¡VIVE DIOS QUE ME PONE EN CONFUSIÓN!

Otro aspecto: la naturaleza del escritor. Vale la pena preguntar: ¿hay una naturaleza sola? No lo sé. Tal vez sí hay motivaciones que lo impulsan. Un repaso a algunos encuentros de la sexta Feria del libro del Eje Cafetero.

 

Por / Julián Bernal Ospina

Aunque enjaulados en carros tirados por bueyes magnéticos, fue posible sentirnos encantados siendo partícipes de otros géneros, como si se tratara de quienes resucitan una brujería a través de una pantalla. Porque esta caballería de motores de búsqueda, y los encantos de estos nuestros tiempos, tienen una particular forma de espejo negro de llevar por otros caminos a los encantados.

Esta es la caricatura –dibujada por Matador– que sintetiza mi sensación después de haber asistido a algunos espacios virtuales de la 6ª versión de la Feria del libro del Eje Cafetero: Paisaje, Café y Libro, entre la última semana de septiembre y la primera de octubre de este año 2020. Está el ingenioso hidalgo frente a la pantalla del computador. Sin adarga antigua, con la lanza no en astillero sino bajo un tronco, pero igual de seco de carnes, y cuya complexión recia se esconde en la armadura de la parte superior, aunque reluce con los boxers amarillos de pepas rojas.

 

Una confusión hecha de diversidad de claridades

Dios sí debe existir porque nos reta a comprender en esta confusión, no por la ausencia de claridad, sino, más bien, por la diversidad de claridades que la constituyen. Sentí que algunas de ellas son estas: un intento por indagar el fenómeno literario, histórico y editorial del boom latinoamericano a la luz de los retratos de los todavía faros Vargas Llosa y García Márquez, y de las preguntas cada vez más críticas y más relucientes de Xavi Ayén, Sergio Ramírez, Nelson Fredy Padilla y Carlos Granés, entre otros. Por otra parte, fuentes de sentido de las luchas contemporáneas y la búsqueda particular de percepción del mundo entre la autorreflexión y la ética del feminismo, el ambientalismo y la escritura, con Ana María Mesa, Alma Guillermoprieto, Laila Abu Shihab y Leila Guerriero. También, las fronteras de la ficción y la historiografía, una vez más, deleznables, grises e impuras con William Ospina, Pablo Montoya, Juan Gabriel Vásquez y Javier Cercas. Y los puentes vigorosos con la ficción entre la coyuntura política y la violenta realidad, de la mano de León Valencia, Guillermo Arriaga, Mario Mendoza, Matador, entre otros.

Esto es como decir: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. O como decir: “Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”, citas en que Cervantes imita el estilo confuso de Feliciano de Silva, continuador del Amadís de Gaula, entre otros.

¿Qué es esta confusión de palabras, repetidas e incesantes, que son pronunciadas por unos sujetos en una pantalla muerta? ¿Qué es esta confusión que se hace en mi cabeza, a la que procuro dar algún sentido, es decir, algún orden, sino precisa y exactamente eso: una mera confusión? ¿Acaso debo, en las palabras y entre ellas, socavarla o hacerla mía? Dios debe existir, que me reta a comprender: como un ejercicio diario no solo de poner aquí y allá, quitar aquí y allá, juntar aquí y allá, y luego volcar todo el tablero. Más bien como uno de existencia. Comprender existiendo, existir comprendiendo.

 

Entreveo felices mentiras y naturalezas fatalmente inacabadas

Hay cosas que puedo entrever: una literatura que busca desentrañar las raíces, y sobre esas raíces se vuelve más que árbol, rizoma. Formas de expresión, materias, estéticas son ahora parte del universo literario que hace de la palabra el nicho de existencia, de masificación y de posibilidad de comunicación.

Lo cual esboza una ironía: la pandemia ha multiplicado los vínculos entre lectores y autores de todas las latitudes, aunque hubiéramos tenido que dejar de vernos. Ya no existen grandes escritores como semidioses representantes del Olimpo que llevan el sentido en sus manos, y que lo van dejando a su paso: esa fuerza ahora fragmentada hace que una sola identidad latinoamericana esté resquebrajada y se vuelvan ahora diversidad de identidades, con reivindicaciones tan ricas como las manos que escriben. Como dijo Pablo Montoya, en conversación con Guillermo Arriaga y Luis Fernando Afanador: “Yo creo que este es como un delta. Un río que venía, que tenía más o menos unos ciertos brazos ubicables, y ahora esta vaina se desbordó en un montón de afluentes, y todas son válidas”.

También las maneras particulares en que cada escritor encuentra para percibir el mundo y plasmarlo en la escritura. Es decir, aunque parezca obvio, ni el periodismo ni la ficción ni la poesía son una u otra, aunque al final correspondan a una práctica y a un ideario. Toman de aquí y allá aspectos, matices, acercamientos, y los formulan en un cuerpo.

Quien escribe propone un pacto o lo hace implícitamente: ya sabemos que nos va a contar una hermosa mentira con verdades, o que nos va contar su verdad en lo que vivió, vio o sintió. O que, de lo que nos cuente, tal vez no todo se rija estrictamente por lo que pasó, pero todo lo que haga –proponer un detalle, hacer un matiz, contar una historia entre las historias– lo hace para darle un horizonte a la escritura. Como mencionó Alma Guillermoprieto, cuando conversaba con Leila Guerriero y Abelardo Gómez Molina, sobre un bolero que amaba Carlos Monsiváis: “Miénteme más que tu maldad me hace feliz”.

Otro aspecto: la naturaleza del escritor. Vale la pena preguntar: ¿hay una naturaleza sola? No lo sé. Tal vez sí hay motivaciones que lo impulsan. Entre intereses, experiencias y formas de escritura, para el escritor literario hay tal vez una pretensión de autoexamen. Representación de la realidad y superación de ella. Desenmascaramiento de los dogmas que ideologizan a los seres humanos, sus relaciones con ellos y con otros animales. No basta solo con una belleza en la sonoridad, o con una idea perfectamente desarrollada en un drama. Hay un impulso vital que riñe o que admira, que problematiza y critica, que nutre las estructuras, las revierte, las convierte. ¿Y por qué no al revés?

También al revés. Porque el escritor vive en la vida cotidiana del ahora en que sopesa las letras con las monedas. Siente las veces en que ha amado, las que se ha sentido excluido por llevar una falda y el pelo largo, las que ha tenido que, sin saber muy bien por qué, recibir un puño que lo dejó noqueado. Como dice William Ospina: “Toda obra del lenguaje es fatalmente contemporánea. Cualquier libro que escribamos, así trate de la antigüedad, así trate del paleolítico, así trate del futuro, en realidad está expresando sentimientos, emociones y preguntas de nuestra época. Solo podemos escribir sobre nuestra época. Y muy posiblemente solo podemos escribir sobre nosotros, sobre nuestra experiencia”.

 

Un intento de final

Vive Dios, y se ríe de nosotros, que nos pone en confusión. Es esa confusión la que nos mantiene vivos, atentos a encontrar lo diferenciador de cada época, las interpretaciones, cada una rica en sí misma, de las cosas. Como el sentido oculto al que el pensamiento antiguo intentó hallar en la Odisea. Nos dice José Alsina, citando a Buffière: los neoplatónicos “veían una plasmación poética del viaje del alma hasta la unión con el Uno; los cínicos presentaron a Ulises como prototipo de su ideal de hombre, indiferente a la fatiga, a los insultos, a los peligros externos; los sofistas veían en él al hombre camaleónico, que sabe adoptar en cada situación la actitud precisa para salir airoso de la empresa vital”. Hay tantas confusiones que debería escribirse la sentencia del Quijote como si la hubiera dicho el divino Odiseo: ¡viven dioses que nos ponen en confusión!

Twitter: @julianbernal12