Para celebrar los veinticinco años de la primera publicación de Los hijos del agua, de Susana Henao Montoya, después de obtener el Premio de Novela del Gran Caldas.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha

 

De la novela como revelación

Desde su oficio como narrador, el maestro Burgos Cantor escribió en Señas particulares unas valiosas líneas de las que el aprendiz de escritor puede colegir la materialidad oportuna para cuando tiene una historia que no lo abandona: “En el cuento hay que saber atrapar la aparición. En la novela hay que provocarla”.

Esa provocación puede leerse como invocación, reto, confrontación a los dioses, como los entiende Juan Gabriel Vásquez: “Lo que eran los dioses o el destino para los griegos, para mí es la historia: la gigantesca e inefable maquinaria de hechos, causalidades y casualidades, conspiraciones y accidentes, voluntades y oscuros azares que dan forma a nuestras vidas, las limitan y las impulsan, y nos resultan incomprensibles, impredecibles e incontrolables”.

Dicho desafío a las divinidades erige al autor en otro pequeño dios que sueña la vida de sus próximos y así replantea el mundo vivido sumándole uno posible, en el que sus habitantes asumen las riendas de su destino: son los personajes que se rebelan ante un rol plano y asumen la esfericidad como oportunidad de ser. Lo que también significa para el autor convertirse en escenógrafo, luminotécnico, sonidista, dramaturgo y maquillista.

Bien sea el novelista un retador de los dioses, dios retado o director de fotografía, lo cierto es que tiene una responsabilidad muy grande con ese mundo creado. El mismo Burgos Cantor, líneas antes, describe una actitud inherente al oficio: “Escribir novelas constituye un peregrinaje de los de antes, a pie, y preguntando el camino”. Es decir, no habrá novela sin esfuerzo, sin búsqueda, sin preguntas. No basta la curiosidad ni la creatividad, se trata de una entrega integral.

De un aniversario plateado

 

He vuelto sobre esta definición, desde hace años perseguida, para celebrar los veinticinco años de la primera publicación de Los hijos del agua, de Susana Henao Montoya, después de obtener el Premio de Novela del Gran Caldas.

Se trata de la búsqueda espiritual de Tatí, un joven muisca, que en la ceremonia religiosa con la que asumía su rol dentro de la comunidad, en lugar de escoger los armas del güecha, el estatus querido por los demás para él, toma las del zachua, lo realmente dictado por su dios interior. Es decir, mientras que el círculo familiar le endilgaba la tarea de convertirse en guerrero, su yo más profundo le mostraba su realización en ese punto intermedio entre la fe y la razón, el brujo-médico.

Aceptar los dictados del corazón no será posible sin escuchar esa materialidad del amor que representan los amigos y la pareja elegida para compartir la vida, así que ahí tenemos a Tatí, perdiendo y recobrando amores y amigos cuando es obligado a ausentarse de su clan para purificarse y poder unirse a la mujer que ama. Aparece entonces una tercera materialidad: el maestro y con él, la resignificación de la existencia, del lugar a ocupar en el mundo.

Para motivar y acompañar la relectura sobre esta obra que bien habla de la salud de nuestras letras, pues con el paso del tiempo su vigencia permanece, propongo profundizar los tres modos de asumir las revelaciones que la novela contiene y que he esbozado en el primer apartado.

 

La dirección de Susana

 

El libro, ese dispositivo al que Borges le endilgaba la tarea de extender la memoria, propone al lector, más que un refuerzo nemotécnico de eventos a los que ha asistido, la incorporación de recuerdos ajenos. Si el lector no acepta el contrato de ficción histórica, no podrá acceder a la visión, a la contemplación de las constelaciones recuperadas por la autora.

Para acceder a dicho convenio, es mejor leer primeros las últimas páginas para así adquirir un bagaje mínimo sobre el territorio, los dioses, los personajes y los instrumentos de la vida cotidiana en el prehispánico imperio de Gantina Masca, lo que hoy conocemos como el altiplano cundiboyacense. La investigación bibliográfica a la que se aplicó Susana para construir esta novela histórica es asumida y contada de forma que habitamos Guatavita y no sólo pasamos por ella como turistas. El mundo alternativo propuesto da cuenta de las relaciones de poder, de las creencias religiosas, de la alimentación; no desde la descripción alejada del que conoce por lecturas, sino desde quien la vive, la experimenta, una imaginación que acaricia realidades. Si el hallazgo arqueológico nos sorprende en la visita al museo, con la lectura de la novela es nuestra empatía con el personaje la que nos lleva a sembrarlo:

 

Dos días más tarde, antes de enfrentarse al trabajo de la huerta y la sementera, Xiety fue sola a cada lindero de la parcela y, en todos, enterró ranitas negras de madera. Eran una ofrenda para Chaquén, el dios de los agricultores, dios humilde que no exigía ni oro ni guacatas y se conformaba con chuzos de madera o de algodón o de barro y con palabras simples, con oraciones sencillas que hablaran de los frutos de la tierra y de los cuidados y el amor que exige a cambio.

 

Retadores de dioses

 

Uno de los aportes más socorridos por los lectores de Los hijos del agua es la forma de asimilar el mundo indígena no contándolo con un lenguaje paternalista en el que las pasiones y envidias fueran pormenorizadas. Su autora no recurre ni a la idealización ni a la victimización como estrategias para sostener el ánimo del lector. La estructura opresiva, la ambición de poder que destruye el propio tejido social son desenmascarados, cuestionados por Tatí, desde el propio sistema simbólico. Pienso, por ejemplo, en el momento en que Suazagascachía teme el castigo por amar a un hombre, Tatí, que al ser del mismo clan es casi hermano.

En la consciencia de las relaciones que desafía reafirma la voluntad de transgresión, la disposición para recomponer, el castigo no limita porque la realización del amor no conoce fronteras:

 

Si temo algo -dijo ella, poniéndose una mano en el corazón para que las palabras no se le metieran allí después de dichas-, temo que no pueda engendrar un hijo, que tu semilla no fructifique en mí cuando estemos casados y que tú me repudies, como repudió Mongatá a su estéril esposa Mayavita.

El canto de los pájaros se entrometía grosero en el silencio instalado entre los dos, y sólo mucho rato después Tatí la interrogó.

– ¿Te irías de aquí y derramarías tu sangre, como lo hizo ella al sentirse rechazada?

– Sí –dijo Suazagascachía con convicción–. Y si fuera el deseo de los dioses y si mi dolor creciera tanto que mereciera ser visto por todos, y si mi sangre y las fuerzas me alcanzaran, pintaría otras hojas para que se hicieran pájaros más bellos que las guacamayas que brotaron de la pena y la sangre de Mayavita.

 

Susana Henao ha sido Sutakone, la escritura de ficción ha sido una forma del oficio de zachua. Fotografía / Cortesía

Susana revelada en Sutakone

 

Si bien la narración en tercera persona nos hace pensar en el dios autosuficiente que asfixia a los personajes, el final de Los hijos del agua nos demuestra el respeto de la autora por los muiscas imaginados: los traidores han asumido el control, la mujer amada ya es ajena, el lazo familiar ha sido tensionado tantas veces que falta poco para romperse del todo y la mujer aceptada a regañadientes termina por ser la compañera ideal. Sin concesiones, como la vida misma.

Susana ha sido Sutakone, la escritura de ficción ha sido una forma del oficio de zachua. El viaje de Tatí es nuestra propia peregrinación y su respuesta es la que apretamos contra el pecho cuando cerramos el libro.

El panorama desolador del epílogo en el que en dos apretadas páginas se da cuenta de la extinción del pueblo Gantina Masca, se parece a nuestro actual resumen de noticias encabezado por la enfermedad, las masacres. Los pueblos originarios, de los que descendemos, continúan diezmándose por la ambición que no respeta el páramo ni la selva. “Olvídate de mí. Estamos solos a pesar de los amigos o los maestros. Olvídame, porque aquí moriré tranquilo”, parece repetirnos Sutakone el maestro de Tatí. Pero frente a esa desgarradora despedida experimentada cuando alguien que tuteló nuestros aprendizajes se marcha, nos quedan hijos y aprendices, ellos, como lo experimentó Tatí, reclaman nuestra audacia y nuestra sabiduría:

 

Oyó la risa nueva de Erimiri, le vio los ojos brillantes de curiosidad, lo sintió rebuscar en el rastrojo, abrir una senda para su cuerpo menudo, y canceló el resentimiento.

 

Y canceló el resentimiento… No hay senda nueva si se corroen las entrañas. Difícil advertir la presencia de tumores si persiste el desconocimiento de lo que somos. Los últimos renglones que hablan de Tatí dicen que él: “volvió a cantar la sabiduría del zachua, porque sólo él había podido traerle, llena de sobresaltos pero intacta, el alma hasta ese día”. Veinticinco años después, vale la pena cantar la sabiduría de Susana, que nos devuelve en sus novelas, rostros para recomponer el nuestro.

@JaiberLadino