LUGARES, OBJETOS Y CUERPOS ROTOS

Cada poema es una versión incompleta de una misma imagen que el poeta intenta agotar o abarcar, abriendo siempre una posibilidad con nuevas perspectivas. Los poemas de Amílcar Osorio son valiosos por lo que dejan de decir, por las imágenes que sugieren al lector. Repaso a parte de la obra de un autor santarrosano pionero en el nadaísmo, pero casi un desconocido entre los risaraldenses.

 

Escribe / Alejandro Velásquez León[1]

 

Amílcar

De perfil, alumbrado por una luz lateral, Amílcar Osorio Gómez (Santa Rosa de Cabal, 1940 – Jericó, 1985) mira algún punto vacío hacia el extremo inferior izquierdo de la sala. El único ojo visible es una línea negra que no logra abrirse por la luz. La mano derecha recorre parte de su cuello y el contorno de su chaqueta negra se pierde en el claroscuro logrado por el fotógrafo. No piensa, posa. Una aureola alcanza a recortar su figura frente a la oscuridad marcando el rostro, la camisa y la pared. Debía tener un poco más de veinte años y por el corte de cabello hace pensar en Eric Burdon.

Amílcar Osorio en su juventud. Fotografía / Cortesía

La fotografía debió ser tomada en los primeros años del nadaísmo, cuando el grupo recorrió diferentes ciudades escandalizando a los parroquianos y promulgando la redención de las causas perdidas. Amílcar Osorio nació en Santa Rosa de Cabal, viejo Caldas, pero su familia pronto se desplazó para Antioquia. Los pocos datos de su biografía alcanzan para esbozar el retrato de una vida itinerante, anclada al municipio de Jericó. Después de haber sido expulsado del Seminario San Juan Eudes en 1957, viajó a Medellín donde conoció a Gonzalo Arango. Un año más tarde aparecieron los primeros manifiestos nadaístas y asumió el seudónimo de Amílkar-U.

Su ejercicio artístico inició en la década de los sesenta e incluyó poesía, narrativa, pintura, fotografía, guion y crítica. Aún se conserva gran parte en el archivo familiar, aunque con la inundación de un sótano algunas de sus obras se perdieron. Él murió bajo la laguna La Oculta el 12 de febrero de 1985, cuando su primer libro publicado, Vana Stanza, diván selecto (1984) no acababa de salir de la imprenta. Es poco lo que se sabe sobre él y, sin embargo, sobrevive de mala manera en la historia de la literatura colombiana. Su figura es tal vez un poco más que un cliché en las anécdotas nadaístas, donde se recuerda como el único intelectual del grupo, o como la versión tropical de Jean Genet o como el muchacho a quien Gonzalo Arango paseó por Junín con un collar de perro. Sin embargo, aquí estoy escribiendo sobre él; tratando de convencerme cuando siento que hay algo en su poesía que vale la pena.

Amílcar Osorio ha sido uno de los menos publicados del grupo, aunque sus compañeros nadaístas reconocen la influencia que recibieron de sus primeros poemas. Jotamario Arbeláez recuerda en el prólogo de la novela La ejecución de la estatua (2018): “Gonzalo nos rompió lo que escribiéramos hasta entonces y U nos señaló cómo continuar”; a su vez, Darío Lemos complementa: “No mi maestro pero si mi «arco»”. Pese a su pronto reconocimiento como escritor, Amílcar demostró muy poco interés editorial. En una entrevista realizada por Nora Arango Díez poco antes de su muerte, dijo:

Después de haber publicado tres o cuatro poemas y dos o tres cuentos, dada la dimensión social del país, yo me convertí siendo casi un adolescente, en un escritor… en un escritor importante y famoso; me sacaban en los periódicos, me tomaban fotos y me hacían entrevistas; y en un momento dado yo me dije: bueno, o yo soy un gran escritor o esta gente es idiota.

Esa distancia con respecto a las editoriales y los círculos literarios se extendió después hacia el propio movimiento Nadaísta. El viaje de cinco años que realizó a Estados Unidos durante los años sesenta es producto de esa crisis que le generó el pronto reconocimiento y su consciencia estética, tal como él lo señaló en la misma entrevista realizada por Nora Arango. Su paso por Norteamérica le permitió la exploración plástica y visual que se refleja en toda su obra. Cuando fue deportado por la policía, después de golpear un grupo de travestis en un bar de New York, volvió a Medellín, ya no como Amílcar-U sino como el artista de Vana Stanza, diván selecto y los cuentos publicados bajo el seudónimo de Claudia Santamaría en la revista Cromos.

Amilcar en 1958. Fotografía / Revista Cromos

Salvo en las antologías nadaístas, los poemas de Osorio no aparecen referenciados en las selecciones ni las historias de poesía colombiana de las últimas décadas del siglo XX; algo similar sucedió con su narrativa. Después de morir, su nombre se relegó a los comentarios de amigos y conocidos hasta caer en el silencio. La publicación póstuma de algunos de sus cuentos bajo los títulos El yacente de Mantegna en 1986 y Gato o soledad bajo la lluvia en 2001, así como las reediciones de Vana Stanza, diván selecto en 1989 y 2001 abrieron un poco la discusión sobre sus libros, pero solo hasta ahora se adelantan lecturas críticas y amplias de su obra. La distancia que tomó con respecto a los círculos literarios y su militancia inicial dentro del nadaísmo, le reservaron un lugar alejado del “canon” nacional, en un país con una tradición literaria de poetas menores.

En marzo 3 de 1985, casi un mes después del accidente en La Oculta, el Dominical del diario El Colombiano dedicó una página al poeta recién fallecido con una serie de semblanzas que muestran un retrato de Amílcar Osorio reconstruido a partir de referencias personales. Tal vez, las palabras más significativas de esta publicación son las escritas por doña Elvira Gómez, madre del artista, quien recrea un perfil tejido por calificativos contrapuestos; reafirmando su imagen de rebelde y la idea según la cual le gustaba posar de ambiguo:

Sin ser loco, lo es en apariencia. Paranoico pero dentro de lo normal es muy cuerdo. Es franco, sincero, noble, caritativo. Memorista. (…) Muy sincero en la amistad pero difícil es para tenerla. (…) Muy egocentrista y generoso. Se subleva fácilmente se apaga, se sube como espuma y así cae. Calla cuando no ha de callar y grita lo que le viene en gana y sin pensar.

Lo más difícil es acertar un juicio sobre él porque es todo lo contrario de lo que manifiesta. Muestra ser pacífico y es fiero, y así en todo el sentido de la palabra. El bien disfrazado de mal, el amor disfrazado de rencor. Es el payaso con máscara de niño. A todos engaña, aún a sí mismo. Y esto es verdad.

En 1987, Nora Arango y Hernán Bravo dirigieron el documental Vana stanza – Una aproximación a Amílkar U. Los directores reunieron dos periodistas con cinco amigos de Amílcar Osorio para hablar sobre sus experiencias y recrear una semblanza del artista. “Había algo en él que encantaba”, concluyen, una profunda sensibilidad, una inteligencia sobresaliente y una manera natural de comportarse con libertad que captaba la atención de inmediato. Y pese a reconocen en él a un hombre vanidoso con una gran capacidad para mentir, lo recuerdan como una persona cálida en la amistad, aunque exigente para tenerla. También admiten que era un hombre detestable para el común de la gente. El documental termina reconstruyendo los últimos años de un Amílcar enigmático y ajeno a los escándalos de los primeros años del Nadaísmo que le habían permitido forjar una cierta imagen pública. Los pocos detalles sobre su muerte en La Oculta ayudan a continuar esa idea de personaje misterioso y recuerdan la historia del también escritor Li Tai Po, quien murió ahogado tratando de atrapar la luna en el agua.

Había escuchado el nombre Amílcar en diferentes ocasiones y solo hasta hace poco me acerqué a su obra. El 24 de julio del 2015 asistí a la lectura conmemorativa “30 años sin Amílcar Osorio” en el Centro Cultural Soitamá, que para entonces era un sótano oscuro ubicado en el centro de Santa Rosa de Cabal. Fui por curiosidad. Me llamaba la atención que un escritor santarrosano, con cierto renombre en la literatura nacional, fuera casi un desconocido por el ambiente cultural de la región donde nació. El día antes de la lectura busqué algunos de sus poemas y durante el evento me animé a leerlos al público. Desde entonces he seguido su obra. Aunque cada vez escucho su nombre un poco más, no deja de ser inquietante para un lector encontrar un autor en el cual reconoce la poesía; pero ese sentimiento no parece ser compartido. Estas palabras nacen de esa necesidad de explicarme qué encuentro en los poemas de Amílcar Osorio para seguir leyéndolo; aunque, después de todo, no son más que una excusa para hablar de literatura.

Amílcar con Gonzalo Arango. Fotografía / Cortesía.

“Una habitación que hace mucho no se frecuenta”

El retrato de un artista siempre será incompleto; tal vez sea su obra el hallazgo más íntimo, pero también el más indeterminado. En el caso de Osorio Gómez, se reconocen diferentes líneas estéticas en sus poemas que revelan una inconformidad y una constante búsqueda, propia de los vanguardistas. No se adaptó a una sola manera de escribir sino que buscó replantearse y experimentar con diferentes estilos.

Una primera línea de su creación poética se reconoce en los poemas iniciales con los que buscó cuestionar las bases religiosas, señoriales y literarias de Colombia, recurriendo al humor, a la espontaneidad y al caos:

ya tengo mis blue-jeans

de azul como de rosa submarina

desteñidos como un lavadero

donde lavan terneros asexuados

          monedas falsas

                      oro

          condecoraciones.

Esta línea poética fue la que celebró el pensador de Otraparte, Fernando Gónzalez, y la que terminó marcando la escritura del Nadaísmo; una línea que recurre a los postulados dadaístas de lo ilógico, cuestionando la noción establecida de arte y literatura.

La segunda tendencia en la poesía de Amílcar Osorio está definida por los poemas que terminaron haciendo parte del único libro que vio publicado: Vana Stanza, diván selecto (1984). Una serie de poemas tomados de ocho obras que atienden a principios básicos del Imaginismo planteado por Ezra Pound; son breves, precisos y están determinados por las imágenes que evocan. Esta es la línea de la poesía de Osorio que conocí primero y el pretexto de estas palabras.

La ausencia y el vacío son los motivos más sugeridos por sus poemas. Leer “Vana Stanza” es entrar en una casa antigua llena de objetos rotos para encontrar entre las ruinas el vacío que dejan los hombres a través del tiempo, entre las cosas que los sobreviven. Este es el tema de una serie de poemas que Amílcar Osorio escribió en 1962 y que veinticuatro años más tarde terminaron definiendo el estilo de su único libro. Otras series orbitan dentro del “diván selecto”, explorando posibilidades y motivos en su poética.

En “Meteora” el universo se presenta como cuerpo o como proyección del cuerpo que explora el erotismo; “Torsi” es una serie corta, protagonizada por esculturas de hombres rotos, definidas por la écfrasis; “Servicios”, primer poemario del libro, usa el plural mayestático para crear el aire de una corte medieval donde la voz poética asume el rol de súbdito ante un senhor del mundo. Cada serie parte de una idea general que se desarrolla de manera incompleta, pero suficiente para sugerir algo; son poemas unidos por el vacío, como las piezas de una escultura rota.

 

Torso

Torturas en el mármol

de las axilas:

del taller del copista

al pórtico de su dueño

perdió un brazo;

 

Amílcar Osorio. Sin fecha. Fotografía / La mecánica celeste

Cuentan que Van Gogh tenía la necesidad de hacer varias veces sus cuadros, de allí que sea habitual encontrar obras “repetidas” de un mismo tema u objeto; retratos o autorretratos pintados con un mismo motivo, pero con ciertas variaciones en el color o la luz; es el mismo recurso que en la música se denomina “variación”. La manera como Osorio estructuró Vana stanza, diván selecto en 1984 devela un proceso creativo similar. Las selecciones de poemas que componen cada parte de su libro parten de una misma idea y la desarrollan utilizando diferentes matices, agregando o quitando elementos y palabras, pero sosteniendo siempre esas variaciones sobre un mismo tema. Sus poemas, como secuencias fotográficas, están organizados por series. Cada pieza recrea un mismo lugar, una misma situación, un mismo objeto, un mismo tema, pero con ligeros cambios en la manera de focalizar:

 

Stanza

aquí había una cama…

aquí había una mesa…

aquí había un almanaque…

aquí hay un interruptor…

aquí hay un clavo…

aquí hay una aldaba…

Stanza

donde estaba la mesa para dibujos

hay solo las baldosas del piso.

donde estaba la silla para leer

hay sólo rectángulos de luz

que vienen del cielo en junio.

Stanza

parece que antes fue un garaje a donde vinieran

los carros a dormitar, parece que antes fue una

floristería de flores venenosas y dispersas.

 

Cada descripción podría acomodarse en cualquier poema y el sentido no cambiaría. Cada poema es una versión incompleta de una misma imagen que el poeta intenta agotar o abarcar, abriendo siempre una posibilidad con nuevas perspectivas. Los poemas de Amílcar Osorio son valiosos por lo que dejan de decir, por las imágenes que sugieren al lector. Un poemario lleno de “Objetos frágiles”, de piezas de arte inconclusas que se resignifican por las huellas que conservan de los hombres:

 

Interior

los pasos en el patio

los guantes en la baranda

las arañas en las redes

y un florero que se agita

en un rincón del patio

la silla donde nadie se sienta

y el sol cayendo a plomo

sobre el enlosado

donde antes sonaban los pasos

 

Al contrario del poema “Las cosas” de Borges, donde los objetos son piezas inertes que “durarán más allá de nuestro olvido” y “no sabrán nunca que nos hemos ido”; por el arte de la experiencia, en los poemas de Amílcar Osorio, las cosas y los espacios son testigos primarios para quien tenga la capacidad de leerlos, de imaginarlos. Nos hablan de la vida que vamos dejando a nuestro paso.

A veces desde el erotismo, otras desde la curaduría, siempre desde las imágenes; Vana Stanza, diván selecto abre una serie de posibilidades no exploradas en la literatura colombiana y particularmente poco estudiadas o continuadas. Es muy posible que su misma actitud ante la vida pública y la literatura le hayan otorgado ese lugar aislado dentro de la literatura nacional, más allá de su abulia por las empresas editoriales. Es muy probable que el desprecio que demostró por los círculos literarios fuera correspondido en su tiempo. Incluso, su obra pudo haber sugerido más indiferencia que desprecio y eso también explicaría el silencio de la recepción en los años noventa; aunque todas estas cuestiones implican siempre una pregunta: ¿bajo qué estética se han leído sus poemas para pasar desapercibidos?

Esta fotografía es de su estancia en San Francisco, Estados Unidos. Fotografía / Cortesía.

“No tenemos pretensiones definitivas”

En la narrativa se puede evidenciar más el carácter experimental del escritor nadaísta. Sus juegos con la imagen, su rebeldía por las formas canónicas de contar y un interés por temáticas urbanas y cosmopolitas en un país del tercer mundo, se logran identificar en cada ejercicio narrativo. Sin embargo, esas búsquedas no siempre son afortunadas. Los cuentos carecen de un centro y se desbordan hacia el vacío, como si quisieran decir algo, pero no alcanzan. Su novela es difícil, requiere cierta devoción en el lector para no agotarse. En algunos casos, ese es el precio de la experimentación.

De nuevo, es preciso identificar dos líneas. La primera serie narrativa estaría delimitada por los cuentos que inicialmente se llamaron El yacente de Mantegna (1986) y que después se complementó con cinco relatos más, bajo el título Gato o soledad bajo la lluvia (2001). Y una segunda línea sería la que se reconoce en La ejecución de la estatua (2018), novela de la cual se dice que fue finalista en un premio convocado por Seix Barral en 1968. Muchos otros ejercicios narrativos se quedan por fuera de este acercamiento, como las novelas Súbete todo en mí, Vistas del bosque izquierdo y La frente cubierta por el cabello, o los cuentos publicados durante los primeros años del Nadaísmo, porque algunos reposan en archivos y otros están incompletos o existen solo como anécdotas.

Pese a las palabras de Jaime Jaramillo Escobar, quien considera que “es en la prosa donde (Amílcar) luce su verdadero arte, especialmente en sus cuentos, que definieron una generación como después definiría la suya Andrés Caicedo”; mi opinión está más cercana a las palabras de Juan Gustavo Cobo Borda, quien contextualiza el libro de cuentos El yacente de Mantegna con las atmósferas de Jack Kerouac y Henry Miller, pero marcando la inconsecuencia de unos personajes “canjeables” que no alcanzan a reflejar la urbe donde habitan. Según Cobo Borda, los cuentos están sustentados en “gestos, frases, formas efímeras, emociones rápidas” más que en acciones, y aunque pudieron ser subversivos para su momento se sienten vacíos al ser despojados de su contexto. Solo el relato titulado El audatario logra un cierre autónomo, los demás se desdibujan en insignificancias; ese vacío es el signo del Nadaísmo, concluye Cobo Borda, “los restos de un naufragio verbal”.

Mi experiencia como lector me exige buscar relatos diferentes, definidos por acciones y conflictos hasta una posible resolución que gane por Knockout, como diría el escritor argentino. La estructura puede ser variable, pero se necesitan acciones concretas que definan los puntos de quiebre y el carácter de los personajes. Nadie debería terminar un cuento sin sentir que algo cambió. No basta escribir un nombre con una serie de características para crear un personaje: “Darío es extremadamente hermoso. De gestos delicadísimos, casi femeninos, no lee, no baila, no le gusta ni le atrae algo pero vive contento con nosotros”, dice en “Rock’n’roll, faire l’amour hasta divertirnos”; se requiere ponerlo en una situación para que él mismo se defina a través de las acciones. Asimismo, cada cuento debería contar por lo menos un momento vital, no solo una cotidianidad sin relevancia: “Salen. Cierran la casa. Caminan por la calle penumbrosa. Se despiden en la esquina. A la mañana siguiente se levanta, sin vestirse, ni bañarse aún, toma una pera del plato de la mesa y se convierte en: muchacho pelando una pera”, del relato “Muchacho pelando una pera”.

Si en los poemas encontramos descripciones de objetos y lugares que sugieren la vida impresa en el ambiente por fuerza de la experiencia; en los cuentos las descripciones agotan la narración revelando de antemano detalles que el lector debería descubrir: “No tenemos pretensiones definitivas. Nos ocupamos de vivir solamente. Es nuestra mejor aspiración. Nos aburrimos artificialmente hasta más no poder, tomamos helados, vamos a cine, caminamos por las calles interminablemente”, sigue afirmando en “Rock’n’roll, faire l’amour hasta divertirnos”. Los narradores nos ofrecen mucha información que no se usa para estructurar el relato: “Estoy tan agotada, me dijo dentro del auto estacionado en el aeropuerto bajo la lluvia que, me siento incapaz de suicidarme.” En “Phip, te converso”.

No soy el lector para los cuentos de Osorio. Reconozco algunos aciertos en sus juegos con el flujo de conciencia y ciertas enumeraciones que acercan su narrativa a la prosa poética, así como algunos modestos intentos de vasos comunicantes entre las historias que renuevan la lectura, como la pensión del viejo Maltés entre “El tímido homenaje de un amor” y “Fracciones de aquí”; pero sobre todo, encuentro un intento de aire cosmopolita poco natural, una serie de personajes sin carácter e historias que cuentan fragmentos de vidas, donde lo más importante sucedió antes o sucederá después, pero no mientras transcurre el relato.

 

Ahora recuerda una escena, partes, fugacidades de la película que no identifica por el momento, y cuyo título no se ha preguntado. Pero hay una bruma, casi malva, que frota sus labios sobre la superficie inmóvilmente fría del mar oscuro; hay una sensación de arena escarchada y el dolor de una piedra contra la palma de la mano, una piedra mojada y negra. En otro nivel de su semiconciencia se siente tibio, distraído, casi voluptuoso, y la palabra “marioneta” se le repite un poco detrás de sus cejas como si quisiera definir lo que está pensando (“Nandito”)

 

Los cuentos desafían la lógica, buscan formas alternativas de fijar el interés y no se sostienen sobre los acontecimientos sucedidos a los protagonistas sino sobre enumeraciones de imágenes. Como ejercicio experimental, siento que son valiosos; pero la experiencia de lectura no sorprende, ni emociona, tan solo cansa. “No hay texto sin contexto” y algo le falta a mi lectura para encontrar el sentido de los cuentos de Amílcar Osorio; para encontrar el “impacto”, la “maestría” y la “perfección” de la que habló Jaime Jaramillo Escobar en 1985 cuando se refirió a la narrativa de su compañero nadaísta.

 

Algunos de los libros publicados de Amílcar Osorio. Fotografía / Cortesía.

 

 

La ejecución de la estatua

La novela fue escrita en la década de los sesentas y permaneció inédita como “mecanuscrito” entre los cajones del autor, para pasar después a los de Jotamario Arbeláez. Cincuenta años después de ser finalista en el premio Seix Barral, la publicó la Editorial EAFIT. Según Juan José Hoyos (2011) la novela se inspira en un episodio anecdótico del Liceo Juan de Dios Uribe del municipio de Andes, Antioquia; donde una estatua del Indio Uribe, escritor político liberal que daba su nombre al colegio, fue decapitada en 1948 a inicios de la época de la violencia.

La ejecución de la estatua (2018) es un libro que experimenta con la forma tradicional de la novela y juega con las posibilidades visuales de la escritura al modo de los objetalistas franceses. Empieza con la frase sin mayúscula inicial “pueblo trazado en la comarca (…)” y termina con “(…) Las primeras estrellas aparecen en los”; este recurso permite entender que los acontecimientos narrados se encuentra in media res de una serie de sucesos mayores que el lector debe completar. Asimismo, la novela está atravesada por una serie de dibujos sin orden aparente y sin una relación directa con la narración. Son imágenes de objetos, animales y detalles arquitectónicos que suponen descansos entre oraciones continuas y casi sin puntos; porque el interés de Osorio era narrar un solo día lo más simultáneamente posible, pese a la necesaria linealidad de la palabra escrita. Asimismo, algunas formas a modo de versos y muchas onomatopeyas encuentran su momento dentro del relato, para darle variaciones de ritmo, visuales y auditivas.

Parece que la luz llegara por los cuatro costados del mundo porque el barro rojo del barrio de las putas, porque en la entrada del camino de las Guaduas, en el verde de las hojas, por la entrada de El Carretero, por la salida del Alto del Sinaí, porque en el patio trasero y empedrado en donde Plumasfieras canta, porque sobre el tejado de la Casa Cural inhabitada, porque en la frente de la estatua de La madre y en los pliegues de su ropa de mármol, porque en la cacha del revólver del agente Rigoberto, porque en la cúpula del templo, porque en el balancín tornasolado del toldo de Próspero, porque en el Tanque de las Aguas, porque en el aviso en donde dice Pielroja, porque en el león de yeso de la entrada al colegio, porque en el alero del estanco, porque en el techo del kiosco, porque en la capota de El Fugaz, porque en las gafas de Heliodoro, porque en el patio de los Agudelo, porque en la acequia de la molienda, porque en los guijarros del piso, porque en las calles de Saldeguaca, porque en las tapias de la casona de doña Concha, porque en la tonsura del cura, porque en las macetas de la casa de Agustina, porque en los caballetes de la pesebrera de Gildardo, porque en las losas del atrio, porque en la glorieta del parque, porque en los setos del otro parque, porque en el patio de la escuela, porque en el frontis del templo, porque en la quebrada de las Ánimas la luz cae como un pájaro desasosegado que viniera de otro lado del mundo.

Imágenes y pequeñas escenas directas escritas sin una relación aparente. Son momentos de los habitantes de un pueblo llamado Saldeguaca en un domingo cualquiera. No hay un protagonista, por lo menos de una forma tradicional porque se difumina en las acciones de todo el pueblo. Las secuencias de escenas recrean la vida de los habitantes de este poblado a mitad del siglo XX en Colombia, durante el periodo de conflicto entre Liberales y Conservadores; ese ambiente sostiene la tensión durante la narración. Por esta razón debería ubicarse dentro de las llamadas “novelas de la violencia colombiana”, pero como lo señala Eduardo Escobar: “El relato adopta una variante joyciana del tiempo que consiste en restringir, exprimir y comprimir un presente sin fondo”; es decir, se distancia formalmente de las otras novelas con las que se ubica. El título es una promesa que nos lleva hasta el final.

Página 221 de La ejecución de la estatua. Uso de gráficos entre las líneas y juegos con el diseño. No es claro si son dibujos del propio Amílcar Osorio o si fueron agregados durante el proceso editorial.

La apuesta narrativa de Amílcar Osorio genera un rechazo inicial si entramos a la novela buscando formas típicas de personajes o acciones relevantes, que nos orienten en la historia. Una serie de frases cortas unidas por comas, hacen que la experiencia de lectura sea desafiada por párrafos interminables y salteados de dibujos, que poco nos hablan del relato. Es fácil abandonarla tras las primeras páginas.

Toma tiempo entender que la secuencialidad de las frases va construyendo escenas simultáneas, donde los nombres pierden identidad dentro del laberinto de situaciones comunes que se desarrollan durante un solo día. El narrador omnisciente se vale de la enumeración para describir la cotidianidad del pueblo y los personajes se diluyen ante las ideas antagónicas de dos presencias, Conservadores y Liberales, que nadie sabe distinguir muy bien.

Más allá del tema, la apuesta formal de su novela es arriesgada. Entrelaza géneros, juega con la estructura y rompe con la linealidad. La exploración de técnicas es una constante en cada una de sus páginas y las palabras están dispuestas para abrir sus posibilidades expresivas. Si en los cuentos la experimentación desdibuja el impacto de la narración, en la novela alcanza ligeros momentos de lucidez:

 

Llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve.

 

Leer un libro de Osorio es participar de un juego verbal y visual; sus palabras invitan siempre a imaginar lugares, objetos y cuerpos que sobreviven la cotidianidad de forma significativa. Por eso el elemento estructural de su novela es una estatua: “La madre acariciando al hijo de mármol que adelanta un paso sobre el pedestal para bajar al parque”. En la plaza central de Saldeguaca se encuentra ubicada la figura de una mujer con su hijo. Una representación de la Virgen católica, titulada: “La madre”, con una “L” mayúscula inicial.

El desenlace es simple, dos grupos de personas armadas se enfrentan en mitad de la plaza central, sin saber quiénes son Liberales y quiénes Conservadores. Producto del enfrentamiento, la estatua es destruida y los restos caen junto a los cadáveres de los combatientes. Después de las hostilidades, el pueblo continúa su rutina… Al igual que la historia sobre la decapitación del Indio Uribe, la ejecución de la estatua en la novela de Amílcar Osorio es un acto simbólico que pretende dimensionar los alcances del conflicto y el trasfondo inútil de la guerra.

 

la bala golpea lo que queda de la estatua de La madre

la bala golpea lo que queda de la frente de don Gerardo

la bala golpea lo que queda de los muslos de don Jacinto

la bala golpea lo que queda de los ojos de don malparido

la bala golpea lo que queda de los hombros de don Hijueputa

la bala golpea lo que queda de la tapia del alar del alero

del quicio de la penca de la melena del gladiolo del tejado del dintel de las cornisas del templo

 

La historia se hubiese podido contar en menos páginas, pero la apuesta visual y narrativa del escritor propone un juego diferente donde los hechos narrados pasan a un segundo plano y toma relevancia el cómo está escrita y el por qué se escribió de esa manera. La apuesta termina siendo más poética y la lectura debe asumirse de esa manera.

Ilustración / Oscar Valencia

“Es efímero el tiempo”

Sorprende la capacidad que tienen los escritores para pasar desapercibidos durante años. De no ser por el ambiente cultural de Antioquia, la obra de Amílcar Osorio no se conocería. Aunque el escritor nació en Santa Rosa de Cabal, es cierto que su nombre está vinculado con Jericó y Medellín; donde se le reconoce como escritor, donde se han publicado sus libros y donde su obra ha sido valorada. Por ello, sentía la necesidad de sentar un precedente desde la región y abrir un poco más las lecturas sobre su obra.

Según Efrén Giraldo, “entendemos cada vez más que la visibilidad tiene poco que ver con la calidad y mucho con los intereses de los managers del ocio”. Para el ensayista antioqueño, la historia literaria de Colombia tiene una deuda con Amílcar. En su ensayo “Amílcar Osorio, el arte total y los comportamientos de vanguardia” (ver), Giraldo reconoce la singularidad de la obra del escritor nadaísta por su refinamiento estético y su interés experimental. El ensayista antioqueño lo sitúa dentro de las segundas vanguardias y resalta el gran vínculo que tiene su escritura con otras artes, aunque también afirma que, “aún faltan pesquisas que exploren otras dimensiones”.

No pretendo establecer una lectura definitiva, sino abrir las posibilidades literarias dentro de la discusión crítica. Tal como lo plantea Mario J. Valdés: “La finalidad no es la de revelar el significado de una obra en particular sino la de explorar las fuerzas y las estructuras que aparecen de manera recurrente en la lectura y la escritura”. Solo soy un lector y me interesa aportar al diálogo sobre un artista olvidado tras el título de “autor de culto”. Es posible que otras voces vengan a recordar de otra manera a Amílcar y su obra, otros lectores que reconozcan rasgos inadvertidos de su poesía y su narrativa; pienso que ese es el ejercicio de la crítica, ampliar el sentido, no limitarlo. Asimismo, es posible que estas palabras pasen desapercibidas como el mismo Amílcar o que se pierdan entre la memoria, porque a fin de cuentas “no se recuerda el vino sino su luz” y “ante la fuerza casi invisible del tiempo, todos somos un objeto frágil”.

 

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Proyecto ganador de la Convocatoria Municipal de Estímulos 2021 – Santa Rosa de Cabal