En estos tiempos, cuando el lector puede perderse en un mar de información, el librero ha vuelto a ser valorado como el cómplice y guía del comprador de libros que quiere encontrar el grano entre la paja. Homenaje a los libreros de hoy y de mañana.

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Por: Darío Rodríguez*/Razón Pública

Libros, muchos libros. Los que deben leerse y forman enormes pilas sobre mesas de noche o en bibliotecas personales. También los que se van configurando los lectores de hoy dentro de sus cabezas: artículos periodísticos, análisis, opiniones escritas, cómics, fotografías acompañadas por palabras, vídeos subtitulados, series televisivas que recuerdan al folletín y a la novela del siglo XIX. Superficies dispuestas a ser descifradas, interpretadas, discutidas, desde la aparente quietud de los párrafos impresos hasta el imparable frenesí del audiovisual.

Por el mismo rumbo caminan los lectores que producen estas experiencias de lectura: eruditos, entusiastas, acuciosos estudiantes, seguidores incondicionales de ciertos autores. La inmensa oferta de materiales dispuestos a ser leídos (así como su creciente demanda) ha llegado a provocar el nacimiento de una generación para la cual no es extraño asumir con igual calidez un libro ilustrado, un dibujo animado o una teleserie.

Quizás lo que esté cambiando no sean los lectores sino los modos de leer. El escritor y pensador francés Roland Barthes en cierto modo lo había profetizado desde los ensayos de El placer del texto (1973): el concepto de ‘libro’ tiene implicaciones mucho más amplias y hospitalarias que la concepción convencional de hojas de papel agrupadas y selladas por un lomo y dos carátulas.

Al tiempo que se expanden las posibilidades de lectura y la manera como se asume el propio acto lector, estadísticas de entidades como la Cámara Colombiana del Libro siguen entregando cifras casi apocalípticas sobre libros leídos al año por el colombiano del promedio: de uno a uno y medio.

Pero estas valoraciones contemplan solo la lectura completa de libros físicos. Son principalmente visiones tradicionales permeadas por canónicos patrones escolares (se es lector si se leen libros compuestos por hojas de papel), que desconocen los notables avances en la constitución de un lector con múltiples facetas, más acorde con las épocas que corren, cuyas búsquedas pasan por lo auditivo y por la imagen como complemento de las pesquisas sobre las palabras y el alfabeto.

Observar las oleadas de visitantes de las distintas ferias del libro que se organizan en Colombia, y en especial a la Feria Internacional de Bogotá, que este año superó con creces sus propias expectativas en cuanto a público, invita a repensar con cuidado ese dictamen según el cual en este país se lee poco o no se lee, porque quizás lo que esté cambiando no sean los lectores sino los modos de leer.

Los que leen tienen ahora a su disposición muchas más opciones que en épocas pasadas, cuando las listas de libros y de productos culturales se encontraban bajo la sombra de los censores que decidían desde la sapiencia concedida por su autoridad qué debía leerse y qué no.

Al ir transformándose los modos de leer, proliferan no solo los formatos propicios a la actividad lectora (tabletas, teléfonos, computadores personales) sino los textos y creaciones del más diverso calibre.

La publicación de libros físicos y digitales se ha multiplicado de manera asombrosa. Estudios sopesados, como los que presenta el mexicano Gabriel Zaid en Los demasiados libros (crecimiento de editoriales pequeñas, fortalecimiento de los gigantes editoriales y sus evidentes paralelos con la expansión de internet) tratan de dar cuenta de los sucesos del presente: estamos rodeados por un océano descomunal de propuestas cinematográficas, musicales, literarias, que esperan nuestra atención y nuestro dinero.

 

Librería Arteletra en Bogotá Foto: Marco Ruiz

Librería Arteletra en Bogotá
Foto: Marco Ruiz

El papel del librero

Responder a situaciones como esta es difícil. No se sabe con exactitud qué ver, a qué acercarse, o qué leer sin sucumbir a las trampas naturales del devenir económico (por ejemplo, creer a pie juntillas en el desborde publicitario que vende los libros de la trilogía Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James, como “sensacional” u “obra maestra”). Tanto se exhibe, en tantas vitrinas, que el lector acaba por volverse un mero consumidor de novedades efímeras, y por abandonar su criterio, hijo legítimo del espíritu crítico.

Hoy por hoy, en medio de esta avalancha, pueden confiarse las tareas de selección y orientación a personas muy específicas, vinculadas de manera comprometida con el mundo del libro y demás objetos de lectura: los críticos literarios, los bibliotecarios y los libreros.

Las labores de estos trabajadores de la cultura pueden ser equiparadas a las de un buzo más que a las de un pescador. Entienden la importancia de moverse entre las profundidades  en ese turbulento océano que no distingue entre mercancía y arte. A ellos se recurre por su visión de conjunto, por su conocimiento preciso del contexto donde surge y se difunde lo que habrá de leerse.

El buzo siempre subrayará la importancia de escritores como Robert Walser o Rodrigo Rey Rosa sobre otros quizás más publicitados. Pese a las preferencias de las mayorías, las alusiones o consejos de estos expertos en buceo son siempre confiables.

Los libreros son, sobre todo, quienes logran nexos más estrechos con sus lectores. Bibliotecarios, profesores y críticos establecen una relación de mediadores. Los libreros, por hábito, por estrategia o por pura pasión, sobrepasan la función mediadora y se van volviendo cómplices y amigos del lector.

Los lazos se refuerzan no por mérito de la transacción comercial sino por la honestidad y lealtad que supone brindar libros cuya característica es también ser inversiones. Y no tan solo económicas.

Garantes de hallar el libro que se adecúa a un lector con personalidad y nombre propios, los regentes de librerías comprenden el deber que subyace a su oficio: conocer bien, entender y acompañar a los lectores, enterados o no, neófitos o expertos.

 

Stand en la Feria del Libro de Bogotá en el año 2014. Foto: Juan Carlos Pachón

Stand en la Feria del Libro de Bogotá en el año 2014.
Foto: Juan Carlos Pachón

Libreros ejemplares

Por todo esto no es raro el gesto de Álvaro Castillo Granada al confiar el cuidado de su primera edición de Cien años de soledad a la Biblioteca Nacional. Librero de San Librario, Castillo es célebre entre los lectores colombianos por realizar su trabajo con una férrea convicción y por poseer auténticos tesoros bibliográficos.

Como se sabe, el invaluable primer ejemplar de la novela emblemática de Gabriel García Márquez fue robado durante la más reciente Feria del Libro de Bogotá. Seis días después del delito el libro volvió a las manos de Castillo, quien lo entregó a la Biblioteca Nacional aduciendo algo que puede salir tan solo de la boca de un librero: “el libro es de todos los colombianos”.

Su amor al libro pasa por compartir ese afecto. El librero está, así, dando un golpe poético maestro, enalteciendo su profesión y dándole la razón a Rainer Maria Rilke, quien dijo que la única poesía verdadera es la que se comparte.

Son los libreros quienes tienen en sus manos la supervivencia del libro de papel en este siglo. De los buenos libros de papel, se entiende. Y en consonancia con sus pares, los bibliotecarios y los críticos.

El reto para todos ellos es más alto: deben garantizar que se mantengan las iniciativas lectoras no exclusivamente de libros, llevar al lector a romper sus propios paradigmas y convencerlo de que el universo de la lectura pasa también por otros campos y áreas. Son, sin querer, pedagogos. Con su ejemplo y su gallardía mantienen vivas las librerías donde ejercen ese singular magisterio libresco.

Sin duda, los lugares donde se comercian, se tranzan y se celebran los libros tendrán que irse transformando, por una parte en centros culturales donde las actividades artísticas y humanísticas palpiten sin descanso, y por otro, en centros de conspiración y de resistencia al desaforado imperativo del consumo exacerbado.

Por eso conviene recordar a la librería más extraña de Colombia. Se llama Mutus Liber (como esos libros medievales sin palabras, constituidos únicamente por ilustraciones) y su local comercial es el mismo librero, un muchacho boyacense de veinticuatro años llamado José Antonio Cely, quien lleva los libros consigo para donde va, de Cartagena a Bogotá o de la capital a Manizales.

No es del todo una venta ambulante de libros porque Cely no “entrega” (como él mismo lo dice) los libros en puestos callejeros fijos. Después de tres años en el oficio de comerciar con material bibliográfico Mutus Liber (o José Antonio Cely) ha desarrollado una suerte de nomadismo, de circuito móvil para hacer que los libros busquen a sus lectores.

Desde el  amanecer el joven librero (además estudiante de Filosofía) se trepa a los buses de transporte intermunicipal y lanza una breve defensa oral del arte de leer antes de invitar a que los pasajeros le compren volúmenes de diversa clase (soporíferos manuales de autoayuda, textos de psicología en los cuales se desmenuza la naturaleza del hombre infiel, un poemario del “Tuerto” López o novelas de Doris Lessing).

A diferencia de otros libreros mercenarios que andan tras las copias piratas del libro de moda, y a veces ni siquiera saben qué es lo que están vendiendo, Cely lee de tapa a tapa todo lo que vende dentro de los autobuses. Adaptó el sentido de “Libro Mudo” (Mutus Liber) y dice: “Los libros permanecen mudos, hasta que la gente empieza a abrirlos, a leerlos, ahí comienzan a hablar y ya no son mudos”.

El exigente ejercicio que está desempeñando (propiciar que los libros lleguen las personas y no al contrario) hace de José Antonio Cely una manifestación real de lo que serán los libreros en el porvenir: hombres y mujeres como libros vivos que van a buscar a nuevos y más complejos lectores.
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