A medio andar entre el drama y la opereta, esta crónica y análisis de los hechos, reacciones, suspicacias, desenlaces e implicaciones tal vez menos visibles pero más decisivas de los “secuestros” o las “retenciones” del general y sus acompañantes.

Por: Andrés Dávila L.* / Razón Pública

Reunión en casa de Nariño de Santos con los negociadores en la Habana

Sucesos en cadena

Cuando el gobierno se preparaba para dar buenas nuevas sobre los diálogos de La Habana, la agenda de la paz se vio alterada radicalmente por los secuestros-retenciones (para darle gusto a todos los extremos, incluido el extremo centro) de dos soldados en Arauca, y un general, una abogada y un cabo en el Chocó.

Lo de los soldados sucedió en uno de esos puentes cuando los noticieros y la prensa agotan hasta las noticias que salen de las cámaras del Bronx bogotano. Lo del general, por su parte, fue informado por el “Hollman Morris” del Centro Democrático, quien entre sus gajes como ex presidente tiene un GPS que le informa sobre muchas coordenadas.

Las reacciones no se hicieron esperar y los hechos se desataron en cascada: cuando el gobierno por fin leyó los tuits del senador mencionado, respondió con otros tuits para dar órdenes por la vía segura y confidencial de las redes sociales.

Los tuits desde Palacio incluían un regaño al general y al ministro de Defensa, que hizo evocar la embejucada del presidente Barco cuando unos soldados se montaron en una flota en zona roja y, como podría suponerse, fueron emboscados con facilidad por la guerrilla.

Pero después se volvió a los medios tradicionales: reunión del alto mando con el presidente y el ministro de Defensa y la decisión draconiana de suspender las negociaciones hasta que las FARC liberaran a los cinco secuestrados-retenidos.

Los negociadores de las FARC en la Habana
La delegación de paz de las Farc en La Habana, Cuba.
Foto: Delegación de paz de las Farc

Las reacciones

Los negociadores del gobierno procedieron entonces a deshacer sus maletas y a prepararse para una espera que muy seguramente iba a dañar sus planes navideños.

Las Fuerzas Militares iniciaron de inmediato un despliegue inusitado en el olvidado Chocó, que seguramente afectará las cifras de salud pública del departamento durante los próximos meses o años, además de los efectos que también sufrirán las tropas, incluidos oficiales y suboficiales, dada las inclemencias del clima, de la geografía y de la ausencia estatal en esa región abandonada por Colombia.

Cerca de cinco mil hombres fueron trasladados en operación relámpago a la región, lo cual no hace sino reiterar el ritual colombiano de acciones simbólicamente necesarias (dicen) pero militar y políticamente muy dudosas: los tanques Urutú por la carrera Séptima tras la retoma del Palacio de Justicia, la toma de Casa Verde el día de las elecciones para la Constituyente, las sonadas operaciones en los llanos del Yarí en la época de Samper, la toma del Caguán después de varios años de despeje bajo el gobierno Pastrana.

Entretanto, la reacción de los negociadores de las FARC fue primero dubitativa, después muy discutible, y al final dejó ver la posibilidad de una salida negociada. Igualmente, y a  lo largo de esta historia se sintió la presencia de los representantes de los países garantes para arreglar las condiciones de la entrega, evitar mayores distanciamientos o pronunciamientos desafortunados de parte y parte, abogar por los mínimos en estas circunstancias -el retorno con vida y en condiciones dignas de los afectados- y por supuesto el final feliz para los soldados, para el general, la abogada y el cabo que habían sido retenidos-secuestrados.

Al mismo tiempo seguían produciéndose reacciones distintas pero reiterativas de todos  los sectores y actores políticos, económicos e institucionales, y de la comunidad internacional: una mezcla variopinta de razones y sin razones sobre lo sucedido, sobre cómo reaccionar y sobre las acciones que debían emprenderse.

No han faltado tampoco las preguntas sobre lo que hacían el general, la abogada y el cabo en zona roja, sin uniforme y sin protección, así como las críticas a las FARC por su falta de palabra (¡!), por el incumplimiento de sus propias decisiones públicas – en este caso su anuncio de que pondrían fin a los secuestros-retenciones, por la incapacidad para controlar a sus frentes y en fin, por su cinismo.

También se han dado críticas al gobierno por su falta de virilidad (uribista) para enfrentar estos desmanes de la guerrilla, así como por su falta de coherencia para ser fiel a lo acordado: negociar en medio del conflicto y, por tanto, no pararse de la mesa ante las viceversas de esta “guerra” prolongada y degradada.

Se oyeron los ruegos por la paz, contestados por los ruegos por la guerra, aunque, curiosamente no se han oído las sesudas interpelaciones de las “palomas” (de la paz) y de aquellas que se salieron de sus “cabales”. Pero igual se oyen las quejas amargas de las “saludes” y los “saúles”, y hasta las cuentas de historiador de los Vargas.

Se han visto todo tipo de análisis contundentes, y uno ya no sabe realmente qué pensar. Hay para todos los gustos: según el opinador y sus preferencias políticas el conflicto es muy largo o muy corto, las negociaciones muy largas o muy cortas, y al final acaba uno pensando que todo depende de las muy particulares preferencias y gustos de cada uno.

Los posibles escenarios

Y mientras tanto la entrega se fue haciendo a cuentagotas. Primero fueron los dos soldados de Arauca que regresaron en buenas condiciones, aunque a uno de ellos lo rozó una bala y tiene una herida que necesita tratamiento médico. Después vinieron el anunció y la entrega del general y sus acompañantes en el Chocó, que alcanzó a enrarecerse porque los cinco mil hombres desplegados, así no fueran a encontrar nada por estar moviéndose entre la manigua, entre los ríos y entre las comunidades. Hasta se oyeron noticias sobre bombardeos.

Por fortuna primó la cordura de todos y el regreso de todos pudo realizarse.

En resumen, el país estuvo en vilo esperando la última buena nueva que, al resultar positiva en términos de la liberación, deberá traducirse no solo en el retorno del general, la abogada y el cabo en buen estado, sino en una situación que hace recordar que las negociaciones con el M-19 fueron impulsadas, paradójicamente, por el secuestro y devolución de Álvaro Gómez Hurtado sano y salvo.

Esta situación podría ser seguida por varias reacciones: las preguntas maliciosas sobre las razones del general no cesarán hasta que haga presencia en el Senado y tal vez se confirmarán los malos pensamientos de algunos opinadores que dijeron desde muy temprano que todo estaba libreteado.

En plata blanca, ¿servirá el suceso para relanzar las negociaciones con un innegable salto cualitativo: el de haber superado una crisis, la peor, de las que hasta ahora ha sufrido? Aunque se especula sobre la reacción de los negociadores de las FARC, dada la abrupta decisión de suspender los diálogos por parte del gobierno, algo de fondo se habrá reforzado en la compleja relación de los negociadores y los garantes: algo así como un paso inevitable hacia algo irreversible.

Soldado del ejército nacional en Mitú, Vaupés.
Soldado del ejército nacional en Mitú, Vaupés.
Foto: Mauricio Moreno

Los militares

A todas estas ha quedado en claro que hay un asunto que demanda atención particular y  pronta resolución: la Fuerza Pública y, en especial las Fuerzas Militares,  necesitan ser pensadas y pensarse en el posconflicto.

Hasta el momento, lo único cierto es que las Fuerza Armadas están en las negociaciones por su tradicional subordinación institucional y por la presencia del general Mora como su representante. Pero se sabe que entre los altos mandos militares hay temores, hay malestares, hay opiniones encontradas y hay  deslealtades evidentes.

El problema no es de los militares solamente, pero sí pasa por su comprensión, su aceptación y su compromiso. La sociedad colombiana, su sistema político y sus instituciones necesitan debatir, analizar, pensar y trabajar en el modelo de Fuerza Pública para el posconflicto. Y hay que entender que, posiblemente, su transición y sus transformaciones no puedan postergarse, pero tampoco puedan acelerarse – o al menos, no en lo inmediato-.

Encontrar esta cuadratura del círculo es una labor urgente, que afectará el tamaño del presupuesto militar, hoy inflexible por su concentración en gastos de funcionamiento y por el énfasis en aumentar el pie de fuerza. Antes que pensar en la disminución del gasto en el sector, habría que redefinir el papel de las Fuerzas Armadas (y el de la Policía), lo que ellos denominan sus roles y misiones, y preparar su conversión en una fuerza más profesional y especializada. Luego se podrán hacer las cuentas.

Posiblemente la liberación de los tres secuestrados-retenidos también sirva para acelerar y acabar de encauzar este complejo proceso de paz que estuvo así de cerca de romperse en estos días.

Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México,  profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la  Universidad Javeriana.