una voz madura y unos intereses poéticos bastante definidos para su corta edad. El resultado de dicho concurso, entonces, fue la publicación de su primer libro: Resurrección de los juguetes, publicado por la antigua Imprenta Departamental de Caldas, quienes, para su bellísima portada, escogieron la imagen de un niño que se encuentra elevando una cometa. La confección de esta imagen tiene trazos infantiles porque, a través de un concurso escolar, la pintura de un niño de ocho años finalmente fue elegida para ilustrar el libro. Un hecho más que simbólico en relación con el nombre y el contenido de su ópera prima.

 

Me levantaré a recoger la angustia

de los domingos de lluvia

y los años que pasaban buscándome

entre los niños del parque.

Exigiré que me devuelvan

los días perdidos,

y las noches perdidas

y los besos perdidos,

y el Dios que asesinaron entre las bibliotecas y las aulas.

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Ese mismo año, con su poema Las bienaventuranzas, obtiene el Premio Nacional de Poesía “Violeta de Oro”. Y en 1969 publica su segundo libro –Alquimia de los relojes clausurados– que en la carátula tiene una ilustración del artista Justo Arosemena. En estos dos poemarios, creo, se encuentran los nervios más sensibles del conjunto de su obra. Me refiero específicamente a su fijación por el tiempo, a la nostalgia por la infancia perdida y a su angustiante pregunta por Dios. Asimismo, el tema de la ciudad hace parte de su poética, como bien señala Mirot Daniel Caballero Benavides en un breve apartado que dedica a su obra en el trabajo de investigación Pereira poetizada: Imágenes y metáforas para construir una ciudad (2012): “El Luis Fernando Mejía de Resurrección de los juguetes (1964), es un poeta de la cotidianidad urbana, de ese ritmo de poderes secretos, hilado por vendedoras de arepas, vigilantes de cuadra, niños que van a la escuela y cientos de personas entrelazadas de manera convulsa por unas mismas calles y una misma historia”.

 

Cuando la ciudad me sobreviva.

Cuando me niegue sus calles.

Nadie podrá imponerme una muerte

que yo no escogí nunca.

Continuaré negándome a negarme.

En mis palabras de lodo reventarán las flores.

Mi garganta se hará de raíces

que arañen la lluvia.

Luis Fernando Mejía durante una lectura de Luna de Locos, 2018. Fotografías / Santiago Ramírez.

Esta mención me remite a las palabras que dije al inicio de este texto sobre qué había pensado el poeta cuando recién llegó a su ciudad después de llevar tres décadas viviendo fuera de ella. Pues bien, descubrí que con motivo de su visita, el viernes 31 de agosto de 2018, luego del lanzamiento de la nueva antología de sus poemas publicada por Klepsidra Editores, en las instalaciones de la Emisora Cultural Remigio Antonio Cañarte, el también poeta e investigador literario Mauricio Ramírez le realizó una entrevista destinada a un especial sobre la celebración del día de la pereiranidad. Ramírez, para empezar, le preguntó cómo se sentía tras su regreso. Esto fue lo que contestó: “Los antiguos griegos decían: «No abandones jamás tu patria, pero si la abandonas, no regreses a ella porque no la encontrarás». Y, en efecto, he vuelto y no la he encontrado porque la Pereira que yo dejé era distinta. La Pereira de ahora es mejor. Es la misma, pero mejorada y embellecida, sobre todo porque la gente es el alma de la ciudad. No son las casas, ni las avenidas, ni los puentes. Es el alma de la ciudad su gente y la gente que está surgiendo. Los jóvenes de ahora han transformado una ciudad progresista, ganadera y comerciante en una ciudad culta, que fue uno de los sueños de mi juventud. Yo siempre quise que en Pereira un poeta fuera apreciado, que un músico fuera respetado, que un pintor fuera admirado. Y hoy estoy encontrando un grupo de personas que han logrado realizar esa transformación milagrosa: convertir el gusano en mariposa”.

 

Cuando la ciudad se olvide de mi nombre,

yo estaré entre los niños que crecieron

para jugar a la guerra.

Estaré con un libro impidiendo la muerte.

¡Gritando desde las bibliotecas!

 

Estas palabras conciliadoras me confirman algo que intuyo en sus creaciones: concebir el acto poético como una forma de redimir la angustia y cualquier herida que afecte nuestro espíritu. De ahí, tal vez, su interés en los temas que mencioné anteriormente. Como dijo la escritora irlandesa Aisling Kavanagh en el epílogo de su desconocida novela Las noches en las colinas: “Hay temas que son mucho más que simples fuentes de creación, porque, aunque no lo percibamos, los portales que abrimos a través de ellos surgen desde las íntimas profundidades de nuestro ser”. Esa íntima profundidad la hallamos en la obra de Luis Fernando Mejía, desde Resurrección de los juguetes (1964) hasta Camino hacia la luz (1971); incluso, en los poemas inéditos que aparecen en sus dos antologías, Poemas (1989) y Antología poética (2018), podemos rastrear una misma búsqueda de sentido. Lo cual denota una voz que ha afinado su pluma con la consciencia de quien se sabe alguien que apenas recibe trozos de diminutas luminiscencias. Sin embargo, a juicio personal, es preciso reiterar que son sus dos primeros libros los mejor logrados. Además, señalar algo que he pasado por alto: Luis Fernando Mejía Mejía es un poeta polifacético. Revisando su biografía nos damos cuenta de que fue concejal, cónsul, profesor universitario, publicista, precandidato presidencial y, actualmente, dice, realiza estudios de astronomía con un telescopio semiprofesional. Tampoco puedo olvidar que en el año de 1972 publicó el libro Manuscritos de Lucio Malco en Bilbao (España), con el que ganó el Premio Internacional de Poesía “Rosa de Oro” en la misma ciudad[1].

 

Toda la humanidad pasará sobre mi olvido

y yo seguiré negándome al silencio

desde mi metro de tierra,

desde mi silencio aturdido de protestas.

 

Luis Fernando Mejía en la entrada de su ashram en la costa atlántica colombiana, Fotografía / Gusta Vasco Acosta

Detengámonos, pues, en su definida fijación por el tiempo. En los poemas “Reloj” (Un día/ a las seis de la tarde./ Estaré muriendo/ lo que nunca he vivido), “Noria” (El tiempo desde la prisión de los relojes/ dibuja mapas en los muros/ y se desnuda del día/ para huir sobre el río)” o “Destrocé mi reloj” (Destrocé mi reloj/ porque creía/ que con sus manos/ corta y larga/ se robaba el día) se puede ver manifiesta esta relación. Y algo aún más interesante: una hora que aparece en varios de sus poemas: las seis de la tarde. Entre ellos, por ejemplo, se hallan: “Seis de la tarde en el reloj del parque” (Recuerdo que llegaron las seis/ hasta el reloj del parque,/ para cerrarte el libro/ y llevarte de la mano embarrada de tus hijos/ y dejarme pensando/ sin poder entender,/ por qué se van los niños al lado de la madre/ y se quedan tan tristes los hombres y los parques/ cuando el reloj se pone vertical en la tarde?), “6 P.M.” (Su hora desprendida cae sobre mis huesos/ y me forma./ Esta es la hora que yo no quise nunca) y el poema al que pertenecen los versos que he intercalado entre los párrafos de este texto: “Cuando la ciudad me sobreviva” (Me improvisaré de viento/ de silencio horizontal a las seis de la tarde).

 

Continuaré creciendo en los incendios de hierba

y en las hormigas que bajan a mi cuerpo.

Nadie podrá obligarme a que desaparezca

Si he dejado la vida sobre todas las cosas.

Volver a la ciudad fue reencontrarse con un pasado que parecía olvidado. Fotografía / Santiago Ramírez

Este poema que acabo de mencionar, por ser uno de los más recordados, con el correr de los años se ha convertido en su huella dactilar. En la misma entrevista realizada en la Emisora Cultural Remigio Antonio Cañarte, Luis Fernando Mejía cuenta la génesis de ese poema: “Lo escribí en la Avenida Circunvalar. Eran como las seis de la tarde y me senté en frente de la iglesia San José. Ya la ciudad, al fondo, se veía iluminada. De modo que entré en conciencia de la muerte y asocié la muerte con la ciudad, que yo me iba y la ciudad se quedaba, porque desde siempre hasta ese momento la ciudad era una extensión de mi existencia, de cada parte de mí mismo. Entonces se lo dediqué a Pereira”. Sus palabras, en retrospectiva, me hacen pensar que su poema más celebrado era un poema admonitorio: la ciudad se quedaba, pero el poeta se iba. Nada extraño. La poesía, aunque no nos demos cuenta, siempre va un paso adelante de las cosas que nos suceden. Ustedes me perdonarán la vanidad, pero justo aquí debo hacer una confesión: cuando me percaté del detalle de la hora en sus poemas y cuando supe que su poema más recordado fue escrito precisamente a las seis de la tarde, no pude sino hacer conjeturas sobre sus posibles motivaciones. Nunca había tenido la oportunidad de conocerlo ni de escucharlo. Sólo tenía en mi biblioteca uno de sus libros y la convicción de saber que detrás de esos versos se ocultaba un hombre maravilloso. Pero cuando pudiera hablar con él, me dije, no dudaría en hacerle la siguiente pregunta: ¿Por qué las seis de la tarde? El día en que lo conocí, con cierta timidez, me acerqué y lo saludé. Le expresé que me alegraba verlo y que tenía una pregunta que desde hacía mucho me generaba curiosidad. Luis Fernando sonrió, hizo un gesto de sorpresa y finalmente me dijo: “Porque esa es la hora en que los pájaros cubren de ceniza los tejados”.

 *Esta publicación hace parte de la convocatoria “Cultura en casa” de la Secretaría de Cultura de Pereira.

[1] Es importante resaltar que su nombre aparece en dos importantes textos compilatorios: por un lado, el crítico Andrés Holguín lo incluye en la Antología crítica de la poesía colombiana (1874-1974); y, por el otro, el poeta, antólogo y crítico Rogelio Echavarría lo incluye en el diccionario de poesía colombiana Quién es quién en la poesía colombiana (1998).