Algo sobre la acción

Nada tan contrario a este ideal occidental de la acción que el aislamiento, obligatorio o voluntario. La imagen de una persona sola con sus pensamientos, desmarcada de la realidad, sin “hacer nada”, es desconcertante para la mayoría, una disonancia en la sinfonía distópica de los tiempos que corren.

 

Escribe / Cristian Cárdenas Berrío – Ilustra / Stella Maris

Actuar es definirse. El Occidente judeocristiano entero ha vivido obnubilado con la acción y sus representaciones. Esta idea es tan antigua como nuestras cosmogonías, nuestro dios “hace” al hombre y al mundo; pone, literalmente, “manos a la obra”. La idea de progreso inaugurada por la modernidad no es otra cosa que un reencauche laico de esta idea de que sobre todos nosotros existe un ser o una entidad –¿la Historia quizás?– que ejecuta acciones.

Que bella, por contrapuesta, la cosmogonía griega. Zeus piensa a Minerva y al pensarla la crea, la saca de su cabeza. Era un dolor de cabeza y es que las ideas duelen. La mayoría de los dioses superiores nacen de manera accidental o en contra de algo, su aparición se da a pesar de su padre caníbal o porque en medio de la batalla los genitales mutilados del titán fecundan, sin proponérselo, el Mediterráneo. Los griegos sabían que toda acción creadora es fortuita, hija del azar o de la irresponsable obsesión de ir en contra. Toda gran obra se hace a contrario de algo; a pesar de un trabajo, una idea, un vicio, incluso, a pesar de uno mismo.

Sin embargo, esta idea de ser ejecutores de acciones deliberadas, porque como nos enseñó el profesor Kant “hemos llegado a la mayoría de edad”, nos impele a ser sujetos de acciones reales, de planes responsables y ejecuciones eficientes. Es necesario entender que “obras son amores y no buenas razones”, en fin, comprender que un hombre es lo que hace, a cada uno de nosotros nos definen nuestras acciones.

Nada tan contrario a este ideal occidental de la acción que el aislamiento, obligatorio o voluntario. La imagen de una persona sola con sus pensamientos, desmarcada de la realidad, sin “hacer nada”, es desconcertante para la mayoría, una disonancia en la sinfonía distópica de los tiempos que corren. La urticaria de la acción, por la acción misma, recorre la superficie del alma del hombre contemporáneo, un cosquilleo que le es imposible resistir y entonces se lanza detrás de un tapabocas –él cree que allí sigue aislado– a hacer cosas, a sentirse ocupado. Solo el hombre de acción ocupa un lugar en nuestra sociedad.

Es probable que en esto radique la atávica necesidad de nuestros pueblos latinoamericanos de seguir de forma acrítica a hombres de acción. Las acciones nos definen y nosotros aún no sabemos de manera cierta qué somos como sociedades. Confundiendo luz con claridad, votamos, de manera casi patológica, al hombre “con pantalones” cuyas acciones iluminarán nuestro camino. Lo peor que puede hacer un líder es no actuar, si no hablen con Belisario Betancur, ese mal traductor de Kavafis metido a ser una de las tantas reencarnaciones de Bolívar.

A mí me llama más la atención el retiro, la inacción. Las figuras de Michel de Montaigne y Kamo No Chōmei son enormemente seductoras para mí. Ambos creadores del ensayo en los hemisferios de esta roca, ambos aislados, ambos de espaldas a la acción, ambos “escuchando con los ojos a los muertos”. Debo confesar que no entiendo como una acción define, para mí la de-fin-ición de algo, aclarar cuál es el fin, el límite de uno mismo, pasa por la reflexión profunda. El maestro No Chomei decía que la meditación no consiste en la inacción silenciosa, sino que meditar significaba “familiarizarse con algo”, alcanzar una cercana familiaridad con uno mismo, y esto solo es posible si “no hago nada”.

En Bizancio lo entendieron. La idea de la conversación –que como se sabe es una de las formas de la reflexión y el aislamiento– no era precisamente llegar a una conclusión o a la verdad. Sino seguir hablando para profundizar en el tema, entenderlo mejor, en una palabra, familiarizarse con él. Este tipo de conversación y reflexión exige encierro,

buena comida y grandes cuantías de licor, como lo entendieron los bizantinos. Esta práctica exasperó a los dirigentes de la Iglesia de Roma –una cantidad de eruditos encerrados por años, comiendo a cuerpo de rey, bebiendo en cantidades faraónicas y conversando sin llegar a un dogma común les pareció inaceptable–, sobre todo porque no llegaban a las conclusiones que los occidentales ya habían alcanzado de manera rápida y prolija. Así que, vaya paradoja, en el momento que fue necesario actuar, los occidentales, hombres de acción, no actuaron, y dejaron al imperio Bizantino en manos de los turcos, otros árabes igual de sibaritas en sus altas esferas. De allí a nuestros días se nos impuso el imperio de la acción y quien haga otra cosa se le acusa de dedicarse a “discusiones bizantinas”, expresión peyorativa, con la cual nos denigran a quienes nos dedicamos a familiarizarnos, en la soledad de las bibliotecas, con unos pocos temas. Es hora de cambiar el significado de esa expresión y, cuando quieran, estoy dispuesto a discutirlo bizantinamente.