No importa que el viajero apenas abra los libros que lleva consigo. Basta con saber que están con él, que puede sacar un ejemplar del bolsillo cuando quiera y donde quiera y abrirlo por cualquier página. La ventaja de releer uno de nuestros libros favoritos en un lugar distinto del habitual es que así renovamos la impresión que nos causó su primera lectura, confiriéndole ahora un aire aventurero.

 

Por: Jaime Fernández

En una de las setenta y siete cartas que Emily Dickinson escribió a sus primas Louise (Loo) y Frances (Fanny) Norcross, a las que consideraba como si fuesen sus hermanas pequeñas -se quedaron huérfanas siendo niñas-, incluyó un poema en el que compara el libro con una fragata “para llevarnos a lejanas tierras”. “¡Qué frugal es el carro/ Que lleva al alma humana!”, son los dos versos que clausuran el poema. Esto lo decía la mujer que durante sus  cincuenta y cinco años de vida apenas se movió de su casa  de Amherst, en Massachusetts, y que en otra carta a las queridas “primitas” confesaba haber perdido “la costumbre de las carreteras”.

Dickinson tenía el don de expresar de una forma evocadora una metáfora tan sencilla como ésta del libro-fragata que a su vez nos conduce a la del libro-viaje. De manera más prosaica, pero con la misma naturalidad, H.G. Wells cuenta en su autobiografía que cuando empezó a leer descubrió el arte de abandonar su cuerpo y sentarse impasible y acurrucado en un sofá “mientras vagaba lejos por las colinas, en novedosa compañía y en nuevos escenarios”. La lectura hace que nos desprendamos del yo y que, aligerados de toda carga, incluso la corporal, nos abandonemos al vagabundeo por los territorios inexplorados del libro que ha caído en nuestras manos.

Emily Dickinson

Leemos para escapar del mundo que conocemos a otros que ignoramos y en los que esperamos encontrar historias, personas, sentimientos, sensaciones y pensamientos nuevos. Los juegos de palabras libros libres y libros liebres concuerdan con la idea del libro como un medio de transporte que nos permite salir del lugar en el que estamos anclados y emprender viajes imaginarios a tierras lejanas sin movernos de la butaca. Proust observó que

“cuando uno lee, le gusta siempre salirse de sí mismo, viajar”.

Al escritor ruso y Premio Nobel de Literatura en 1933, Iván Bunin, le bastó la lectura del Quijote, el libro en el que aprendía a leer, para viajar a los tiempos de la caballería que le hacían imaginar castillos, murallas, torres almenadas y puentes levadizos, corazas, viseras de yelmos, espadas y ballestas. Hasta soñaba que le daban el espaldarazo y que lo recibía arrodillado, místico y fervoroso. Después de Don Quijote y los castillos de caballeros vinieron los mares, las fragatas, Robinson Crusoe y el mundo del océano y los trópicos. Su compatriota Aleksandr Herzen se imaginaba en los mismísimos bosques de Bohemia cuando leía en voz alta fragmentos de alguna obra de Schiller en el claro del bosque, lejos de la casa de campo de sus padres.

Iván Alekseyevich Bunin

El libro puede rebasar la frontera de la metáfora que lo asocia al viaje para convertirse, además, en un ameno compañero del viajero. Montaigne viajó bastante más que Dickinson, en tiempos de paz y de guerra -las guerras de religión que lo asediaron y que tanto le asqueaban-, pero nunca olvidaba incluir en su equipaje un puñado de libros. Aunque se pasara días sin abrirlos, le sosegaba pensar que los tenía a su lado para procurarle placer cuando llegase el momento. Era tal la ayuda que le prestaban en la vida cotidiana que los consideraba “la mejor provisión” que había encontrado “para este humano viaje”. Compadecía a los hombres de entendimiento que carecían de ella.

Por una feliz asociación de ideas en un mismo párrafo enlazó la costumbre de llevar consigo algunos libros en sus viajes con la metáfora del libro como la mejor provisión (“la meilleure munition”) para el viaje de la vida. Algunos traductores han preferido traducir “munition”, que deriva del verbo “munir” (pertrechar, municionar, abastecer), por “viático”, una palabra derivada de la latina “via”, camino.

El viático es la prevención, en especie o en dinero, de lo necesario para el sustento de quien emprende un viaje, y para los católicos, el sacramento de la eucaristía -una gracia divina-, que el sacerdote administra a los enfermos que están en peligro de muerte y que, por tanto, se disponen a emprender el camino hacia el otro mundo.

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

Alguien que ejercía un oficio tan diferente del de escritor, pero cultivado y amigo de novelistas y poetas, el popular torero Juan Belmonte, viajaba en sus giras nacionales e internacionales con una espuerta llena de libros a los que se aficionó con pasión quijotesca en su adolescencia de lector de historias de aventuras. En las conversaciones que mantuvo con el periodista Manuel Chaves Nogales, recopiladas en la biografía Juan Belmonte, matador de toros. Su vida y sus hazañas (1935), le confesó que a los veinte años leía mucho, sin orden ni concierto, haciendo grandes esfuerzos “para comprender y digerir” cuanto caía en sus manos. Tanto se identificaba con los héroes de las novelas que pensó que la vida que vivía era más de ellos que suya. Suena un tanto extraña esta confesión en alguien cuya profesión consistía en arriesgarse la vida ante un toro bravo al que tenía que matar después de lidiar con él.

No importa que el viajero apenas abra los libros que lleva consigo. Basta con saber que están con él, que puede sacar un ejemplar del bolsillo cuando quiera y donde quiera y abrirlo por cualquier página. La ventaja de releer uno de nuestros libros favoritos en un lugar distinto del habitual es que así renovamos la impresión que nos causó su primera lectura, confiriéndole ahora un aire aventurero.

Belmonte junto a Valle-Inclán y enfrente de ellos, Ramón Pérez de Ayala

En unas circunstancias muy diferentes de las que describe Montaigne, Próspero, el viejo sabio de La tempestad, de Shakespeare, se hizo a la mar con algunos de los volúmenes más apreciados de su biblioteca, a bordo de una precaria embarcación, cuando fue desterrado de su Ducado de Milán por su hermano Antonio, en connivencia con el rey de Nápoles. Antes de su caída en desgracia, los libros fueron la provisión que le ayudó a sobrellevar una vida aparentemente plácida.

El inconveniente es que el trato continuo con ellos lo aislaba de las intrigas palaciegas. Hasta que un día fue víctima de la que urdió contra él su hermano, abocándolo al exilio. A partir entonces, los libros representaron para Próspero más un viático que una provisión con la que soportar la existencia.

Al arribar a una isla desierta, junto a su pequeña hija Miranda y sus leales vasallos, Próspero se sirvió de los conocimientos adquiridos en los años de estudio para vencer las adversidades a las que hubo de enfrentarse en las nuevas circunstancias. Los libros que cuando residía en su palacio ducal contribuyeron involuntariamente a su desgracia, habrían de guiarlo con mano firme en el viaje por las turbulentas aguas de la incertidumbre, alumbrando su estancia en la isla desconocida.

Escena de “La Tempestad”, de William Hogarth, en la que aparecen Ariel, Próspero, Miranda y Calibán

En su exilio forzoso, Próspero al menos logró llevarse consigo  algunos libros de su magnífica biblioteca. Peor lo tuvo Ovidio, quien, desterrado a los 52 años (año 9 d. C.) en la remota ciudad de Tomos, en la actual Rumania, “el lugar más apartado de la Tierra, cerca de los confines del mundo”, bajo los rigores del invierno y “en medio de la barbarie”, no disponía de ningún texto para leer.

No obstante, en una carta que le escribe a su esposa Fabia le confiesa que, pese a sentirse enfermo en un lugar tan hostil y “dudando casi hasta de mi propia vida”, se dejaba visitar por las Musas. En aquella ciudad desapacible, donde, dado que nadie le entendía, él era el único bárbaro entre los bárbaros, componía versos para olvidar sus desdichas.

En un ambiente inhóspito los libros ayudan al lector evadirse de su aislamiento, conversar con ellos sobre asuntos con los que no puede hablar con ninguna de las personas que le rodean.  Los únicos lectores del relato de Chéjov El pabellón número 6, el doctor Raguin y el joven enfermo de manía persecutoria Iván Dmítrich Grómov, leían para combatir el aislamiento social que padecían en la ciudad provinciana. La otra cara es que, al igual que le sucedía a Próspero en su palacio, los libros los aislaban aún más de lo que estaban.

Estatua de Ovidio en Constanza, por Ettore Ferrari

Estas dos funciones del libro, viajar a tierras lejanas y aliviar la sensación de aislamiento, confluyen en el lector más celebrado de la literatura, el hidalgo Alonso Quijano. Los libros de caballerías, pero también las crónicas históricas, le ayudaron a escapar de la estrechez aldeana y del ambiente prosaico en el que vegetaba hacia una época y una mentalidad radicalmente distintas y, al mismo tiempo, paliar el aislamiento entre gentes con las que compartía pocas cosas.

La afición por la literatura caballeresca que mostraban sus paisanos y amigos el Cura Pero Pérez, el bachiller Sansón Carrasco y el barbero Nicolás, debía de parecerle superficial, al menos comparada con el paroxismo con que él la vivía. Justamente como resultado de éste, Alonso Quijano fue más lejos que cualquier lector común en su tentativa de escapar de la realidad a través de la lectura, transformándose él mismo en caballero andante, o sea, el prototipo de personaje  emblemático de las novelas de caballerías que leía apasionadamente.

No se conformó con la evasión momentánea que produce la lectura, y que acaba en la última frase del libro, sino que, en su flamante identidad de Don Quijote de la Mancha, hizo de ella una forma de vida. Desde entonces ya no necesitó leer más novelas de caballerías, puesto que él mismo era al fin un caballero.

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier (1867)

De viajero imaginario por un mundo muy alejado del aquel en el que vivía, saltó a la condición de viajero real, aunque andante, en un mundo también real. El inconveniente es que, en vez del universo caballeresco que esperaba encontrar, se encontró con uno similar al que conocía en su vida aldeana y del que precisamente había intentado evadirse leyendo. El resultado del desencuentro entre sus expectativas y la realidad es que esta se negó a compartir con él su fantasía, tomándolo por loco. Hasta que durante su estancia en el palacio de los Duques estos le organizaron una sofisticada farsa para que al fin se sintiese cómodo en su papel.

Después de la derrota que le infligió el Caballero de la Blanca Luna (disfraz bajo el que se ocultaba Sansón Carrasco) en la playa de Barcelona, Don Quijote se vio forzado a regresar a su casa. Sintiendo la proximidad de la muerte, recuperó la lucidez y se reconcilió con la razón. Ya no necesitaba evadirse de la realidad, a la que al fin y al cabo siempre se puede volver. Ahora se evadía de este mundo para no regresar jamás.

“Llegada de Don Quijote y Sancho Panza al palacio de los Duques”, por Gustave Moreau

Aunque pagara su desmedida afición lectora con la locura, después de todo fue una suerte para Alonso Quijano que los libros de los caballeros andantes que lo trastornaron despertasen en él el deseo de imitarlos, abandonando su biblioteca, su casa y su aldea, para recorrer mundo en busca de aventuras similares a las que experimentaban los caballeros andantes.

Gracias a la imitación pudo contrastar sus muchos conocimientos y recuerdos librescos con la realidad -casi siempre a costa de recibir muchos golpes-, colmar de experiencias insólitas su vida enmohecida por la lectura y regalar a los lectores un libro maravilloso, de esos que, a propósito de los libros de caballerías, el ventero Juan Palomeque decía que “quitan mil canas”: la crónica de sus aventuras que, emulando a los cronistas de los caballeros andantes, compuso para la posteridad el cronista mentiroso y burlón Cide Hamete Benengeli.

“Discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras en la venta de Juan Palomeque”, de Manuel García, ‘Hispaleto’ (1836-1898)

Ese libro, que otro mentiroso, Miguel de Cervantes, tradujo para los lectores de su tiempo, es el mismo que en los cuatro últimos siglos ha permitido viajar a millones de lectores por los mismos caminos que Don Quijote y su impagable escudero Sancho Panza, deleitarse con sus aventuras, lamentar sus desventuras y llorar su muerte en la cama. Para Stendhal la época en la que leyó Don Quijote fue la más grande de su vida porque, después de la horrible tristeza por la muerte de su madre cuando él tenía siete años, se rio por primera vez a mandíbula batiente mientras leía la novela sentado bajo un tilo, en el pueblo próximo a Grenoble, su ciudad natal, donde su padre había adquirido una casa de campo dotada con una hermosa biblioteca.

También la parienta lejana del buen caballero, la fantasiosa Emma Bovary, leía las historias de amor que se estilaban en la época para escapar de la realidad provinciana, imaginando ser una de las mujeres novelescas con las que estaba familiarizada, sólo que en un lugar inapropiado para ella. En la literatura del siglo XIX abundan jóvenes lectoras de este tipo, pertenecientes a la burguesía o pequeña burguesía de provincias que, gracias a la lectura de novelas o de la prensa capitalina, podían huir de la estrechez doméstica, como la protagonista del cuento de Maupassant Una aventura parisiense, esposa fiel y madre irreprochable de dos hijos, que pensaba en París constantemente y leía  los periódicos mundanos en los que se describían las lujosas fiestas de sociedad.

No sólo los adultos leían para evadirse y viajar a lugares imaginarios y, sobre todo, diferentes de aquel que conocían sobradamente. En los recuerdos de infancia de muchos escritores se repite la misma anécdota: la avidez lectora que se apoderaba del niño en cuanto se encerraba en su habitación por la noche con los libros que no podía leer en la clase de literatura porque estaban excluidos del programa escolar.

Emma Bovary (interpretada por Jennifer Jones) en un fotograma de la película de Vincente Minnelli

Hasta que alguno de los padres abría la puerta y le reñía por tener la luz encendida, “gastando la luz en balde”, como le reprochaba a Miguel Hernández su padre, para quien la lectura era una pérdida de tiempo. Comentando esta costumbre infantil, Kafka escribió en su Diario que

“jamás le haremos a entender a un muchacho que por la noche esté metido de lleno en una historia cautivadora, jamás le haremos entender mediante una demostración limitada a sí mismo, que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse”.

De esta leyenda surgió otra, la del chico que para sortear la prohibición paterna se hace con una pequeña linterna de la que se servía para alumbrar las páginas del libro (o del tebeo) que leía bajo la colcha de la cama, en un excitante viaje subterráneo. La prohibición alimentaba el entusiasmo por el fruto prohibido, dando un nuevo impulso a la imaginación.

La lectura como un viaje y el libro como una fragata dispuesta a trasladarnos a lugares remotos parece cosa del pasado. Desde que en el siglo XIX alcanzara su máximo esplendor, su influencia no ha hecho más descender a pasos agigantados, acosado por los múltiples competidores tecnológicos.

Miguel Hernández

Hoy el puesto del libro, incluso en sentido físico, lo ocupa el teléfono móvil, que sus usuarios llevan consigo a todas horas. Entusiastas de esta sofisticada servidumbre voluntaria, se los ve pendientes, o más bien dependientes, de la pantallita luminosa, en todos los lugares y circunstancias, solos o acompañados, sentados, de pie y andando; desayunando, almorzando, cenando, junto al plato; despiertos, dormidos, en sueños. Encima de la mesilla de noche, donde antaño reposaban los libros de cabecera, y hasta debajo de la almohada.

Del libro-viático se ha pasado al móvil-maniático. Del libro como posibilidad de instrucción y deleite -el “prodesse et delectare” acuñado por Horacio en el siglo I y que Cervantes recreó en la historia de Don Quijote-, al libro kitsch como objeto de diversión y entretenimiento, concepto este último de orden temporal que cuadra con el utilitarismo romo de una época en la que la gente se entretiene con alguna distracción boba para llenar el poco tiempo libre de que dispone. Ni siquiera para deleitarse (verbo en extinción).