Oliveiro Salazar Gutiérrez nació en Pereira el 28 de febrero de 1940. Poeta. Publicó parte de sus poemas en revistas, periódicos y folletos de la región. Es hijo del escritor Lisímaco Salazar Ruiz, con quien escribió “Anotaciones para la historia de Pereira”, una crónica con la cual participaron y ganaron el segundo lugar en el concurso de historia abierto por la Sociedad de Amigos del Arte con motivo del centenario de la ciudad, en 1963. Estos poemas, atravesados por la angustia y el deseo de redención del hombre por el hombre, son apenas una muestra de su producción intelectual. Falleció en su ciudad, el 26 de octubre de 1987.
Tema de sombra y espina
1
Pero ya somos hombres
y la angustia regresa
y el corazón se apresta a recibirla.
2
¿Qué duele más al hombre,
la rosa
o la espina que habita
su propio territorio?
Elegía recordatoria
(Añoranza de la abuela elemental)
Para Héctor, mi hermano
1.
¿Quién construyó la sombra?
¿Qué mano oculta
la rodeó de silencios
y la entregó a la noche?
El viento,
con su estación de gritos,
no está en ella.
La palabra no penetró
en su inédita
dimensión de ceniza.
¿Desde qué oscuro comienzo
se gestó?
¿En qué remoto tiempo
apareció en el aire?
Venías de la sombra
o quizás de ti misma.
Te reconocías como un ala
o acaso como una golondrina.
Te circundaba el viento
en una afirmación de colores.
Poseías el aire
o tal vez
eras el aire mismo.
Eras trino o vertiente
de silencio absoluto.
Las palabras llegaban hasta ti
Como flechas de miel.
Estabas frente al tiempo,
amor, silencio o esperanza,
el mismo espacio y el mismo tiempo
se medían en eternidades.
Hoy te recuerdo desde el fondo
del corazón deshabitado,
como a Dios con tu sonrisa,
con tu sonrisa iluminada.
Invocación a César Vallejo
Tu voz americana y española
-Perú crucificado de indio y coca-
vuelve en mi corazón, latido y ola,
a ser grito de América y de roca.
Mestizo triste. Sombra triste y sola.
Tierra angustiada. Grito a flor de boca.
César de luz: presencia que se inmola
y presencia otra vez que se desboca.
Hombres así, nada más, de aire y de tierra.
Visionario fugaz, hombre sin guerra,
mi palabra será de luto y llanto.
César Vallejo: indio que me esperas
para izar estandartes y banderas
entre los pabellones de tu canto.
Mi voz limita al norte con tu sueño
Mi voz limita al norte con tu sueño
y tu estatura al sur con mi esperanza.
Mi corazón te busca en las raíces,
te averigua en el aire.
Habitante del viento.
Residente de calles y edificios
que visten un ropaje de cemento,
mi voz te reconoce en los cristales
del río que se quiebra
o en el neón iluminado de una esquina de semáforos insomnes.
Te intuyo entre la sombra
cansando las estrellas
o –transparente- refugiada acaso
a medianoche en la ciudad perdida.
Existen en la forma en que te pienso,
en la medida en que mi voz te inventa,
en el espacio en que mi pensamiento
te forja, te da vida y te proyecta.
Chocó 57
Mi padre
subía hasta Dios
por un silencio indestructible
-¿quién destruye el silencio?-
y regresaba
cargado de palabras como frutos.
En la noche
-era noche permanente-
se llenaba los labios de evangelios
como un río de peces en subienda.
Nombraba a Dios como se nombra el aire,
como se dice árbol, sombra, amigo
o simplemente amor, sin pronunciarlo.
Mi padre comprendía el dolor de ser hombre.
La angustia se alargaba
como la calle árida de un pueblo
que no tiene final ni ha comenzado.
Un arcángel de luto sitiaba nuestra infancia
y el odio como un hongo de Hiroshima
nublaba nuestra frente,
construyendo horizontes de ceniza.
Ya no era el viento izando una cometa,
no era el río de vidrio,
quebrándose de burbujas de campana,
ni eran las mariposas
inventando colores en la tarde.
Las mujeres sin tiempo y sin espacio
para sentir amor y ser amadas;
ni el amor mismo les pertenecía,
ni la caricia, acaso ni los besos.
El Ingará rodando hacia la noche
y la noche rodando hacia los hombres.
Mi padre
subía hasta Dios
por un silencio indestructible.


