El escritor ha usado como medio de expresión el arte, no como creador de simples fantasías, sino como instrumento para develar una verdad que a menudo se suele eludir: el sufrimiento de la existencia.

 

Por: Jeins C. Cárdenas

En la vida como en la tragedia hay desbordes de pasiones que hacen implorar la muerte. En una cultura tan rica en manifestaciones simbólicas como lo fue la Grecia antigua era común encontrarse con alabanzas, ritos y toda clase de ceremonias a sus divinidades. Rituales que, entre otras cosas, buscaban mantener apaciguada la cólera de sus dioses, obteniendo así diversos beneficios en labores como la agricultura, la navegación, la salud u otras actividades de la vida cotidiana.

Al dios Dionisio (que moría cada invierno y renacía cada primavera) se le celebraba en Atenas con las Grandes Dionisias, festejos que se prolongaban por varios días y dentro de los cuales se realizaban concursos, donde escritores buscaban el primer lugar con tres tragedias y un drama ligero. Es aquí, entre la fiesta y el culto, donde surge lo que se conoce dentro de la literatura como la tragedia. Los protagonistas de estas obras son héroes, dioses o personajes de la mitología griega, que a través de las desgracias que les acontecen generaban en el público una purga de emociones, una catarsis.

Si bien la tragedia busca generar ese efecto de purificación en los espectadores –un acto que alivianara sus males–, mostrándoles el significado de la vida y su inevitable fin por medio de los acontecimientos que suceden a los personajes; por otro lado, permite ver el dolor mismo del hombre, las desgracias que a este acontecen y el escenario donde ocurren, que no es otro que la vida misma. El escritor ha usado como medio de expresión el arte, no como creador de simples fantasías, sino como instrumento para develar una verdad que a menudo se suele eludir: el sufrimiento de la existencia. Trágicos como Eurípides, Esquilo y Sófocles enmarcan a través de sus creaciones aspectos que podrían considerarse la esencia misma del vivir: el dolor, la desdicha, lo vano del devenir humano.

En las obras de Sófocles se encuentran personajes que van sorteando las dificultades que se les presentan, donde la gran mayoría de ellas desemboca en dolorosos acontecimientos. Es la vida, como ya se mencionó, el escenario donde los individuos desarrollan su acto. Pero, ¿de qué manera entender el concepto de vida? Como incertidumbre. Un sin saber que oculta tras de sí desgracias, sucesos que no dan tregua a nadie para estar preparados, ya que se desconocen. Caminan por tortuosos senderos con los ojos vendados ante el devenir del tiempo. ¿Y el sufrimiento? Solo cuando la desgracia aplasta al hombre este aparece, sale a la luz en un desborde de pasiones. Por ello se puede afirmar que la obra de Sófocles expone la vida como un acto de sufrimiento, sentando con ello un punto de reflexión.

En las obras de Sófocles se encuentran personajes que van sorteando las dificultades que se les presentan…

Hubiera preferido el hombre no haber nacido, la realidad lo azota, constante, sin darle tregua con un mar de incertidumbres. Ya otro doliente lo manifestaba y es que “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo/ y más la piedra dura porque esa ya no siente/ pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. Con estas palabras Rubén Darío, en su poema Lo fatal, recoge la voz de muchos individuos que habitan en el desasosiego de la desdicha; un sentimiento que atormenta día a día, una vida que se asemeja a la tragedia.

A pesar de los momentos de felicidad que a veces llegan y así mismo se van, las desgracias son hechos inevitables. Se debe tener en cuenta que hay circunstancias y acontecimientos que se desconocen; por ende, el individuo no está preparado para afrontarlos, lo que los lleva a terminar en actos fatales. Mírese a Áyax, que decide arremeter contra los Aqueos en un estado de cólera que provocó el no haber ganado las armas de Aquiles. Pensó que había dado muerte a sus enemigos, pero no mató más que un montón de animales, pues estaba bajo el encantamiento de Atenea. Finalmente, Áyax decide entregarse a Erebo, la oscuridad, ya que la fatalidad de los hechos lo derrotó cuando creyó haber obtenido la victoria. Semejante al hombre de grandes riquezas, que sin más un día lo pierde todo y se enfrenta a una realidad distinta de la que antes conocía. Hay sucesos que llegan y rompen con el equilibrio emocional, sucesos que se escapan de las manos, porque solo pueden conocerse cuando acontecen.

En ocasiones, permiten las obras entrever una realidad que no se aleja de los individuos comunes.

Por otro lado, es el hombre despiadado, perverso, pero frágil. Razón que lo lleva a perder el gusto por vivir al enfrentar las desgracias. El vendaje que tenemos ante los sucesos venideros genera pánico, “pues el futuro nadie lo contempla”, escribe Sófocles en Las Traquinias.

Lo que aumenta ese sentimiento es el saber que entre lo desconocido se encuentran sucesos dolorosos, pero ¿en qué momento acontecerán? ¿en qué lugar? A esto estamos supeditados, al desconocimiento de estas respuestas. La vida no es el dolor, la vida es un sin saber del porvenir; la vida, en últimas, es incertidumbre. Algunos dirán que no hay de qué preocuparse, que la muerte sacará al hombre de ese abismo, pero ¿qué hacer mientras llega? Muchos carecemos del valor para precipitarnos hacia ella. De esta manera, una existencia desprovista de todo sentido y el hombre como una flor que se enfrenta a la tormenta, son complemento perfecto para perder toda esperanza.

Parte de esto puede verse reflejado en la literatura. En ocasiones, permiten las obras entrever una realidad que no se aleja de los individuos comunes. La tragedia griega ha logrado este cometido y Sófocles, a través de sus creaciones, ha marcado un punto de reflexión. Obsérvese por ejemplo a Edipo, que luego de haber derrotado a la Esfinge fue coronado rey, se casó y tuvo hijos, obteniendo con esto envidiables logros; no obstante, bajo el manto de la inocencia mató a su padre y con quien se casó y tuvo descendencia fue con su madre. Las desgracias golpearon a Edipo. Ya sin ojos y con su esposa muerta (pues se había suicidado) sale a relucir en su máximo esplendor el dolor, como una fórmula matemática donde desgracia más hombre es igual a sufrimiento.

El coro, en la obra, se lamenta por el infortunado: “¡Ah descendencia de mortales!¡como considero que vivís una vida igual a nada! Pues ¿qué hombre, qué hombre ha logrado más felicidad que la que necesita para parecerlo y, una vez que ha dado esa impresión, para declinar? Teniendo este destino tuyo, el tuyo como ejemplo, ¡oh infortunado Edipo!, nada de los mortales tengo por dichoso”. Posiblemente se piense que las circunstancias de la tragedia en nada se parecen a la vida real, mas ¿no se ve acaso madres que se lanzan al final de sus vidas con sus hijos en brazos?, ¿miles de hombres muertos que lo último que vieron fue una cámara de gas?, ¿bombas que arrasan con todo a su paso?, Nada de los mortales se puede tener por dichoso y la tragedia así lo muestra. No se lucha con esfinges que acarrean pestes, pero sí con algo peor como lo es la realidad misma.

La tragedia marca un punto de reflexión al mostrar que las desgracias e infortunados acontecimientos, hacen y siempre harán parte de la vida.  “El pesimismo, la melancolía, la angustia, están en la tragedia, en el mundo despiadado de los dioses”, como lo dice María Zambrano en Filosofía y poesía. Continúa diciendo: “En el protagonista de la tragedia contemplamos las pasiones en su libre curso, en su frenesí”.  Estos aspectos, que bien se pueden encontrar en Sófocles, son fundamento para una toma de conciencia. No se debe vivir de espaldas a los acontecimientos que con tanta frecuencia ocurren, por el contrario, se debe ser consciente de ellos, para forjar un carácter ante las circunstancias.

Al ser conscientes del sufrimiento y de las situaciones desdichadas, que esperan el momento de entrar en escena, se pueden buscar posibilidades, que ayuden a hacerle frente a lo venidero. Hay circunstancias que se deben enfrentar y al ser de esta naturaleza, no hay motivo, ni razón, para evitar lo inevitable. Es verdad que el hombre puede esquivar algunas flechas, mas siendo una nube de estas la que se aproxima hacia él, alguna o varias han de atinarle. Es natural tratar de alejarse de lo que causa dolor. Sin embargo, hay que hacerle frente al infortunio. Saber que la tragedia es un acto fatal.

“En el protagonista de la tragedia contemplamos las pasiones en su libre curso, en su frenesí”: María Zambrano.

Al final de los acontecimientos no hay recompensa, no hay devoluciones y mucho menos respuestas. Hay que afrontar los hechos próximos, pero sin esperar de ello ninguna retribución. Lo único que puede quedar es una visión distinta de la vida, mas no una entrega de lo que se ha perdido. La justicia está ausente en lo trágico. Entender esto, permite una mejor comprensión del asunto, “Al final Job recibe el doble de burras; y así tenía que ser, pues Dios había representado con él una parábola de la justicia. A Edipo no le devuelven la vista, ni su cetro tebano”, dice Steiner en La muerte de la tragedia. Otro ejemplo se halla en Antígona, ya que nadie alcanza a evitar el acto final con el que cierra su vida y tras ella, el suicidio de Hemón, el que era su prometido.

Lo trágico se ha vuelto parte de la cotidianidad, muchos sucesos se han reducido a un mero espectáculo. Diariamente ocurren hechos que hielan la sangre a quien los contempla. La televisión, la radio, la prensa y demás medios de comunicación, se han vuelto portavoces de esto. A pesar de todo, se ha entrado en un estado de confort, donde las cosas atroces se han vuelto costumbre. Consecuencia de esto es que le sea al hombre irrelevante lo que no le afecte. Fácilmente, se encuentra entretenimiento y distracción, a fin de evitar confrontar hechos que son de suma relevancia, ya que estos tienden a desestabilizar. No existe un acercamiento intimo con las cosas que ocurren, cosas que pueden ser desagradables; sin embargo, es de ellas que se debe tomar conciencia. Aún peor que ignorar lo que ocurre, es satisfacerse en pensar que fue a otro a quien aconteció. Sufrir no es solo por lo que me pasa a mí, sino también, por lo que le sucede a los demás.

El sufrimiento de Antígona no recae directamente en lo que a ella le espera (esto lo enfrenta con valentía). Su sufrimiento está en lo que pasa a su hermano, que es presa de perros y aves carroñeras, ya que así lo dictó Creonte. Ella se ha enfrentado con tenacidad a la circunstancia, se ha opuesto a las órdenes del rey y no evadió las culpas que se le imputaban. El hombre en la actualidad, corre en refugio, antes que afrontar los dolores de la existencia, los obstáculos que imponen las desgracias. No obstante, sin importar dónde se esconda el individuo, lo alcanzarán. Mas, a eso se han reducido las cosas, a evadir lo que pueda estremecernos. Pero ¿por qué padecer?, ¿para qué enfrentarnos a las desdichas? Como afirma Steiner respecto a la tragedia: “No obstante, en los excesos de padecimiento, se encuentran los títulos del hombre para aspirar a la dignidad. Impotente y arruinado, mendigo ciego expulsado de la ciudad, él alcanza una nueva grandeza”. Se puede inferir que en el sufrimiento hay algo que hace crecer al hombre que lo padece.

Estamos condenados a la existencia y con ello, a experimentar con el acontecer del tiempo la fatalidad de los hechos. En Ayax se menciona: “La vida más grata está en la inconciencia, hasta que llegas a conocer la alegría y las penas”. Podemos pensar que la razón, la que permite percibir el mundo, tiende a ser raíz de nuestros males. Pero no por esto hay que resignarse, aceptando las desdichas como vengan. No, como ya se mencionó, debe el individuo fortalecerse en las desgracias, que cada experiencia en el sufrimiento sea la que lo prepare para afrontar la siguiente. “Porque vergonzoso es que un hombre desee vivir largamente sin experimentar ningún cambio en sus infortunios”, dice Sófocles nuevamente en Ayax.

Se puede inferir que en el sufrimiento hay algo que hace crecer al hombre que lo padece.

Un llamado a la empatía

Ser conscientes de que se sufre nos pone también en los zapatos los demás. Se deja de lado el pensar solo en nosotros y se vuelven relevantes las personas que nos rodean, puesto que se conoce lo que afrontan. Personas que sufren, en mayor o menor medida, pero lo hacen.  Tal vez la labor no consiste en sopesar el dolor de los otros, sino mostrarles otras posibilidades ante lo inevitable. Afrontar con valor las circunstancias, y en ese malestar que se padece, en ese dolor en que parece convertirse la vida, aprender a encontrarse.

Pese a que cada ser humano se ve ensimismado en su mundo, en su cotidianidad; hay que pensar en el otro, pero “La compasión, es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita. La pregunta es qué hacer con las emociones que han despertado…”, escribe Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás. Indudablemente, la compasión que despierta ver el martirio de los demás, se puede traducir en acciones, ya que, en últimas, todos estamos encaminados a un mismo destino. Inevitable es el descenso que conduce al encuentro con el dolor “De nada vale pedir una explicación racional o piedad. Las cosas son como son, inexorables y absurdas” Escribe Steiner en La muerte de la tragedia.

Finalmente, el sufrimiento doblega, tortura, hace desistir de muchas cosas: de la vida, del goce, de los que nos rodean. Comprender esto, y a la par, poder observarlo en obras literarias tan antiguas como los son las tragedias de Sófocles, da a entender que es un fenómeno, al cual todos los seres humanos se han enfrentado alguna vez, sea en la actualidad o a través de la historia. Sin embargo, al hacerle frente, y considerarlo como una posible esencia de la existencia, se da cuenta de como este, puede llegar a reivindicar el valor mismo de las cosas. En el sufrir, se aprende a apreciar los pequeños detalles, los hechos que en ocasiones parecen insignificantes; se comprende que las otras personas viven bajo el mismo yugo: el del dolor, el de la angustia, el de la vida. De esta manera, se constituye más el hombre en las desgracias que en cualquier otra circunstancia, ya que ahí se percibe lo que antes se pasaba por alto. Tal vez en el sufrimiento, haya un camino para la felicidad, un camino para conocerse a sí mismo y conocer a los demás; un motivo para pensar la vida y las cosas inevitables que esta acarrea.

 

Bibliografía

Steiner, George (2008) La muerte de la tragedia. Fondo de Cultura Económica. Madrid-España.

Sófocles (2006). Tragedias. Gredos. España.

Sontag, Susan (2004). Ante el dolor de los demás. Ediciones Santillana. Madrid-España.

Zambrano, María (2016). Filosofía y poesía. Fondo de Cultura Económica. Bogotá-Colombia.