Fue entonces en ese momento cuando el culillo invadió cada rinconcito de su alma. Sí, de su alma encenizada. Se veía colgado como un espantapájaros sufriendo en medio de aterradoras llamas mientras el padre Agustín gritaba: ¡Ojalá espante tanto cuervo maldito que hay en este pueblo! ¡Hijo de Satanás!.

Texto por: Ángela María Henao Isaza

Ilustraciones por: Britny Morales

Devorador de cenizas

Desde pequeño fue un devorador de cenizas. Me parece verlo corriendo en pañales. Escupiendo la leche que yo le daba porque remilgado siempre fue. Lástima que la leche no podía convertirse en cenizas: se evaporaba. Fue por eso que creció como un rebelde sin causa y con excusa.

El día del bautizo el padre Agustín paró la santa eucaristía y me llevó a la sacristía y me recomendó no ponerle nombre: “¡Es un hijo de Satanás! ¡Un desgraciado sin gracia!”. Susana, la vecina, estaba convencidísima que aquel muchachito no llevaba mi sangre, que era hijo de la hija del cura Agustín.

Famoso como el propio Jesucristo se volvió mi hijo sin nombre. La noche de pentecostés tramaron amarrarlo y colocarlo de espantapájaros en la cosecha de yuca con las manos extendidas y la cara mirando al cielo a ver si de pronto se santificaba. Pero nada de eso se cumplió. El creció solito, tan solito que ni primaria le tocó. ¿Eso para qué? Con que sepa limpiar la mierda de los alcantarillados de esta vereda tiene para comprarse cualquier miserable objeto que le sirva de alimento, porque eso le enseñé siempre: a vivir sólo para y por el alimento, lo demás es añadidura.

Pero tal como lo predijo el padre Agustín era un desgraciado sin gracia. Se enamoró de tremenda mueca que ni a prostituta le alcanzaba el sustantivo. “No se vaya José de Jesús de la purísima sangre del señor. No sea terco ¡Acate!”… y se fue. Tantas ganas tenía él de que le sirvieran las cenizas en forma de bollo, de yuca,de espantapájaros, de silencio, de muerte.

Se fueron a vivir por el portal de la gracia con dos gallinas, una vaca y dos muchachitos, porque apenas llegó el desgraciado sin gracia, la mueca ya llevaba tres meses preñada. ¡Ojalá esos muchachos le hubieran nacido con el vicio! Pero no. Eran tan carnívoros como el propio pecado.

cenizas

 

Una noche de octubre -¡malditas noches de brujas!- llegó él del trabajo. Sus hijos no estaban y la mueca estaba llena de moscas, con la cara blanca y la boca abierta porque se murió rezando el rosario, tratando de santificar todos sus pecados. Él la vio y no lloró. No tenía agua para llorar, sólo cenizas. Fue a buscar los ahorros de la yuca para enterrarla y volarse pero no encontró nada. Claro, los villanos pecadores, carnívoros del mismísimo demonio se lo habían llevado todo y habían dejado una nota. ¡Para eso sí no son analfabetas esos buitres! ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!

Fue entonces, en ese momento, cuando el culillo invadió cada rinconcito de su alma. Sí, de su alma encenizada. Se veía colgado como un espantapájaros sufriendo en medio de aterradoras llamas mientras el padre Agustín gritaba: ¡Ojalá espante tanto cuervo maldito que hay en este pueblo! ¡Hijo de Satanás!.  Tan iluso Agustín: sólo se le ocurría buscarle papá a ese desgraciado sin gracia.

Sacó el candado del baúl del abuelo y se encerró en la tierrita en que vivía, solito, con el cadáver de la mueca. Se alimentó día tras día de todo lo que daba ceniza. Se comió hasta la leña con la que prendía el fogón y se sentaba a platicar con las moscas sobre los catecismos del padre Agustín. Las horas iban pasando a pesar de que el reloj ya andaba bajando a zancadas las tripas de él. Llegó entonces el día en que se reconoció hijo de Satanás. El hambre se volvió su tormento, ya no quedaba nada, solo el cadáver de la mueca. Decidió prenderla para devorárselo a mordidas, pero el fuego que quemó no era fuego del fogón sino el timbre a las puertas del infierno. La mecha se descontroló y el fuego comenzó a delirar, se fue por toda la casa buscando la salida y se llevó por delante todo lo que encontró, sin dejar ni un huequito de respiradero. Le pareció ver un espantapájaros caminando vacilante  por medio de la llamarada, se extinguió y no quedó nada: sólo cenizas.

No murió. Por eso no lloro. A mí no me dan ganas de llorar en ausencia de la muerte. Por ahí debe estar andando, espantando cuervos porque hasta se le olvidó arreglar cañerías; ya nadie lo busca. ¿No lo ves ahí parado al lado tuyo? Bueno, es él. El desgraciado sin gracia. Debe estar buscando la forma de quemar el tiempo y alimentarse de él porque eso sí, ese vicio fue lo único que no dejó.