Experimento con la consciencia

Fueron casi diez minutos de quietud absoluta. Eternos, mientras yo me batía entre si debía o no actuar, sacudirlo e inyectarle la adrenalina. Solamente un potente veneno puede hacer volver a un hombre de las fauces de la muerte. Radioterapia. Quimioterapia. Corticosteroides.

 

Por: Elbert Coes

Fue en 2009 que López puso en funcionamiento su método por primera vez: resolver un crimen a través de su sique. Basado en la tesis de Carl Jung de que parte de la consciencia no tiene límites espaciotemporales, López se propuso idear el más extravagante desdoblamiento del alma para llegar a la verdad. Por supuesto nada de eso, en teoría y práctica, resultaría sencillo. ¡Pero quién detiene a un hombre obstinado que además no entiende de cordura!

En la práctica resultaba todavía más peligroso, ya que requería de herramientas que, si bien eran accesibles y fáciles de obtener, no preciso por ello significaba que fueran correctas. Vamos que el tipo sabía perfectamente qué estaba bien para su cuerpo y qué no, como definida tenía su moral: un hombre, decía, no es nada si no hace lo posible por servir a otros. Para él el máximo valor era la justicia, que significaba redención, y bien que es sabido que por estas tierras muchos necesitamos una gran dosis de ella. López la tenía clara; sí, al menos en sentido retórico.

En su laboratorio tenía mezclas de ácidos, marihuana hidropónica, opio amasado con los pies, drogas de carácter industrial que él mismo purificaba o contaminaba según la necesidad. En su laboratorio, estrecho y desordenado, había humo y mal olor todo el tiempo. Pero uno no podía negar que el hombre estaba gestando algo tan valioso como inadecuado. A mí por momentos aquello no me parecía más que una pantomima para vivir ebrio, en una quimera, lejos de las obligaciones que trae la vida adulta. López era un hombre escurridizo de toda relación interpersonal y solía mentirle a la familia con viajes de trabajo a otras ciudades, solo para no verles ni darles explicaciones de cómo estaba conduciendo su vida. Tenía, en contraste a su mente, una apariencia muy pulcra. Diría que era el típico perfil del sicópata que es hermoso, amable y atento, pero que detrás de la superficie oculta un mar turbulento y pirateado.

Trabajaba como contratista en una de esas oficinas de reparación de víctimas por culpa del conflicto armado. Hacía papeleos, llenaba entrevistas, escuchaba anécdotas de familias que tenían que emigrar de un lugar a otro por culpa de las amenazas y las balas. Esta era la parte que lo motivaba a ser él. A encontrar las respuestas en lo onírico e irracional.

¿Creía en Dios? Lo dudo. López simplemente sabía que el cosmos estaba ahí, en todas partes, y en él estaban todas las cosas, habidas y por haber, y todas las preguntas con sus respectivas respuestas. Cuando el oficio resultaba demasiado sórdido imitaba a Einstein, quieto en el sillón, operando con la mente más allá de la contemplación de los poetas. Sus interrogantes iban desde lo insulso hasta lo complejo. Se preguntaba, alguna vez me preguntó, cómo podrían aparearse una serpiente y un camaleón y qué clase de engendro saldría de ello. En qué densidad el aire deja de flotar sobre sí mismo. Por qué lo misterioso e inaudito permanece escondido. ¿Cuál es la causa de que no se revele?, ¿su falsedad o su demasiada extravagancia?

López meditaba sobre el Majestic 12, acerca de la política de Eisenhower, respecto del complot contra JFK, y pensaba para sí que los masones pereiranos eran una logia todavía más antigua que la civilización egipcia. Reflexionaba sobre tecnología OVNI, de la que creía tenía su origen en la sociedad alemana de Hitler. No asumía la existencia de vida alienígena sino en la cultura del miedo que nos imponían los occidentales para ejercer control sobre los países americanos. Había tecnología muy avanzada, pero esta era creada por el mismísimo hombre. Pensaba también en la vida como un holograma; en ocasiones practicaba la cábala y leía el tarot, era medio judío por momentos y otras veces agnóstico a conveniencia. Su filosofía tenía más de budismo que de cualquier otro tipo de prestidigitación: la mente creaba la realidad y a partir de allí su amor por Carl Jung y el resto de sus invenciones. Tiempo y espacio, decía, son un enorme pastel: pasado, presente y futuro son pequeñas rebanadas de dicho pastel. Y allí, parte del todo, podía penetrar la mente.

Un día entró a la oficina con esa expresión de espanto y dijo:

—¡Lo tengo!

Los otros dos abogados lo miramos temiendo lo peor.

—¿Qué tienes?

—El viaje en el tiempo —respondió con naturalidad—, y ahora mismo ustedes van a ver cómo funciona.

Algo en su expresión me hizo pensar en Gabo, en el último viaje del transatlántico que un mozuelo de la ciudad colonial viera asomarse en la bahía hasta desaparecer con un tropiezo holográfico en el eterno e insondable misterio del tiempo y el espacio. Dos hombres parecidos en mundos distintos, usando también un nuevo vozarrón, el de quien recientemente sufre una transfiguración hacia la iluminación de todas las cosas.

—Vengan conmigo a la estación de policía y se los mostraré, incrédulos.

¿Era acaso la forma anticipada de sentencia de aquel hombre colonial? Una especie de espíritu transmigrado del cuento a la realidad, el Charlie Mears de Kipling recobrando sus vidas pasadas de un modo subversivo pero inconsciente; quizá el Pierre Bon-Bon de Poe, gran restaurateur cuya virtud y debilidad estaba puesta en su estómago. López era todos los hombres en un hombre. Su exceso de fe me había afectado al punto en que veía sus miles de capas, desde la más densa hasta la más leve.

Fuimos a la estación de policía. Allí hay mucha gente elegante en pequeños cubículos, tecnología de punta, tacones y faldas ajustados a la figura femenina, lideresas del rescate y el servicio a la comunidad. Aquí, cuenta una de ellas, hace apenas una hora, cuando recibía su turno, sin siquiera haber ocupado el sillón, tomó una llamada de emergencia. La mirada de López se hizo cómplice de sus pensamientos más enfermos. Dudo que lo supiera de antemano. Ciento doce, cuenta la oficial, fue el modo en que respondió a una voz asustada al otro lado del teléfono. Una voz femenina y quebrada. La oficial había tomado un bolígrafo para apuntar todos los detalles que percibiera, esas sutilezas subjetivas que no dejan evidencia de tipo alguno. Oyó ruido, interferencia. Se esforzó por no dejar escapar esa voz de niña asustada. ¿En qué puedo ayudarle, señorita? ¿Se encuentra usted bien? Necesito que se calme, respire profundo y me diga en dónde se encuentra para enviarle una patrulla. Sin embargo, digámoslo de este modo, su interlocutora no hablaba con ella; había accionado la llamada y tal vez era tarde para pedir ayuda. Le hablaba a alguien que estaba allá, al lado suyo, amenazándola. Se oyó el quejido de la mujer, su voz diciendo: ¡Por favor, no me mates! ¿Por qué me trajiste aquí? ¡Por favor no lo hagas, por lo que más quieras, por nuestros hijos! ¡Por favor! La voz se apagó, la comunicación se cayó, aun así la bonita oficial había insistido hablándole al aparato como si este fuera a darle respuestas. De inmediato accionó los mecanismos policiacos: ¡Atención a todas las unidades! Recibimos una llamada de emergencia desde un teléfono celular prepago. Estamos haciendo lo posible por identificar al propietario. Desplieguen búsqueda en las zonas aledañas de la ciudad, caminos y veredas. Eran solo precauciones, puesto que en realidad no había un dato real. Por la intensidad de lo que escuché en la grabación, la presunta víctima no duraría los siguiente diez minutos.

Aquí es cuando entra López nuevamente.

Al fin comprendí por qué mi colega era tan excepcional. Es decir, por qué actuaba como un niño crédulo a toda hora. Esa tarde nos dimos cuenta de que la policía tiene unidades de operación alternativas para casos descontrolados, urgencias de alto mando, equipos de etcéteras que entran en acción llegado el momento. En este caso, Unidad de Oficiales Síquicos. Y López venía entrenándose un tiempo con ellos.

Los encargados eran una mujer madura y voluptuosa de cara cuadrada y mejillas hendidas y un gordo rapado, ambos blancos y demasiado callados para mi gusto. López los convenció de que él debía realizar esta sesión, pues sus argumentos ad absurdum —tratándose de un sujeto de leyes— indicaban que era el indicado; según él, la misma visión lo había llamado. Una epifanía. Los mismos motivos usó para que fuéramos a su apartamento a tres calles de allí; un lugar acogedor y lleno de lujos inútiles, salvo por el hediondo laboratorio humeante.

—Necesito un objeto de la muchacha —dijo López antes de que saliéramos de la estación de policías.

—Ni siquiera sabemos quién es —dijo la agente caricuadrada.

Nos detuvimos ante el ascensor, reflexivos.

—¿Podría ser útil la grabación de la voz? —preguntó el hombre calvo. Y sin esperar que mediara afirmación fue a las oficinas y en menos de diez minutos regresó mostrando una memoria USB—. Aquí está.

—Servirá —dijo López.

Por supuesto, pensé yo, sería mucho más fácil con una prenda íntima: un sostén, una falda sucia, una tanga recién usada. Mi otro colega, Santamaría, pareció leer mis pensamientos.

—Iré a la oficina —dijo—. Tengo un memorial que terminar.

López sonrió ante aquel escepticismo. Él mismo no comprende qué tenían en común, cómo habían terminado siendo compañeros de litigio durante tres años.

—¡Vete al carajo! —murmuró.

Caminamos diez minutos calle abajo hasta llegar al apartamento. Subimos las escaleras hasta el tercer piso. Cuando entramos a la sala, el policía calvo preguntó:

—¿Esto va a tardar?

—¿Cuánto tarda usted? —replicó López.

—Depende. Pero por lo general tengo una idea antes de empezar. También depende del número de personas que estén presentes —dijo el policía y miró a su compañera de cara vetusta y alzada—. ¿No es así, oficial?

Ella extendió los labios sin sonreír.

—Ustedes esperan en la sala —dijo López quitándose el blazer—. Mi colega y yo estaremos adentro.

—Es algo celoso con sus cosas —dije, validando su actitud obstinada.

El policía calvo se movió hasta tomar asiento en uno de los sillones. Tras cerrar la puerta del estudio, sin volverse a verme, López murmuró:

—Ya creen que los voy a dejar entrar aquí para que luego me acusen.

—Esto es una mierda, López —dije—. Se va a convertir usted en una mierda, un excremento de mierda. Tal como ellos. Mírelos, se ven tan puercos.

—Lo sé. Y si hago esto, serán más conscientes que nunca de que en realidad son basura. Todos somos basura, pero algunos nos reciclamos constantemente.

Solté una carcajada mientras observaba el desorden. Mesas alineadas, probetas quemadas, vasijas rotas, paredes salpicadas de todo tipo de sustancia musgosa.

—Siéntese allí, Córdoba, en la butaca —indicó una banca al lado de una mesita baja sobre la cual había una vasija, dos frascos de solución desconocida y varias jeringas—. Es adrenalina —dijo—. Si me quedo en el viaje, usted tendrá que inyectarme.

—No entiendo.

—Digamos que estaré muerto por un tiempo, pero volveré por mi cuenta; así tiene que funcionar. Pero si no vuelvo…

Torció la boca de labios anchos y rojos.

—¿Cómo voy a saber si vuelve o no? Puede que me adelante o me retrase.

—Le daré señales. No deje de mirarme, es todo lo que debe hacer.

López llenó una vasija con agua del frigorífico y la cargó hasta la mesita, justo frente a mí. Regresó al hornillo, donde depositó una olla pequeña. A esta le agregó polvos, líquidos y hierbas. Cuando estuvo a fuego, sujetándola con una toalla mezcló el líquido caliente en el agua de la vasija que estaba delante de mí. Luego se arrodilló tras remangarse la camisa. Abrazó la mesa por los extremos, rodeándole todo el cuerpo. curvó el torso como un anfibio. Cerró los ojos. Respiró hondo. Sin decir una palabra más hundió la cabeza en el agua.

Corrí hasta la puerta del estudio y, asomándome  a la sala, dije a los policías:

—Oigan, si esto funciona, no vayan a creer que él lo planeó. Lo conozco hace siete años y siempre ha estado mal de la cabeza. Usted, apague ese cigarrillo. No debe fumar aquí, menos en una sesión.

—Todos estamos locos —dijo el hombre calvo arrojando el cigarrillo a través del balcón.

—Somos policías— dijo la mujer.

Cerré la puerta y volví al estudio. López había vuelto a sacar la cabeza de la vasija. El agua le escurría por el cabello y el cuello.

—¿Todo en orden?

—Sí.

—Tendrá que hablarme para no perder de vista este plano.

—¿Qué quiere decir?… ¿Qué quiere que diga?

—Reproduzca la grabación. Debo escuchar la voz de la mujer para rastrearla en el tiempo.

Volví a la sala corriendo y le pedí la memoria USB al policía. De vuelta la instalé en la computadora portátil. Las voces de la llamada de emergencia se repitieron menos vívidas que la primera vez. Mientras, López parecía preparar un ritual chamán.

—¿Qué piensa de ella, Córdoba?

—¿Que qué pienso? ¡Ni siquiera sé quién es!

—Inténtelo.

—¡Mierda, López! Usted me dijo que solamente mirara, y ahora tampoco quiero estar aquí.

—Solo es un salto de consciencia —insistió—. Morir sin morir realmente. Por eso usted está aquí, con la inyección lista en caso de que me dé un paro cardiaco. Cuando uno muere vuelve al infinito. El corazón es el aviso, ya sabe. Todo está tan bien hecho. Cuando uno muere se detiene el tiempo; es decir, desaparece la ilusión del tiempo. Y el espacio es un mismo lugar, un punto en todas partes. Todos los puntos en el mismo lugar. Como el péndulo. Lo aprendí en los sueños, cuando soy más liviano y no tengo que cargar el peso de mi cuerpo y mis fluidos. Para cuando abra los ojos, Córdoba, estaré… habré estado en todas partes a la vez. Y mi ropa, y ese bolígrafo, y esa inyección y esa computadora, y la voz de la mujer que iré a buscar mantendrán el norte de mi consciencia. Tal vez la vea desde el instante antes de que se haya de proporcionar al giro que va a dar rienda suelta a su destino fatal.

—Comprendo— dije. En realidad no.

López lo sabía y aun así prosiguió. Este era el modo en que las cosas cobraban sentido para él.

—Hay un momento crucial en el espacio-tiempo, el paso, el movimiento que da rienda suelta a un destino. El punto álgido sin retorno. Es allí a donde voy, justo antes de ese instante. Es el único modo en que, esperanzados, podamos hallarla con vida.

—¿Y si ya está muerta?

—Mientras no abramos la caja, el gato seguirá vivo.

—Comprendo.

—Y si no logro aquel instante, la policía y la realidad tendrán que dar un salto hacia el pasado.

—¿Cómo es eso posible?

—Con fe.

—¡Asombroso!

En realidad quise decir confuso, que en realidad quería decir imposible. Mi colega no habló más y se concentró en el ejercicio de la respiración. Metió la cabeza entera en la vasija y allí la dejó hasta que su cuerpo se sacudió con violencia. Los brazos extendidos y tensos alrededor del cuerpo de la mesita, las manos aferradas al borde. Venas y tendones brotados de sus antebrazos hasta el momento eran la única indicación de que López ponía resistencia a dejar de existir; por lo tanto yo no debía mover un dedo. Sin duda él seguía allí, no sé si en cuerpo y en el presente.

Fueron casi diez minutos de quietud absoluta. Eternos, mientras yo me batía entre si debía o no actuar, sacudirlo e inyectarle la adrenalina. Solamente un potente veneno puede hacer volver a un hombre de las fauces de la muerte. Radioterapia. Quimioterapia. Corticosteroides. Las manos aferradas aflojaban por momentos, como una esperanza tenue, las arterias de su cuello lucían igual que una malla tensada. Y al fin López sacó la cabeza de la vasija. Estaba pálido y desorbitado. Alzó la vista con los ojos bien abiertos y se desplomó. Convulsionó un rato gimoteando y balbuceando improperios inentendibles en esta realidad. Luego, como un monte de hielo, se incorporó con una sonrisa abierta, la nariz y los oídos sangrando.

—¡Puta madre! —gruñó ahogándose, como una bombilla que se funde y refunde.

—Usted está mal de la cabeza —dije. Y escuché que llamaban a la puerta del estudio. Me levanté y abrí. Delante estaba el policía gordo y calvo, ansioso.

—¿Qué sucede allí adentro? —preguntó.

—Ya casi está listo —respondí—. Dele unos minutos.

—Llevan ahí más de una hora, me estoy impacientando. La muerte no espera tanto. Dígale que deje de jugar.

—Ya tenemos la identidad de la víctima —dijo la mujer—. Sabemos que está con el marido, pero aun no localizamos el punto de origen de la llamada.

Asentí y regresé con López tras cerrar la puerta. Él, como un anfibio, caía cansino sobre la mesita, con la cara lánguida y los ojos pasmados. Como en el rigor mortis.

—Está viva, Córdoba. Y sé en dónde está.

Lo contemplé como si se tratase de un ser mitológico.

—Se los diré —dije y fui con los policías. Les dije—: Está viva. Está listo para llevarlos al lugar.

Regresé con López, que se secaba el rostro después de limpiarse la sangre. Se cambió la camisa por otra sucia pero sin manchas y salimos de allí en la patrulla, directo a las afueras de la ciudad, hacia el oeste.

—Es joven— dijo López en el camino, contemplativo del paisaje, aun torpe del gran gasto de energía que había hecho—. Tiene apenas veintitantos y dos hijos. Su marido, con quien lleva una relación desde hace seis años, está deprimido. Se casaron hace poco tiempo, pero la vida económica los puso contra la pared. Están llenos de deudas y la oficina de protección a la familia les quitó los dos hijos. No parecen malos padres; sin embargo, son demasiado jóvenes y carecen del sentido de responsabilidad. Meses después de que les quitaran a los niños la pareja intentó reponerse. Se siguen viendo. Él tomó la iniciativa, quiere recuperar a sus hijos y ha hecho todo lo posible por que así sea. Pero hay truco. Tiene un nuevo trabajo y con él hizo asegurar a toda la familia. Ahora que ellos dos están juntos, él sigue deprimido: es por culpa del dinero que no alcanza para nada. Hay truco: él sabe que si ella muere, tendrá una pensión de sobreviviente. Creo que quiere cuidar a los niños, lo vi hablando con ellos en el futuro.

—¿Qué hizo usted? —le pregunté.

Me miró de soslayo, cansado, y dijo:

—Le dije que la iba a matar y que él se pudriría en la cárcel.

—¿Y qué paso?

—Nada. Solo la vi tendida allí a donde nos dirigimos.

Era una playa de piedras bordeada por un riachuelo verde y transparente. Había un automóvil aparcado, platos de comida a la orilla, la mujer vestida en ropas cortas, estirada soleándose, los niños jugando con las piedras y la arena, sonrientes.

—Señorita Jaramillo, ¿está usted bien? —preguntó el policía calvo y gordo.

Ella lo miró sorprendida, con un rostro vivo y rosado.

—¿Conoce usted al señor Edgar Jaramillo?

—Es mi esposo.

—¿Sabe en dónde puedo encontrarlo? Necesitamos hablar con él.

La mujer nos miró a todos con la displicencia del sabelotodo al analfabeta.

—Mi esposo se suicidó hace seis meses.

López asintió y volvió al camino sin proferir palabra. Nosotros le seguimos tras disculparnos con la mujer.

No pretendo alarmar a nadie, pero al día siguiente en la oficina nuestro colega Santamaría no estaba en su bonito escritorio de cedro. Sus cosas no estaban; era como si no hubiese trabajado con nosotros en todos esos años, y en cambio, en su lugar se hallaba otra abogada, la chica a quien yo había cortejado (sin conseguir su atención) durante toda la época universitaria.

—¿Por qué me miran con esa expresión?— nos preguntó sorprendida—. Parece que no me hubieran visto en años.