¿Y qué cara se le debe poner a la tragedia? ser jugador de fútbol es vivir de cancha en cancha a la par que se vive de aeropuerto en aeropuerto, de avión en avión, de ciudad a ciudad o de país a país. Ser jugador de fútbol es dejar una esposa, una madre, una hermana; es dejar una familia en casa a la espera del que se va y como todo aquel que viaja, no se sabe si volverá.

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Chapecoense o “El Huracán del Oeste” nació en el año 1973, año en que Atlético Nacional ganaba su segundo título de la liga colombiana, 26 años después de ser fundado. Hoy los títulos poco importan. Los colores han perdido su virtud y el gris uniforma no solo a los dos equipos que disputarían la final, sino al mundo futbolero en general.

Las tragedias han sido parte palpable en el deporte; desde asesinatos a jugadores, derrumbes en estadios o accidentes aéreos, todos han manchado la pelota. Han sacado lágrimas que no son producto de un gol o de un penalti errado. Lágrimas que son producto de eso que nos hace recordar que somos seres humanos, tan vulnerables como valientes.

22 periodistas, 22 jugadores, 28 acompañantes y 9 tripulantes se disponían a viajar en un vuelo chárter hacia Medellín, pero una decisión de la autoridad de aviación brasileña impidió esto, haciendo que se realizara el vuelo en un avión comercial. El azar haciendo de las suyas, jugando con los dados de la muerte.

Las lágrimas mojan hoy el césped de los estadios, el dolor de las familias de las personas que murieron en el accidente silencia los cánticos de las barras populares, un adiós dice que el minuto 90, para ellos ha llegado. Sin tiempo de reposición, sin minutos extras, hoy la pelota se ha detenido.

Desde la distancia, solidaridad con toda la Institución Chapecoense.