Nada sé de la crítica, así que no se angustien, evitaré el lugar común, pues creo que todo ha sido dicho.

 

Por / Hernán Mallama Roux

He leído cada artículo escrito como respuesta al provocador y sugestivo texto de Lord Violeta. Como en un juego de pelota ha aparecido la magia en cada jugada: las gambetas de los escritores, la técnica de los académicos, la precisión goleadora de los profesores, ante una tribuna que ruge ante cada regate, cada contraataque, cada punto a favor o en contra.

Se han planteado diversos interrogantes ¿Necesitamos o no la crítica? ¿Existe o no la crítica? ¿Sirve o no sirve la crítica? ¿Hay críticos? ¿bajo qué fundamentos se hace la crítica? En fin, la lista es larga. Algunos se han atrevido a responder sus cuestionamientos como el Maestro Jáiber Ladino y el “incógnito” Seres Latea ─que debe ser algún futbolista arrepentido─, otros los han lanzado cual improperio y se han marchado dejándonos expectantes en medio de la incertidumbre.

Nada sé de la crítica, así que no se angustien, evitaré el lugar común, pues creo que todo ha sido dicho. Soy más bien criticón, que es una cosa indiscutiblemente opuesta y totalmente destructiva. De nuevo, no se angustien, este pasatiempo lo dejo sólo para mí, aunque en ocasiones lo comparto con quien mejor me conoce, esa gran mujer que me acompaña en este exilio que es la existencia y a quien he de amar hasta que me aburra… de la existencia, claro.

Arrojar palabras al desierto de un papel, acomodarlas, dejarlas errantes, ajustarlas entre sí como en un rompecabezas, jugar con todos sus significados, borrarlas, buscar otras nuevas y olvidarlas, huir de la realidad o tratar de comprenderla, crear una nueva, todo ello con el único insumo de quien se juega la vida o la cambia ─como Sergio Stepansky─ intentando triunfar en el azar de la escritura.

Hay allí una inconmensurable abnegación. Algunos alcanzarán los laureles del reconocimiento, su nombre será pronunciado hasta el hartazgo y aún más, como Gabo, quien jamás llegó a la magia y trascendencia de su maestro Rojas Herazo y aun así le dieron un Nobel, excúsenme los garciamarquianos, reitero, soy criticón.

 

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Pero volviendo al caso de la crítica, me atrevo a hacer una propuesta: Y si primero nos convertimos en grandes lectores, ávidos lectores. De la literatura nacional, local, regional, universal. Debemos empezar por los niños, niñas y jóvenes, por supuesto, en las escuelas y colegios. Allí los Maestros tendrán que asumir su rol sin importar su título, escalafón o voluntad ─a propósito, Kieran Egan propone reinventar al Educador como un narrador─, pues son los primeros en construir imaginarios, estimular la creatividad y la curiosidad que contribuyan a procesos lectores estimulantes y permanentes.

Y luego volvemos los parques, las calles, los teatros en vertiginosos espacios de lectura colectiva donde la palabra encuentre un lugar en la voz de los poetas, de los narradores, de los académicos, y que ese lugar nos llene el espíritu de renovados ímpetus para transformarnos como sociedad, como pueblo, primero será la palabra bien usada, luego estaremos condenados a una inevitable paz bien construida.

Intento mantener el rumbo, pero primero lo primero. La crítica tan solicitada llegará sólo cuando lo escrito ─que por ahora es tan solo juego, a pesar de que muchos afirmen tomárselo en serio mientras deambulan por bares y calles ebrios de egocentrismo─ alcance para definir una estética con todos sus pormenores y “ecosistemas” ─palabreja tan de moda en estos menesteres─ desde una mirada objetiva, fundamentada en la razón, una exégesis holística que nos resignifique como pueblo, tal como hacemos con Grecia, con el Barroco o con el Modernismo.

Digo, si se me permite, que más allá de las etiquetas, apreciemos aquello que nos hace pereiranos, risaraldenses, colombianos, esas tradiciones y valores culturales que nos hacen únicos y que se revelan inevitables en la obra del artista, sea escrito, teatralizado, entonado, danzado o lo que sea.

Cada quién decidirá si donará o no su cuota de horror, de sangre y sacrificio buscando la elevación, no de su nombre, que sería un sombrío propósito, sino de su pueblo, del espíritu, del arte ─que es lo único que nos queda para que la verdad no nos destruya, diría Nietzsche─. Esa porción de singularidad es el mejor legado que puede hacérsele a un público, y que llevaría a un crítico, a la orilla del paroxismo.

En Conversaciones, libro de Carlos Alfieri, en el que dialoga con autores como Fernando Savater, Guillermo Cabrera Infante, César Aira, entre otros, el autor le pregunta a Piglia acerca de la crítica parafraseando a Roberto Calasso, quien dijo que los escritores eran mejores críticos que los mismos críticos, y Piglia, con ese tono siempre mesurado, responde que está de acuerdo, pues los críticos se acercan a la obra desde sus propias influencias y conocimientos previos, ya establecidos, en tanto que los escritores se acercan desde la expectativa, la curiosidad, convirtiendo al texto literario en un campo de experimentación para entender una hipótesis acerca del lenguaje, la sociedad, la misma literatura. Alfieri, en la siguiente pregunta, resume magistralmente la respuesta del escritor: “…para los escritores la literatura es el punto de partida, para los críticos es el lugar de llegada”.

Lo anterior tan sólo reafirma la importancia de que los escritores se lean, se comenten, ¿se critiquen? Literariamente, sí. Reconozco una sincronía con Lord Violeta y esa deportiva analogía que plantea al inicio de su texto: que la escritura sea un juego en el que todos tocan la pelota, todos buscan el mismo resultado, todos caben en la misma alegría cuando alguno alcanza a subirse al podio literario nacional.

Lo sé, en este preciso instante muchos están cuestionando el despropósito de lo que digo. A ellos los invito a sobreponerse a su narcisismo. Tal como lo hiciera Borges con Bioy Casares, Brodsky con Ajmátova, Cobo Borda con Arciniegas ─sólo por mencionar algunos─ quienes desde un ejercicio de humilde y obstinada lectura conjuraron los aciertos y desaciertos entablando una relación dialógica en pro de la escritura misma, más allá de “la fastidiosa mutua adulación”, como afirmaría “El Chinche” en su ilustrativo y asertivo artículo.

Espero no suceda como en cualquier “recocha” respetable de barrio; ante la contundencia de los alegatos, el dueño de la pelota se va con ella. Los invito a quedarnos, a construir lazos, a congregar complicidades, a celebrar la vida con todos sus laberintos literarios ante un pueblo al que le pesa tanta discordia, tanta apatía, tanto esnobismo.

Cualquier lugar es un buen lugar; cualquier pretexto para compartir un poema, un cuento, una novela, es un buen pretexto. Hagamos de Pereira la ciudad cultural que merece ser, sin más preámbulos ni diatribas. Hagamos lo que sabemos hacer o creemos saber hacer y que los críticos en su momento hagan lo que les corresponde, si les interesa.

El juego acaba de empezar, lo que importa no es el balón o su diseño, tampoco el goleador, importa el gol, resultado de una gran jugada o no, no importa, eso se debate para alargar la agonía o la victoria. Los habrá magistrales como el de Lothar Matteus ante la desaparecida Yugoslavia, y feos como el de Maradona y la mano de Dios ante Inglaterra, pero también, inolvidable. Igual sucede con los libros, feos o no, magistrales o no, dejemos los calificativos porque, muy a pesar nuestro, de eso se encargarán el tiempo y los lectores.

@MallamaRoux