Muchos, tanto huéspedes como empleados, dicen haber tenido alguna experiencia cercana con el susodicho fantasma; que suele mover objetos, abrir y cerrar puertas, producir quejidos estremecedores durante la noche o, lo que es peor, atormentar a las personas mientras duermen.

 

Por: Elbert Coes

La primera vez que tuve conocimiento de una persona fallecida en un edificio moderno bajo circunstancias atribuidas a actividad paranormal fue por el extraño y viral caso de Elisa Lam en Los Ángeles, California. Para deleite personal lo he denominado Desapariciones misteriosas en habitación cerrada —rótulo que mezcla a dos de mis autores favoritos—. En estos eventos hay un patrón de comportamiento que no resulta evidente en la occisa, y tiene que ver con que, en primer lugar y quizá el más importante de todos, se trata de una mujer de mediana edad; no voy a decir si hermosa y fértil, pero sí con una vida social suficientemente aceptable como para importarle a alguien; para que ese alguien ponga en acción a un detective privado después de que la policía determinó cerrar el caso porque no había nada extravagante en él.

El segundo caso implica a una joven llamada Kenneka Jenkins. No me detendré en este, pues en tiempos de internet es fácil encontrar información en redes sociales como Youtube. El tercero, que es el que nos concierne —puede que se hayan registrado más, pero yo doy cuenta solamente de tres—, tuvo lugar en uno de los edificios más prestigiosos de Pereira, un hotel cinco estrellas cuyo nombre cambiaré a Atlas por razones legales. La chica se llamaba Sara González, tenía veintitrés años y, como en los dos casos anteriores, no era oriunda de la ciudad; sus credenciales constataban que venía de la opulenta y ultrajada Bogotá; es decir, que la difunta no era ninguna chica ingenua, como asumo tampoco lo eran las dos jóvenes estadounidenses.

Sí, también iba sola, y también dejó algunos movimientos registrados en las cámaras de vigilancia del hotel y las cámaras de la calle en cuestión (importante calle, tanto como la de Los Fundadores). El centro de Pereira, pequeño y molesto cuando la gente lo transita, está plagado de videocámaras por todas partes, sin mencionar que me refiero a un pueblo que parece ciudad. O viceversa. De cualquier modo, lo que las cámaras no registraran, cualquier testigo amable notaría con facilidad. No, este no fue el caso. Nadie supo, ni sabía, ni había sabido de la rola, y cuando en El Diario apareció la noticia dos meses después y los datos y la fotografía de la muerta, nadie, por muy común que fueran su nombre y apellido, y su estética medianamente voluptuosa, de alarde en Instagram y Facebook, nadie la reconoció.

Tuvieron que venir sus padres a identificar el cadáver en avanzado estado de descomposición y llevársela a la capital para darle un entierro sin respuestas, indigno. Algo a lo que estamos bastante acostumbrados por aquí. Porque, además, después de cierto tiempo, reabrimos el caso en la conversación cotidiana y le damos un retoque místico, y si no resulta coherente, lo atribuimos a la guerra o al narcotráfico. Ya está. Pero alguien en la familia tenía un sabor muy amargo tras la dolorosa pérdida o era lo suficientemente curioso como para venirse a la ciudad-pueblo (o viceversa), radicarse por el tiempo que fuera necesario y hallar las respuestas que le dieran paz a su malherido corazón.

Ilustración / Moria Aldana.

A continuación se relatan los hechos en orden cronológico: el 15 de marzo del 2016, mientras cenaba con su mejor amiga en algún restaurante de la capital, Sara González mencionó que había conseguido un contrato con la alcaldía de Pereira para reseñar las fiestas de la ciudad que se celebran durante todo el mes de agosto. Le habían dado la buena noticia el día anterior por teléfono y vía correo electrónico. Ese mismo día le contó a sus padres y a su hermano mayor (afectivo), le explicó que como no tenía trabajo, entonces, el contrato de un mes y medio (45 días calendario), le caía bastante bien. Además, Sara acababa de terminar una relación amorosa de dos años después de que su novio, un tal Oscar David, revelara un carácter agresivo y celoso. Por lo cual una distracción fuera de la ciudad, que incluía fiestas (De La Cosecha, nombre que sin explicación argüida entró en desuso), era una excelente oportunidad. El día 3 de abril Sara viajó a Pereira por primera vez en muchos años para firmar el contrato encabezado por el alcalde de Pereira, Juan Pablo Gallo. Estuvo en la ciudad durante dos días, hospedada en un hotel distinto a aquel en donde fue asesinada meses más tarde. Hizo un par de amigos, también contratistas estatales, quienes la llevaron a conocer el centro comercial Arboleda. Cuando regresó a casa estaba feliz.

«Hacía mucho tiempo no se le veía tan radiante —me dijo el padre—. Era una niña de veintitrés a la que la vida le deparaba cosas muy buenas. Era inteligente y divertida. Las personas que se juntaban con ella podían sentir el calor del ser humano especial que era». La madre, en principio reacia, expresó: «Estaba segura de que iba a ser una mujer exitosa. No solo lo decíamos aquí en casa, también lo creían sus amigos, sus profesores. ¿Sabe que se graduó de Los Andes con honores?… Sí, mire usted, habría terminado dando las noticias del medio día en Caracol, no lo dude».

Igual que los jueces, puedo oponerme a mi propia sentencia antes de proferirla y someterla a divagaciones especiales arduamente. Reconozco que el caso de Sara González captó mi atención porque sí, hay que admitirlo, tiene un toque innegable de paranormalidad. La tesis propone que un ente se había ensañado con la joven, aprovechándose de su soledad, y que dicho ente podía bien tratarse de un espíritu vago que deambula el hotel Atlas desde hace más de un siglo. Muchos, tanto huéspedes como empleados, dicen haber tenido alguna experiencia cercana con el susodicho fantasma; que suele mover objetos, abrir y cerrar puertas, producir quejidos estremecedores durante la noche o, lo que es peor, atormentar a las personas mientras duermen. A lo sumo, igual que los de Elisa Lam y Kenneka Jenkins, el caso de Sara González permaneció sin resolver durante varios meses. Con la policía teniendo objetivos sospechosos erráticos y desorientándose por culpa de los medios de comunicación. Siempre hay un primer agente en contaminarlo todo: a alguien se le ocurrió que el hecho tenía connotación paranormal y tanto científicos e investigadores judiciales se dejaron permear, haciendo a un lado la objetividad con que debía estudiarse un crimen, o al menos un acto suicida. No es culpa de su praxis, sino de la escasez de recursos y del desinterés del sector económico (para la época sucedían otros eventos políticos mucho más relevantes y vigentes: el caso Odebrecht, el fin del conflicto armado y el tratado de Paz más trajinado de la historia de la humanidad). Todo el paquete aquí mismo, en una sola nación.

Por fortuna para los teóricos del crimen, al hermano adoptivo de la víctima le importaba muy poco el destino de la política del país, y en cambio sí lo ocupaba plenamente la verdad de lo que le hubiera podido suceder a Sara González. Por supuesto, existían algunas motivaciones de fondo: Sara y Víctor, el hermano, tenían una relación amorosa que se había consolidado pocas semanas después de que ella rompiera con Oscar David. Me perecería más divertido e interesante el asumir que a esa altura ambos hermanos desconocieran su parentesco civil y lo dieran por natural, pero no puedo exigirle tanto a un relato que en sí mismo ya tiene mucho de estrafalario. Víctor González, quien cree que sus padres jamás llegarán a leer esta narración, jura que entre él y Sara revelarían su romance toda vez ella regresara a Bogotá tras haber realizado el trabajo en Pereira. En septiembre de ese año su relación sería oficial. Si no lo fue para muchos, sí lo fue para algunos en particular. No sé hasta qué punto sea relevante esta parte en la muerte de Sara, pero debo decir que ella misma confesó a Oscar David que amaba a su propio hermano. Eso cuando el ex intentó reconquistarla y ella finalmente lo rechazó con un rotundo no. El mismo Víctor confiesa que estando en la universidad recibió insultos de su rival, y que sin embargo la cuestión no pasó a mayores. O al menos eso creyeron él y Sara. Ya tenemos el leitmotiv del vengador. Ahora volvamos a lo que nos concierne en primer lugar: por qué asesinaron a Sara González y quién lo hizo.

Así quedan las evidencias: el 27 de julio de 2011 Sara compró un boleto de avión por la agencia Viva Colombia con destino a Pereira. Ese mismo día, tres horas más tarde, se registró en el hotel Atlas, exactamente a las 16:55, habitación 312. Víctor el hermano le habló esa noche corroborando que ella, hermana y novia, había llegado en buenas condiciones, y que tenía planeado permanecer en el cuarto para descansar ya que al día siguiente debía levantarse temprano a poner en orden ciertas cuestiones relacionadas con el contrato que debía cumplir.

El hotel Atlas conserva, entre otras, las grabaciones de video de dos de los momentos cruciales antes de que Sara González desapareciera: uno en el que ella camina desorientada por un corredor del basamento y otro en el que —he aquí la similitud con Elisa Lam— aborda el ascensor, intenta operarlo y este no funciona. Aquí, y esto es lo que ocasiona el origen de toda teoría conspirativa, es donde se presenta el punto álgido de confusión. Sara, igual que Elisa Lam y Kenneka Jenkins, parece huir de una presencia invisible que la acecha. Primero se la ve haciendo señas con las manos, movimientos torpes e irregulares, conversando con lo que pareciera ser un fantasma, luego entra en el ascensor y presiona los botones con la coordinación meditada de un técnico operario. Incluso se le ve inclinarse para observar con minucia los comando que oprime, después, frustrada intenta mantenerse fuera de la vista del ente que la persigue (la puerta del ascensor no se cierra). Sara, vencida, sale nuevamente al pasillo y ahora vuelve a mover los brazos de forma irregular, lo que a simple vista hace pensar que ya está poseída, o bastante drogada.

Finalmente, la llaga que colmó la morra de los hablantes fue el hecho de que quince días después de que a Sara González la dieran por desaparecida, su cuerpo fuera hallado en un contenedor de agua de lluvia que se usaba para lavar los vehículos aparcados un nivel abajo del basamento, y que este estuviera cerrado desde afuera, máxime porque para llegar allí existía una sola entrada, ubicada por detrás de la cocina del hotel. Hasta cierto punto del análisis policiaco, conociéndose la turbulenta vida amorosa de la difunta, el acto habría sido considerado un suicidio bien elaborado. Propone la teoría policiaca que, estando deprimida, Sara González se sintió sola, bebió esa noche una botella completa de whisky barato, abusó de algún tipo de droga y, tras haber recorrido algunos lugares del hotel Atlas, tomó la humilde y solapada determinación de ahogarse en aquel contenedor (de unos 6 por 6 metros). No obstante, como ya dije, las grabaciones de video dejan entrever que Sara González no se hallaba en sus cinco sentidos, por lo tanto, el homicidio de su propio cuerpo no podía haber sido premeditado.

Dado que, a diferencia de países como Argentina y Estados Unidos, en Colombia no se han perfeccionado las técnicas de recomposición de cadáveres, ni siquiera de rehidratación, sin que ello implique un deterioro considerablemente mayor a aquel en que ya se encuentra el cuerpo tras su descubrimiento tardío (marcas de identidad como tatuajes, lunares y demás rasgos faciales), no hubo modo alguno de determinar si la joven había consumido algún alucinógeno momentos antes de su muerte. Y en cuanto a marcas de violencia no se halló una en todo el cuerpo. Una huella dactilar fue lo que logró rescatar la identificación, sumada por supuesto a la denuncia de su desaparición y a la falta de registro de salida del hotel. El puzle encajaba para la identidad de Sara González, pero no para esclarecer qué le había sucedido.

Tras permanecer once días hospedado en el hotel Atlas, Víctor González acudió a la policía local con dos pruebas sumarias y una teoría propia, pero contundente, del caso, para que se arrestara a un hombre llamado Jaime L. Tobón por el homicidio. La joven Sara había sido asesinada y el hermano estaba convencido de ello. Pero, ¿quién era L. Tobón y porqué habría querido asesinarla? La vida está llena de terribles coincidencias, las mismas que permiten al común de la gente elucubrar sentencias que atribuyen a los desafortunados un destino ineludible. Y antes de exponer aquellas que tienen que ver con este caso en particular, primero enunciaré los hallazgos que hizo el hermano de la difunta.

En primer lugar, descubrió que en las videograbaciones en que aparecía Sara, el presunto victimario se mantenía a su acecho, no como un cazador a su presa sino de un modo pasivo y malicioso. Se trataba de uno de los tres conserjes del hotel. Este constantemente le dirigía miradas y palabras, e incluso en algunas ocasiones se ve que le pone las manos en el hombro a lo que la joven reacciona con un gesto indistintamente molesto. En algún momento, cuando Sara se encuentra sentada en un sillón del vestíbulo, el conserje se le acerca y le ofrece una bebida con amabilidad frugal. Todo encaja cuando en los registros de turno, Víctor González muestra que en la fecha y hora en que Sara parece tener problemas con uno de los ascensores, quien por remplazo tenía el cargo operario del sistema de los vehículos era justamente el mismo L. Tobón. Horario entre las 16 y las 22:00. La cocina del hotel, que daba paso al basamento donde se encontraba instalado el contenedor en el que apareció el cuerpo anegado, tenía una alarma que nunca se activó —otra de las razones que aumentaron el misticismo del caso—, lo que implicaba que esta debía haber sido abierta solamente por alguien con acceso. Sara no pudo haber pasado sola por allí, de lo contrario la misma alarma la habría delatado. Sugiere esta tesis que si bien no hay videograbación que lo demuestre, L. Tobón llevó allí a Sara González, probablemente después de haber socavado su voluntad bajo efecto de alguna droga, la hizo entrar en el contenedor y tras ello lo selló desde afuera, sin siquiera forzarla. El sistema de acceso electrónico registra que esa misma noche el último en hacer uso de su tarjeta fue justamente el conserje en cuestión, si bien la computadora no registra qué puerta o circuito fue activado, sí deja la hora: 23:55.

Quedaban en efecto otras cuestiones para explicar de este caso; no obstante, para fines del relato, en pro de la razón y la lógica, ya todo ha sido desmenuzado. Tampoco es necesario decir si Sara González cumplió los términos de su contrato con la alcaldía de Pereira, si hizo su reseña y cuál, mal o bien, fue el fruto de su capacidad comunicativa. En lugar de ensañarme en tales distracciones, haré uso de un bello recurso propio del ya sugerido Ambrose Bierce. No es mi tarea probar que Jaime L. Tobón y Oscar David, el exnovio resentido de Sara González, se conocían, menos lo es probar tal hecho fortuito como probable o imposible, tampoco hablar de la condena y culpabilidad penal de uno o ambos ni de su grado de participación y su calidad de sujetos punibles en el crimen que aquí concierne. Lo relevante del caso, o mejor dicho, la finalidad que busco, es hacer ver que de místico y paranormal no hay nada en la muerte de Sara González Toro, como tampoco debería haberlo en los casos aislados pero similares de Elisa Lam y Kenneka Jenkins. Aquí, para mis propios prejuicios y perversiones, lo único que me deja enorme curiosidad es el hecho de que Víctor González, con quien hablé varios meses después de resueltos los hechos, siga refiriéndose a Sara González como su hermana y no como su expareja.