Semblanza de monseñor Darío Castrillón, sus mediaciones y juegos de poder, escrita por un periodista que ha seguido sus pasos a lo largo de veinte años, de la cual se podría desprender, entre otras cosas, que una cita de García Márquez le cerró su camino al papado. El cardenal Castrillón falleció en la noche del 17 de mayo en Roma, sus funerales serán en la Basílica de San Pedro.

 

Por: Édison Marulanda Peña*

«Quien busca la salud de su alma y la salvación de las almas ajenas no lo hace a través de la política, la cual se propone objetivos completamente distintos (…). El genio y el demonio de la política y el Dios del amor viven en un intenso y recíproco contraste, que en cualquier momento puede estallar en un conflicto implacable».

Max Weber

 

El cardenal Darío del Niño Jesús Castrillón Hoyos ha transitado los terrenos escarpados de la política vaticana en los últimos veinticinco años y ha sido materia de varios libros. Seguirle el rumbo durante casi dos décadas me permitió descubrir que no existe un clérigo colombiano que haya estado más expuesto y que haya usufructuado el poder mediático con más habilidad que él. Sin embargo, esta relación le ha traído dificultades, desde cuando fue obispo de Pereira y arzobispo de Bucaramanga, hasta socavar la oportunidad de papabile en el Cónclave de 2005.

La capacidad del políglota para aprovechar la internet —lee, habla y escribe en ocho lenguas, incluso el árabe y el ruso—, su visión de los retos de comunicación del mensaje cristiano, de la Nueva Evangelización en el mundo globalizado, ayudó a que se valorase la red y los libros digitales que introdujo en la Santa Sede. La biblioteca virtual era, desde hacía años, el juguete favorito con el que deslumbraba a sus pares.

El periodista Antonio José Caballero (Santander de Quilichao, 1945 – Bogotá, 2013) es uno de los amigos incondicionales de Castrillón Hoyos. Suele darle la primicia de informaciones o pronunciamientos desde los días en que fue secretario general y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) (1983-1991), y siempre acepta pasarle al teléfono, «para RCN Radio, eminencia». En una crónica en Jet-Set titulada «Monseñor Darío Castrillón al oído del papa», de octubre de 2003, escribió: «El cardenal Castrillón es el hombre de las comunicaciones en el Vaticano. El Señor de la internet, lo llaman. (…) Sorprenden sus juguetes tecnológicos: computador de pantalla plana, con webcam; una Palm Pilot que envidiaría cualquier ejecutivo de mundo y un celular de última generación».

Debió ser por esto por lo que la cúpula del Vaticano no creyó justificable la omisión del blog en la red del obispo británico Richard Williamson, miembro de la Fraternidad de San Pío X, fundada por el arzobispo cismático Marcel Lefebvre. El blog de Williamson contiene opiniones que subestiman el Shoah u Holocausto del pueblo judío, niegan la existencia de cámaras de gas y señalan que «apenas» unos 300.000 judíos, y no seis millones de ellos, murieron en los campos de concentración nazis, afirmaciones que ratificó en declaraciones a la televisión de Suecia; presenta una versión antisemita de la historia con la que pretende desconocer la universalmente aceptada con criterio de verdad.

El entonces obispo de Pereira, Darío Castrillón Hoyos, recibe a la madre Teresa de Calcuta, en la actualidad declarada santa de la Iglesia Católica. Fotografía / Martín Alonso Parra

El asunto Lefebvre

Cuando Darío del Niño Jesús Castrillón Hoyos era obispo de Pereira, Marcel Lefebvre visitó privadamente a su hermana María Teresa y su esposo, industriales de Paños Omnes en Dosquebradas; el periódico La Tarde, en la nota «Entre curiosos y adeptos existe cierta diferencia», sostenía que Castrillón era amigo del prelado francés (16 de julio de 1977). Seguramente de Lefebvre tomó el estilo de hacer ruedas de prensa para darles mayor alcance a sus opiniones o a sus batallas por la fe.

En el pontificado de Pablo VI, Lefebvre rechazó la reforma litúrgica que aprobó el Concilio Vaticano II. La posición del reaccionario, que sólo acataba el Concilio de Trento de 1545 y la Misa de  Pío V o Misa Tridentina, era que el nuevo concilio representaba la invasión de la Iglesia por los falsos valores de la Revolución Francesa, porque aceptaba la libertad en la nociva doctrina de la libertad religiosa, la igualdad en la doctrina errónea de la colegialidad y la fraternidad en el ecumenismo. Él creía que se trataba de una conspiración masónica que socavaría los cimientos de la Iglesia. Sus tesis están en el libro Yo acuso al concilio (1976).

El conciliador papa Montini le escribió varias cartas personales que el arzobispo Lefebvre nunca le respondió, posando su esperanza en el día en que podría «abrir los brazos para estrechar a su hermano en la comunión restaurada». La fecha de la primera carta, 29 de junio de 1975, coincidía con el duodécimo aniversario de su pontificado y, a la vez, fue el día en que Lefebvre hizo las primeras ordenaciones de sacerdotes, válidas pero ilícitas.

Peter Hebblethwaite revela en la biografía Pablo VI. El primer papa moderno, que «Lefebvre había sido durante trece años la cruz principal de mi pontificado»[1]. La curia romana le advirtió en vano qué pasaría si continuaba ordenando sacerdotes. Poco después, la Congregación para los Obispos lo suspendió a divinis el 24 de junio de 1976. Cinco años atrás había fundado su seminario de Ecône en un valle de Suiza. Pero la historia no concluyó con la pena canónica.

En la era de Juan Pablo II, Lefebvre rechazó toda colaboración con el cardenal Ratzinger, cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y fue más lejos todavía al ordenar obispos en 1988. Se les impuso la excomunión a los consagrados episcopales. Tres años después, el controvertido prelado falleció.

Precisamente el cardenal Castrillón, quien desde abril de aquel año presidía la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, que se ocupa de las relaciones con los tradicionalistas, se enteró de que los «hijos» de Lefebvre se encontraban de peregrinación en Roma. Fotografía / Jorge Enrique Henao de la Pava

Desde esa fecha no hubo más comunicación oficial, hasta el Gran Jubileo de 2000. Precisamente el cardenal Castrillón, quien desde abril de aquel año presidía la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, que se ocupa de las relaciones con los tradicionalistas, se enteró de que los «hijos» de Lefebvre se encontraban de peregrinación en Roma, con motivo del acontecimiento, y decidió invitar a almorzar a los obispos que el jerarca rebelde ordenó. El anfitrión compartió el comedor de ocho puestos de su apartamento y una conversación informal les facilitó conocerse. La charla resultó fructífera. Con los siguientes encuentros se generó una atmósfera de confianza, como se requiere en cualquier negociación política o teológica. Los diálogos con monseñor Bernard Fellay y otros miembros de la fraternidad poco a poco produjeron acuerdos.

En mayo de 2003, el cardenal hizo un gesto que estrecharía más sus nexos: celebró por primera vez, después de la reforma litúrgica posconciliar, una Misa Tridentina en la basílica romana Santa María la Mayor; L’Osservatore Romano ignoró totalmente el hecho, que apareció en la página www.30giorni.it.

Hace dos años, el cardenal colombiano les consiguió una audiencia papal. Benedicto XVI escuchó atentamente al superior de la Fraternidad de San Pío X, monseñor Bernard Fellay; a un colaborador de Marcel Lefebvre, el padre Schmidberger, y al cardenal Castrillón. Al final habló el papa, «haciendo un fuerte llamado a la unidad y expresando el deseo de que el futuro arreglo  se haga sin precipitaciones, pero tampoco en forma demasiado lenta», citaba a Castrillón la misma publicación de cristianos integristas en internet. Gracias a los acuerdos de la histórica reunión, Benedicto XVI cedió y autorizó la Misa Tridentina o Misa de Pío V (Concilio de Trento) en latín, mirando al sagrario y de espaldas a los fieles; ellos, por su parte, reconocían la validez completa del Concilio Vaticano II, lo que incluía el nuevo rito de la misa y el magisterio de todos los papas, hasta el actual.

No era algo trivial lo conseguido con este grupo díscolo, merced a la iniciativa y la mediación de Castrillón. Un arreglo satisfactorio para ambas partes, que no pudo conseguir el humanista Pablo VI en la audiencia que le concedió a Marcel Lefebvre, más por presiones de terceros que por su propia voluntad, el 11 de septiembre de 1976.

Esta vez los hijos espirituales de San Ignacio de Loyola, los jesuitas, veteranos «soldados de Cristo» a quienes Castrillón nunca ha llevado en sus afectos, le pasaron la cuenta de cobro. Fotografía / Jorge Enrique Henao de la Pava

Treinta y tres años después de esa decepcionante reunión en el castillo de Castelgandolfo, el 21 de enero de 2009, Benedicto XVI promulgó —por recomendación del cardenal Castrillón— el decreto que levantaba la excomunión de Bernard Fellay —superior de la Fraternidad San Pío X—, del español Alfonso de Galarreta, del francés Tissier de Mallerais y del inglés Richard Williamson, ordenados obispos sin acatar la autoridad de Juan Pablo II. Pero un yerro logró empañar el esfuerzo de tantos años y el final de la carrera de un «príncipe» de la Iglesia.

El desatino, atribuido oficialmente a Castrillón, afectó también sus relaciones con otros purpurados. Entre ellos está el cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la Congregación de los Obispos. Re fue secretario sustituto de la Secretaría de Estado, nombrado por Juan Pablo II; en el libro Mentiras y crímenes en el Vaticano, en el que se arrojan luces sobre el triple asesinato en la Guardia Suiza en 1998, se asegura que Re pertenece a la logia masónica, que le disputa esferas de poder al Opus Dei. Y se molestó porque el colombiano lo señaló de corresponsable por tratarse de una decisión colegiada para levantar la excomunión a los cuatro obispos de la fraternidad, entre ellos Richard Williamson. El decreto lo firmaba el cardenal Re.

Esta vez los hijos espirituales de San Ignacio de Loyola, los jesuitas, veteranos «soldados de Cristo» a quienes Castrillón nunca ha llevado en sus afectos, le pasaron la cuenta de cobro. La acción la ejecutó con sangre fría el propio vocero del papa, monseñor Federico Lombardi, S.J., al culparlo ante la opinión pública por la omisión. Después le envió una carta personal en la que ofrecía disculpas.

Hoy, los diálogos con la fraternidad que fundó Marcel Lefebvre están suspendidos.

 

Fue mediador de la liberación del excandidato presidencial y periodista Álvaro Gómez Hurtado, retenido por el M-19, una guerrilla urbana. Fotografía / Jorge Enrique Henao de la Pava

El negociador

Hay otras negociaciones en las que Castrillón ha tenido protagonismo. Miembro de la Comisión de Negociación y Diálogo del gobierno de Belisario Betancur, que buscaba acuerdos con los grupos subversivos para la paz de Colombia, el prelado sintió el roce gélido de la muerte el 5 de agosto de 1984, cuando él y los comisionados Bernardo Ramírez, Laura Restrepo —hoy escritora reconocida— y el político liberal Horacio Serpa, quedaron en medio del fuego cruzado del Ejército y una columna del Movimiento 19 de Abril (M-19), en San Francisco (Cauca); después de varios minutos «eternos» caminando bajo la lluvia de balas, sin conocer nada de tácticas militares porque quedó exento del servicio militar obligatorio, logró detener la batalla con una improvisada bandera hecha con la camisa blanca del piloto de un helicóptero que los transportaba, y de gritar varias veces  al unísono: «No disparen, somos de la Comisión de Paz».

Fue mediador de la liberación del excandidato presidencial y periodista Álvaro Gómez Hurtado, retenido por el M-19, una guerrilla urbana que había protagonizado ocho años antes un espectacular golpe cuando se tomó la embajada de República Dominicana en Bogotá; en 1996 participó con discreción en las gestiones que impidieron un desenlace cruento del secuestro del arquitecto Juan Carlos Gaviria Trujillo, hermano de un expresidente de la república, secuestrado por el grupo Jorge Eliécer Gaitán Ayala (Jega).

Vestido de civil y con sombrero, Castrillón se reunió con Pablo Escobar en la clandestinidad. El criminal más buscado del mundo en ese momento temía que lo extraditaran a Estados Unidos y que lo separaran para siempre de su familia; el obispo lo convenció, apelando al rescoldo de fe que halló en él, de no ejecutar un plan tenebroso de carros bomba contra Pereira, la tierra del presidente César Gaviria Trujillo, quien dio la orden de desmantelar el cartel de Medellín. La diócesis de Pereira, gracias a la gestión secreta de su obispo, salió incólume de la guerra del narcoterrorismo, mientras Bogotá, Medellín y otras ciudades de Colombia sufrieron por la furia indiscriminada de Los Extraditables, un grupo de capos del narcotráfico que causó centenares de asesinatos entre civiles anónimos, militares, policías, jueces, periodistas como Guillermo Cano director de El Espectador y magnicidios de candidatos presidenciales, como el liberal Luis Carlos Galán en 1989.

Castrillón también fue actor en la escena internacional, con discreción unas veces o en misiones rodeadas de escándalo, otras. Fotografía / Jorge Enrique Henao de la Pava

Castrillón también fue actor en la escena internacional, con discreción unas veces o en misiones rodeadas de escándalo, otras. Como delegado pontificio ante el presidente George Bush (padre), intercedió para que desistiera de invadir a Nicaragua y derrocar el gobierno de los sandinistas. Otra de sus actuaciones fue la reunión en el Vaticano en 1999, con el ánimo de estudiar una propuesta de negociación política del conflicto armado colombiano con Nicolás Bautista, alias Gabino, vocero del ELN; la reunión la coordinó el exministro alemán Bernard Schmidbauer, y en ella participaron aliados alemanes del grupo insurgente, como los esposos Mauss, una pareja de espías acusada del contrabando de armas.

Una de las pruebas más difíciles de los últimos tiempos para la reputación de la Iglesia fueron los escándalos de 2002 por abuso sexual de menores de edad cometidos por sacerdotes. El mayor número de casos de pedofilia se registró en Estados Unidos (Boston, Nueva York, Chicago), donde las protestas casi diarias y la denuncia de los medios planteaban la renuncia de los cardenales Edward M. Egan, arzobispo de Nueva York, y Bernad Law, arzobispo de Boston, porque fueron laxos con «lobos en el rebaño»[2].

También se informó de la ocurrencia de hechos de esta clase en Irlanda, Francia, Canadá, Bélgica, Holanda, Austria, Alemania, Colombia y hasta en la Polonia natal del papa Wojtyla. El cardenal Darío del Niño Jesús Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero, contraatacó para recordar que los casos de sacerdotes incapaces de respetar el celibato y las leyes de la moral humana «son una mínima parte» en todo el mundo. Castrillón citó un estudio del profesor Philip Jenkins, de la Universidad Estatal de Pensilvania, según el cual el 0,3% del clero estadounidense sería pederasta, para preguntarse después «dónde están las estadísticas referidas a otros grupos sociales y a otras profesiones»[3]. La lectura completa del artículo llamado «La “penúltima” cruzada del papa», que apareció en el diario español El País, dejaba una percepción desfavorable: Castrillón, al tratar de atenuar el escándalo, manifestó una solidaridad de cuerpo sin resarcir a las víctimas. Las de Estados Unidos negociaron con las diócesis respectivas para retirar las demandas penales contra los pedófilos, a cambio de indemnizaciones por el daño moral que sumaron más de mil millones de dólares.

Una misión secreta que merece destacarse porque retrata la habilidad disuasiva del hombre que sirve los intereses del Vaticano es la relacionada con la estafa en las Obras Misionales Pontificias en España, que investigó El País, de Madrid. «El 21 de enero de 1999, un delegado de José Luis Irizar y Artiach, un vasco de 68 años director de las Obras Misionales Pontificias (OMP) de España, la organización que atiende las necesidades de 30.000 misioneros, atravesó la sede de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (…).

El mensajero portaba un documento explosivo: el recurso que interponía Irizar ante ese organismo y luego ante el tribunal de la Signatura Apostólica. En treinta páginas, el cura bilbaíno, antiguo misionero en Bolivia, denunciaba graves irregularidades económicas en las Obras Misionales Pontificias (…) y desvelaba una estafa consistente en la venta de doce grabados para recaudar fondos que irían destinados a un falso homenaje al papa Juan Pablo II. En el fraude implicaba al húngaro Lajos Kada, el todopoderoso nuncio de su santidad en España. “El promotor del falso homenaje desoyó a Roma y siguió vendiendo los grabados” (…) El cura vasco, perteneciente a una de las familias más ricas de Bilbao, exigía que le restituyeran las riendas de la gestión económica de las obras misionales, para las que había recaudado 20.000 millones de pesetas (…). Tras dos horas de conversación con el arzobispo Slecker, secretario del dicasterio, éste recogió el escrito y firmó la recepción. No sin antes advertir que la actitud de Irizar era una “locura” y que acudir al tribunal de la curia romana derivaría en un escándalo. (…) Pero no era tarea fácil frenar a Irizar, un vasco de carácter fuerte y contestatario, que estudió derecho en Deusto (Bilbao), donó su herencia millonaria a la Iglesia, guardó en un cajón sus títulos nobiliarios, se recluyó en el seminario de Vitoria, vistió el hábito a los veintitrés años y se marchó a la diócesis minera de Oruro (Bolivia).

El único que podía conseguirlo era el cardenal Darío Castrillón, prefecto de la Congregación del Clero, es decir, el ministro de los sacerdotes. El 17 de febrero, cuando el recurso de Irizar había recibido el silencio por respuesta, el cardenal, que tenía una gran ascendencia sobre el cura vasco, acudió a Madrid, durmió en la sede de la OMP y le redactó de su puño y letra la carta en la que renunciaba al recurso ante el Tribunal de la Signatura. Había que evitar el escándalo a toda costa. (…) Castrillón consiguió también que el cura renunciara a la querella que había presentado dos meses antes, el 18 de diciembre de 1998, en los juzgados de Madrid, contra María del Bosque, José María Castro —exgerente de la OMP— y Manuel Cepa, promotor de la venta de los grabados…»[4].

Estas y otras misiones de este «príncipe» de sotana y mitra, en conjunto, llevan a pensar en  la audacia del estadista que acompaña el sentido del deber y la ambición del cardenal Armand-Jean du Plessis de Richelieu, ministro de Estado de Luis XIII. No en la santidad del obispo Francisco de Sales, su contemporáneo.

No fueron pocas las responsabilidades y los cargos que Juan Pablo II le confió a Castrillón: Al promediar 1996 lo nombró prefecto de la Congregación para el Clero. Fotografía / Jorge Enrique Henao de la Pava

Sin embargo, el hombre de letras y de acciones intrépidas quedó sin cartera en el Vaticano, mientras los analistas comentan en voz alta que se ha desvanecido el enorme poder que poseyó en el papado anterior.

No fueron pocas las responsabilidades y los cargos que Juan Pablo II le confió a Castrillón: Al promediar 1996 lo nombró prefecto de la Congregación para el Clero (no es usual que un papa llame a ser parte de su «gabinete» a un arzobispo), un presagio de que lo harían cardenal, como en efecto sucedió en el consistorio del 21 de febrero de 1998; lo designó miembro del Pontificio Consejo para el Diálogo con los no Creyentes, del Pontificio Consejo Justicia y Paz, de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, de la Congregación para la Educación Católica, presidente delegado de la Asamblea Especial para América del Sínodo de Obispos en 1997, miembro del Consejo Postsinodal, miembro de los pontificios consejos para la interpretación de los textos legislativos y para las comunicaciones sociales, de la Pontificia Comisión para América Latina y de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, y presidente de la Comisión Ecclesia Dei, donde termina hoy su carrera.

Tanta confianza y afecto del papa Wojtyla prodigados al cardenal Castrillón hacían recordar la simbiosis de Pablo VI y monseñor Giovanni Benelli, el secretario sustituto. El papa Montini lo dejó escoger entre dos sedes vacantes, lo nombró arzobispo de Florencia y cardenal en junio de 1977, lo que le permitió ser papable, aunque sin éxito. Antes de su partida del Vaticano a Florencia, se decía que Benelli afrontaba las obligaciones del papa cada vez más débil y sus críticos le atribuían un exceso de influencia, según el biógrafo[5].

Demasiadas personas, creyentes o agnósticas, que no sabían de las tareas cumplidas por este negociador, se enteraron del último fracaso y quizá sólo lo recuerden por eso; cuando el Gran Rabinato Supremo de Israel amenazó romper las relaciones con la Iglesia católica por la crisis provocada en febrero pasado, estuvo cerca de volverse añicos el avance del ecumenismo que aproximó a judíos y cristianos. Una labor que inició Pablo VI con la nueva Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, que fortaleció Juan Pablo II y prosiguió con esperanza Benedicto XVI, tras su viaje de una semana a Oriente Próximo (Jordania, Israel y los territorios palestinos) en mayo de 2009.

 

Incumpliendo el octavo mandamiento

En 2005, el cardenal Castrillón aprovechó sus vacaciones de verano para que le practicaran una operación de cataratas en Medellín, su ciudad natal. Desestimó la recomendación de reposo del oftalmólogo y viajó a Pereira. Esa mañana cálida del 26 de julio asistió a un homenaje que lo enorgullecía: la inauguración de la acogedora biblioteca que lleva su nombre en losa de mármol, en la Universidad Católica Popular del Risaralda (hoy Universidad Católica de Pereira), fundada por él hace más de tres décadas.

Llevaba gafas cuadradas y oscuras, con montura metálica sólo en los lados, sotana negra con banda y botones rojos, un vistoso pectoral de plata y ánimo jovial. Cuando ocupó el lugar asignado en la mesa principal, reiteró al sacerdote rector Gustavo León Valencia que no daría un discurso ni mucho menos una conferencia. «La universidad es católica si tiene la convicción de que no hay hombres menores, que todo hombre es un ser racional, pensante, libre, y que debe crecer como tal en su cuerpo y en su espíritu. La universidad, para ser católica, tiene que entender que no se puede forjar un mundo en paz, si no es un mundo justo. Justicia y paz tienen que estar siempre unidas, aunque las palabras lleguen a causar escozor en las personas que manipulan  para su beneficio a las naciones», dijo.

Muchos profesores y personal administrativo que no lo habían escuchado nunca pudieron observar que Castrillón también hablaba con las manos, complementaba con movimientos suaves o rápidos, arriba o abajo, lo que decía con su voz nasal. Y hasta lució divertido al narrar anécdotas con desparpajo.

«La biblioteca virtual es muy importante. ¿Por qué? Ustedes lo saben mejor que yo. Cuando hablo con mis colegas cardenales les muestro algunas cosas y les digo: “Yo copié las obras de Aristóteles en dos minutos”. “Qué me vienes a decir”, responde uno de ellos. “¿Quieres que te muestre cómo se hace? Así de sencillo: una web, un pequeño robo de vez en cuando y tienes en tu computador toda esa biblioteca…”», reveló.

Sonrió y agregó unas palabras socarronas, que buscaban la complicidad del auditorio repleto: «Pido que esto no se conozca en toda América, que no sea sino para acá», añadió.

Ya en la parte exterior de la biblioteca, donde se instaló una tarima para la ceremonia de bendición del edificio al que le faltaban los acabados, hizo una homilía en la que trató el polémico asunto Fe y razón. Castrillón, que ha sido un detractor de la modernidad, esta vez arremetió con el apoyo de la encíclica Fides et ratio, que contiene reflexiones de Ratzinger y suyas (porque fue una de las tareas «secretas» que le confió el papa Wojtyla).

«Fides et ratio, Fe y razón, significa elevar la pequeñez  de la razón humana hasta arrodillarla frente a la razón infinita de Dios y recibir así la luz divina para que nuestro entendimiento no se equivoque en el diálogo con el universo, con las cosas y con los hombres», explicó. Más adelante adjudicó las hecatombes del siglo XX al pensamiento moderno: «Qué dolores se le vienen encima a la humanidad cada vez que la razón se aparta de Dios. Cuando se hace la crítica de la modernidad, a ella se atribuyen las atrocidades de Hiroshima, las atrocidades de Hitler en la destrucción de seres indefensos. Quería hacer el mundo mejor humillando al hombre, haciendo jabones de los huesos humanos y haciendo lámparas de la piel del pueblo judío, maltratado por él. Cuando la razón cree caminar sola, la razón se vuelve opresora, madre de tiranías, madre de los sátrapas; la razón se vuelve madre de los totalitarismos, que ojalá llegaran a desaparecer totalmente del mundo», expresó el orador.

En una visita espontánea que hizo en 2004 a la misma universidad, sin pompa, cámaras ni micrófonos, también en sus vacaciones de verano, le pregunté qué sabía del libro Seréis mis testigos. Y negó que lo conociera.

Posteriormente, un amigo que nunca falta a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Jorge Alexis Mejía, tuvo el gesto de regalármelo.

Su autor, el español Miguel Ángel Velasco, declara al comienzo de este texto que el interés por conocer la Iglesia de América Latina desde una voz de América nació al darse cuenta de que, hoy en día, uno de cada tres creyentes católicos ha nacido en el continente de la esperanza.

Lo primero que se advierte es la confesión de Velasco: «El título del libro me lo inspiró el propio cardenal en la primera cita que tuvimos. Es una frase tomada de Hechos de los Apóstoles 1, 8 (…)»[6]. Y al leerlo se confirma que todo, como el traje hecho por un viejo sastre, está confeccionado para agradar al cliente, según esta expresión: «He respetado el tono y la forma de las respuestas del cardenal. Algunas son fruto de una conversación sosegada en la que me permitía grabarle sus comentarios; otras fueron escritas por él»[7].

El cardenal Castrillón quebrantó el octavo mandamiento: No mentir. Queda demostrado que sí sabía.

El cardenal Castrillón quebrantó el octavo mandamiento: No mentir. Queda demostrado que sí sabía. ¿Por qué pretendía ocultar la existencia de ese libro? ¿Tal vez porque hay una transcripción de cuatro páginas seguidas de la biografía El cardenal Castrillón. Entre la fe y el poder[8], sin autorización del editor ni citar completa la fuente, omitiendo el título del libro, editorial, ciudad y año de la edición, es decir, sin ningún rigor ni acatar el copyright?[9].

El libro-entrevista de Velasco y Castrillón Hoyos tiene una limitación en su alcance porque su temática sólo concierne a creyentes católicos (la Iglesia en América, el sacerdocio católico hoy, la identidad sacerdotal), no logra despertar el interés intelectual por fuera de este ámbito, y la monotonía del modelo pregunta-respuesta con cuestionario previo, que excluye la creatividad. «Hacen falta mucha autenticidad y mucho amor para luchar contra la corriente en una sociedad que no valora lo sobrenatural»[10], dice Castrillón al explicar los retos del sacerdocio en esta época.

Es muy diferente el libro En qué creen los que no creen, un diálogo epistolar entre Umberto Eco y el cardenal Carlo María Martini, S.J., sostenido en la revista Liberal de Italia, en cada número trimestral durante 1996. Es universal por las ideas filosóficas que debaten, reflexionan sobre los fundamentos de la ética, el milenarismo, diferencias del mundo laico y el mundo cristiano, el sentido de la historia, la presunta existencia de una «noción» de esperanza que pueda ser común para creyentes y no creyentes, el valor de la vida y la legislación existente sobre la interrupción del embarazo, la exclusión de las mujeres del sacerdocio católico… Cada uno se emplea a fondo en la argumentación desde su perspectiva intelectual o espiritual y hay un tono de escritura que seduce. Martini dice en la primera carta de respuesta a Eco: «(…) éste es un intercambio de reflexiones realizado entre nosotros con libertad, sin corsés ni implicaciones de cargo alguno. Espero, en todo caso, que se trate de un intercambio fructífero, porque me parece importante poner de relieve con franqueza nuestras preocupaciones comunes y buscar la manera de aclarar nuestras diferencias, sacando a la luz lo que verdaderamente es diferente entre nosotros»[11].

…lo que aparece es un refrito de la entrevista-perfil «El papable», que el Nobel de literatura escribió diez años antes.

La segunda mentira sobre Seréis mis testigos es que en la carátula se lee «Prólogo de Gabriel García Márquez». Se espera encontrar un texto inédito —es lo normal—, que condense o destaque el contenido del libro, pero lo que aparece es un refrito de la entrevista-perfil «El papable», que el Nobel de literatura escribió diez años antes. En su momento lo publicaron El País de España (18 de abril de 1999) y la revista Cambio, edición N° 305 del mismo mes (para García Márquez sí hay respeto del copyright). Pero esta vez le cambiaron el título original («El papable» por «El cardenal») y editaron la última parte, para no reincidir en una imprudencia que le costó demasiado a Castrillón.

Cambio, de la que era socio mayor García Márquez, le dio la portada a este trabajo que ocupó diez páginas interiores, con fotos donde está Castrillón con Reagan, con Fidel Castro, con George Bush (padre), con Bill Clinton, con los reyes de España don Juan Carlos de Borbón y doña Sofía, con el Nobel —que se hospedó junto con su esposa Mercedes en el apartamento del cardenal en la Semana Santa de aquel año—. Es curioso que no haya ni una foto que sugiera el espíritu del ecumenismo: con un rabino, un ayatola chiíta o sunita, un patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa o de Grecia, un anglicano, un bautista o un luterano, un budista o un hindú, ni un «intocable» —la casta inferior de la India— a quien servía la madre Teresa. La gran foto, por sugerente y por darle dos páginas completas, muestra a un frágil Juan Pablo II y a su lado, compartiendo la silla del avión que los llevaba a cumplir la cuarta visita pastoral del papa a México, un vital y sonriente Darío Castrillón. Con esta imagen uno creía que se trataba del «delfín» de ese momento. Y lo fue.

En la competencia por el poder temporal dentro de la democracia, cuanto más visibilizado sea un candidato y su programa de gobierno por los medios de comunicación, su mensaje llegará a un número mayor de ciudadanos electores. En el ámbito eclesiástico funciona una lógica diferente, se debe preservar el secreto. Se toma como una señal negativa y suele despertar más animadversión que simpatía si se ventila públicamente la aspiración de alguien a una dignidad de la Iglesia.

Hasta en Santa Fe de Antioquia —declarada Monumento Nacional en 1960 por preservar su admirable arquitectura colonial en iglesias y casas que datan de los siglos XVI y XVII— hubo preocupación por el impacto del generoso texto periodístico de García Márquez.

Monseñor Benjamín Pardo, historiador y traductor, fue compañero del joven Castrillón en el seminario mayor Santo Tomás de Aquino de Santa Fe de Antioquia en la década de los cuarenta. Que Darío del Niño Jesús nació en cuna pobre lo indicaba su ingreso a la institución con una beca y que una benefactora, Maruja Pattín de Martínez, le daba alimentación en su casa ubicada en la Calle de la Amargura, porque estaba seminterno. Esa etapa de formación coincidió con la Violencia bipartidista y Castrillón tuvo problemas con su obispo de Santa Fe, Luis Andrade Valderrama, un franciscano practicante de la tolerancia y políglota, que concedía declaraciones conciliadoras al diario liberal El Tiempo. «Un visionario que se adelantó al Concilio Vaticano II», lo describía el sacerdote e historiador eclesiástico Nicolás Gaviria Pérez. No coinciden las versiones sobre la causa del retiro del seminarista Castrillón, pues algunos dicen que se fue voluntariamente y otros que por expulsión. Y lo recibió el antimodernista monseñor Miguel Ángel Builes, quien con decreto episcopal prohibió leer El Tiempo en la enorme diócesis rural de Santa Rosa de Osos. Builes observó el potencial de Castrillón y al poco tiempo lo envió a la Universidad Gregoriana de Roma, donde hizo estudios de sociología religiosa, ética económica y se doctoró en derecho canónico en los años cincuenta.

Benjamín Pardo, quien vestía de sotana pese al sofocante clima de la ciudad, bañada por el río Cauca, señaló «el efecto perjudicial de la imprudencia de García Márquez». Porque tal profusión de lisonjas y policromía atrajo el interés de otros medios y la aprensión de los pares de Castrillón en la corte más antigua de Europa, el Vaticano.

Desde que se conoció el perfil «El poder de Gabo», por Jon Lee Anderson (Semana, 1999), nadie dudaría de que García Márquez ha vivido fascinado por el poder en sus variadas formas. Un trabajo periodístico con el que pretendía «ayudar» al compatriota que supuso podría ser el próximo pontífice, se tornó en bumerán. La razón es el párrafo con que remata el célebre escritor de Aracataca: «(…) Pero cada vez que quise sondear el pensamiento del cardenal sobre los fuertes rumores de su candidatura pontifical, me eludió con elegancia. Y en el momento de la despedida sus razones fueron más elegantes que nunca: “Espero que Dios nos conserve este papa muchos años para que sea él quien rece sobre mi tumba”. Sin embargo, un amigo con más suerte le preguntó si le gustaría ser el escogido, y el cardenal contestó como un papa: “No se puede decirle que no al Espíritu Santo”»[12].

Biografía escrita  en 1999 por el autor del presente artículo. Con prólogo de Javier Darío Restrepo.

La frase atribuida no corresponde al hombre inteligente que es Darío Castrillón, porque con facilidad se nota que es una torpeza, dice un prelado que prefiere el anonimato y conoce al cardenal. En un libro reciente con la intención de rehabilitar a Castrillón, De frente y sin miedo (2009), del comunicador social César Mauricio Velásquez —numerario del Opus Dei y secretario de Información y Prensa de la Casa de Nariño en el gobierno del presidente Uribe Vélez—, el cardenal confiesa la vergüenza que sintió ante el papa Juan Pablo II y que presentó disculpas a sus colegas de la curia romana, porque fue una ocurrencia del mítico escritor y periodista creador de Cien años de soledad.

Hay antecedentes de esta «licencia» garcíamarquiana, que suprime la frontera entre ficción y periodismo. La crónica, titulada «Comienzan a recogerse pruebas para beatificar a Pío XII», del corresponsal de El Espectador de Bogotá en Europa, Gabriel García Márquez, fechada en Roma, diciembre de 1955, ya sugería la desmesurada imaginación del caribeño, pues el papa Eugenio Pacelli aún vivía.

«(…) Nunca, como en los trescientos sesenta y cinco días que siguieron a su crisis del pasado otoño, Pío XII había trabajado con tanta intensidad. Se considera que éste ha sido el año decisivo de su vida. Al término de él, se ha divulgado la noticia de que es el segundo papa en la historia de la Iglesia que ha visto a Jesucristo y que hace algún tiempo devolvió la vista a un niño ciego. Un semanario ha asegurado que ya se están recogiendo las pruebas para su beatificación»[13].

Que el cardenal Castrillón era papable lo confirmaba una nota del experto Marco Politi en La Repubblica de Roma: «Ha crecido la candidatura de una personalidad que el papa nombró cardenal tan sólo hace tres años: el enérgico, políglota y hábil colombiano Darío Castrillón Hoyos», citado en un cable de la AFP desde la Ciudad Eterna, el 16 de enero de 2001.

Muchos otros medios de América y Europa también tuvieron a Castrillón en el sonajero de papables durante años: Der Spiegel y Die Zeit de Alemania; La Repubblica, Panorama, L’Espresso, Il Corriere della Sera en Italia; la revista Paris Match de Francia, ABC de España, National Catholic Report, la AFP con los despachos que redactaba en Roma la colombiana Kelly Velásquez, las revistas Semana y Diners de Colombia… hasta quemarlo. Al fin y al cabo, los medios de comunicación no son los que votan en el Cónclave.

En el último Cónclave, según el ingeniero Juan Manuel Buitrago —esposo de la exembajadora de Colombia ante la OIT en Suiza, Luz Estella Arango—, quien ha dialogado con el exembajador de Colombia ante la Santa Sede, Guillermo León Escobar Herrán, obtuvo más votos el cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, que Castrillón. El primero decidió servir como «jefe de campaña» para conseguir la elección de Ratzinger, lo que tomó apenas dos días. Los tres cardenales representaban la línea conservadora, con mayoría en el Colegio Cardenalicio, mientras que los liberales, partidarios de una apertura como el jesuita Carlo María Martini, estaban en minoría.

Cuando ha llegado la hora del retiro forzoso de la curia romana, por la edad límite de los ochenta años que cumplió el  4 de julio de 2009, el cardenal Darío del Niño Jesús Castrillón Hoyos podría hacerse unas preguntas como creyente: ¿cómo me recordarán los hombres de Iglesia? ¿Por cuáles hechos y méritos, escándalos y traspiés la gente sencilla me identificará? Y una rodeada de más incertidumbre que las anteriores: cómo me juzgará Dios: ¿con indulgencia, como mi amigo Karol Wojtyla o será implacable como Joseph Ratzinger?

 

* Édison Marulanda Peña: Magíster en Literatura, periodista y escritor. Es profesor transitorio del Departamento de Humanidades de la Universidad Tecnológica de Pereira. Texto publicado originalmente en Revista Número, edición 62, 2009, Bogotá.

 

 

Citas y notas

[1]. Peter Hebblethwaite, Pablo VI El primer papa moderno, Buenos Aires, Javier Vergara Editor, 1995, p. 551.

[2]. Tomás Eloy Martínez titula «Lobos en el rebaño» un artículo de opinión en El País de España, aparecido el 19 de abril de 2002. En él analiza la crisis de la Iglesia católica en Estados Unidos, suscitada por los sacerdotes pedófilos y las numerosas denuncias de las víctimas, y trata el celibato desde su imposición en 1073 por Gregorio VII.

[3]. Lola Galán y Javier del Pino, «La penúltima “cruzada” del papa. Juan Pablo II teme que los escándalos sexuales empañen su gestión», en El País, Madrid, domingo 21 de abril de 2002.

[4]. José María Irujo, «Estafa en las Obras Misionales Pontificias», en El País, Madrid, domingo 11 de marzo de 2001.

[5]. Hebblethwaite, Op. cit., p. 557.

[6]. Miguel Ángel Velasco, Seréis mis testigos. Entrevista con el cardenal Darío Castrillón Hoyos, Barcelona, Plaza & Janés Editores, 2002, p. 29.

[7]. Ibíd., p. 30.

[8]. Édison Marulanda Peña, El cardenal Castrillón. Entre la fe y el poder, Bogotá, Nueva América, 1999.

[9]. La biografía mencionada tiene el ISBN 958-9039-38-3. Es fruto de una investigación que me tomó siete años y se publicó hace diez. En el capítulo 9, «Hablando a tiempo y a destiempo», desde la p. 99 hasta la 102 se encuentra la parte que copia Miguel Ángel Velasco con la anuencia de Darío Castrillón Hoyos, sin autorización de la editorial Nueva América de Bogotá ni del autor. Su libro está dividido en tres partes: I. El cardenal (donde en el subtítulo Nunca fui un obispo rojo, desde la p. 38 hasta la p. 42 está la extensa transcripción, sin respetar el copyright); II. La Iglesia en América, y III. El sacerdocio.

[10]. Velasco, Op. cit., p. 229.

[11]. Umberto Eco y Carlo María Martini, ¿En qué creen los que no creen?, Bogotá, 3ª reimpresión, Temas de Hoy – Planeta, 1999, p. 23.

[12]. Gabriel García Márquez, «El papable», en revista Cambio. Bogotá, N° 305, abril 19-26 de 1999, p. 24.

[13]. Gabriel García Márquez, Obra periodística 3. De Europa y América, Bogotá, Norma, 1997, p. 205.