EL HOMBRE RESIDUAL

Existir, pues, es una forma cruel de deserotizar la vida porque las fantasías de la muerte no subyacen en la muerte misma sino a partir de la vida que se vive

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Ilustra / Stella Maris

 

“Me asomo al balcón para mirar a la gente desde arriba

pero no sé adónde asomarme para verla desde abajo”.

Edouard Levé

 

Navajazos, golpes, bofetadas, sangrados, heridas, llagas, moratones, agujeros existenciales, insultos, amarguras, sonrisas, abrazos, palabras melosas, recuerdos buenos y malos; atrevimientos, miedos, temores, angustias, pasos al costado, zancadillas, aventones, chismorreos, murmullos, susurros, lecturas, personas cercanas, lejanas; monstruos internos, bestias externas; ira, lujuria, deseo, psicosis, aberraciones, fetiches, placeres, gritos, silencios, desesperos, tormentos, de todo ello se compone el ser humano y es ese cúmulo de despojos de sí mismos y del contexto que nos rodea lo que nos configura como hombres residuales.

Ningún sujeto, entonces, puede argumentar que se ha forjado lejos de sus semejantes; ausente de su terruño, de esa genética socio-cultural que, aunque no lo creamos, termina de pulirnos con las trazas de su cincel o con los golpes de su mazo. En tal caso, cada individuo que existe en el mundo es un ser alienado, atestado, saturado de ese todo que, al fin de cuentas, es la nada, porque, con el paso del tiempo, de aquello que nos invadió solo quedan las ruinas, la memoria, el recuerdo de lo que fue. El hombre siempre será el residuo del todo y la consecuencia de la nada. Y así hasta el infinito, en una espiral crudamente existencial; tan in-orgánica como la muerte misma.

Escribo estas ideas, tal vez un poco amargas y desesperanzadoras, porque es lo que descubro en la novela Autorretrato, de Edouard Levé. En sí, esta obra, pequeña en paginación, pero gigante en profundidad, demuestra que en el sótano de la humanidad no se anida la muerte, sino la vida, pues ese afán por explorar lo que hay después de la piel no es otra cosa que el llamado fuerte y potente de un alma que no desea sucumbir sin antes vivir. Por tanto, Levé concibe que su mejor autorretrato no está adentro, en las redes nerviosas de su memoria; es más bien al revés: lo halla afuera, en la intemperie, en los zaguanes, en las revistas pornográficas, en los salones sodomitas, en los presagios, en lo superfluo, en el cigarro que deteriora sus pulmones, en el rayo que cae, en el monstruo que mira desde el otro lado de la calle, en el muro frío que lo guarece de la lluvia o en la fogata ardiente que, en exceso, desagrada más de lo que se cree.

A lo largo de la obra, el lector adivina que el ser humano (tanto el cuerpo como la memoria) es un depósito de sí mismo y de la ciudad por donde deambula. Así, todo sujeto es un objeto abstracto de la realidad; es casi un absurdo de la cotidianidad en la que vive y existe porque, finalmente, lo cotidiano no subyace del núcleo de lo lógico, como tampoco hombre alguno. Con esta premisa es fácil comprender que el equilibrio vida/muerte es, en el fondo, esa idea indeterminada que nos descompone una y otra vez hasta el hartazgo, porque de forma indirecta exige a todo ser vivo preguntarse, al menos, por su existencia. Y es, precisamente, el sentido (lógico) de la vida lo que nos abruma, lo que nos pone en la nuca el peso de la inexistencia.

Esta angustia por la vida se desvela en la obra de Levé de una manera directa porque, desde el parto hasta la tumba, en ese corto o largo trayecto de nuestras vidas, no alcanzamos a vislumbrar el propósito de nuestra existencia. Y ello, desde toda óptica, es doloroso, punzante. De hecho, a la luz de esta novela –y de esta reseña-ensayo–   deberíamos aceptar, en definitiva, que vivir es un vacío saludable en el que nos descubrimos como un manojo de poros, de rotos, de agujeros que se llagan, se encostran y, con el paso del tiempo, cicatrizan; sin embargo, esas heridas cicatrizadas están ahí, en las ruinas de nuestra piel, en el detritus orgánico de nuestra memoria, pues, a veces, el olor penetrante de la lejía es más satisfactorio que el vaho aromatizante de las flores en el cementerio.

Autorretrato es una novela que pone en jaque el juicio humano; en otras palabras, demuestra que el hombre es, a la vez, la mano que acaricia, pero, también, la uña que se clava. En el fondo, esta narrativa vertiginosa, más allá de ser una obra ficticia, es un espejo en el que no se vislumbra nuestro reflejo a plenitud porque no somos plenos ni totales; somos, en sí, fragmentos, retazos, trozos, breves chispazos de tiempo anclados; por ejemplo, en el plano soleado o brumoso de una fotografía en París. En lo hondo de esta novela se revela que una condena nos habita al nacer: desafiar a la muerte para poder vivir, como sea y como queramos, la vida que deseamos vivir. Solo así tiene sentido morir.

A nivel escritural, Autorretrato es un experimento narrativo en el que Levé corta el hilo conductor de la historia tantas veces como sea necesario porque, en la obra escrita, está la impronta de la mente que piensa, del sujeto que vive, del cuerpo que se hunde en el éxtasis o que sucumbe ante la melancolía. En el fraseo de Levé no hay una cadencia sintáctico-semántica que conduzca al lector a través de la lógica narrativa; en esta obra, lo que yo vislumbro puede denominarse planos semánticos, pliegues lexicales en los que el significado de una idea encubre, por lo menos, un cúmulo de sentidos subterráneos que, escasamente, alcanzamos a percibir y a entender. Es claro, entonces, que las palabras se despojan de su semántica acartonada porque ellas no son el fin, sino la ruta a seguir, el vestigio por descubrir.

Edouard Levé tuvo una escritura fragmentaria e incendiaria porque el recurso estilístico que más usó fue la antítesis, una figura lingüística que le permitió contraponer y contrastar, de forma magistral, las ideas narrativas que lo alumbraban desde el interior con las experiencias vividas que lo acorralaban desde el exterior. Por ello, la columna vertebrante de Autorretrato es la vida del autor, porque, quien escribe lo que vive es, al mismo tiempo, la llama que ilumina y el soplo que apaga, que ensombrece, que levanta las cenizas de una hoguera en la que una vez el fuego ardía.

La tristeza, se advierte en la novela de Levé, no echa raíces en los objetos vivos; crece, más bien, en las cosas muertas. Por tanto, muchos, o casi todos los seres humanos, son sujetos-objetos invadidos por la tristeza, por esas fisuras que nos denuncian como muertos vivientes. En tales circunstancias, lo más sensato es considerar que nada hay certero en la vida de los hombres porque absolutamente nada tiene un orden preestablecido ni patrones a seguir. Todo se mueve al vaivén de los vaivenes.

En Autorretrato nada es estático; todo es movible. El lector apreciará las presunciones de la infancia mezcladas con las ambiciones de la adultez porque el después no puede surgir sin los deseos reprimidos del antes, del ayer. En este sentido, la novela de Levé está saturada de acciones, de encuentros, de desencuentros, de instantes, de inmediateces, de recuerdos, de casualidades, de personajes intrascendentes, de ciudades lejanas, de experiencias no experimentadas, de situaciones hipotéticas, de divinidades moribundas, de eyaculaciones precoces, de sueños frustrados, de historias desmoralizadoras, de bellezas arrinconadas por la fealdad; incluso, es preponderante argumentar que tanto el autor como la novela están atravesados, de principio a fin, por todo aquello que se evapora con facilidad.

Un rasgo esencial en la narrativa y en la vida de Levé deviene de las fronteras, de esos límites que nos impiden franquear pero que, de una u otra manera, ansiamos trascender porque la reinvención del hombre no da sus frutos a partir de lo que conoce; florece, en verdad, por medio de aquello que aún es desconocido para él. Y en esa frontera que remarca la muerte a la vida con una tiza blanca es donde le gusta existir no solo a Levé; también a la especie humana, aunque, a veces, no sea consciente de ello por descuido o, simplemente, porque no quiere comprender que cada día que transcurre es un suspiro que la muerte nos arranca del corazón.

Existir, pues, es una forma cruel de deserotizar la vida porque, según Levé, las fantasías de la muerte no subyacen en la muerte misma sino a partir de la vida que se vive. En tal caso, este escritor francés que se suicidó tres días después de entregarle a su editor la novela titulada Suicidio, nos enseña que todo sujeto es un hombre para la muerte en la contemplación de la vida. Desde ultratumba, Levé nos grita que el ser humano vive derrotado en la superficie, porque, en realidad, su espacio es el subsuelo, ese lugar del que surge y al que debe retornar en algún momento.

En su obra narrativa, fotográfica, pictórica y musical, Levé nos hace un guiño trascendental: quitarse la piel no es un acto terrorífico ni intimidante; es una acción filantrópica que nos obliga a mirar, de vez en cuando, hacia atrás, hacia arriba, al futuro, a nuestros costados, a la ciudad que nos amamanta con sus tetas resecas pero cundidas de afán, de desespero, de trajín, de desconsuelo y desolación; descarnarse, entonces, es no dejarse morir como esos otros hombres que fenecen antes de que las rocas se atiborren de moho y de hollín.

Edouard Levé no fue un ser atormentado ni un espíritu afligido, condenado. Simplemente fue un sujeto que, como usted o como yo, se lanzó de bruces al disfrute de la carne, al éxtasis que se camufla en ese ideal llamado felicidad que, en realidad, solo se entreteje de tristeza en tristeza, de angustia en angustia, porque, en el fondo, todos somos extranjeros en la vida, seres lejanos en un mundo violento donde la felicidad, en lugar de ser un propósito para la vida, es una sobrecarga para la existencia.

Con Autorretrato, Levé nos expone que somos un retazo vencido de la memoria; sujetos derrotados por la imposibilidad de sobreponernos a nosotros mismos, puesto que, allá, afuera, ningún enemigo es tan mortal como la sombra de nuestro cuerpo; esa sombra que nos aleja constantemente de los múltiples residuos que nos componen para anunciarnos que solo somos en el reduccionismo de la muerte. Quizá, por ello, Levé escribe tanto sobre la (su) existencia: porque, si somos hombres residuales, nadie podrá vivir ni morir la vida ni la muerte ajena.

Twitter: @wilmar12101