Vayan estos minicuentos como una selección de retomadas memorias de un lector agudo, de alguien que descubre en la literatura la casa ausente que se ensancha mientras divaga entre incontables páginas, pero que de igual manera la ve desaparecer al dar cuenta del último renglón de la ajena escritura.

 

Por: Cristian Cárdenas Berrío

SOBRE EL PLAGIO

En la primavera de 1321, el hijo de Alighiero de Bellincione ha puesto el punto final al “Paraíso”, tercera parte de ese gran poema que lleva componiendo hace ya diecisiete años. El sumo poeta, levanta la mirada, siente la plenitud del deber cumplido. Observa abstraído. Frente a la ventana pasa una de sus criadas. En ese momento, el güelfo orgulloso, el eminente político florentino, el escolástico confeso, el erudito de la lengua vernácula, descubre que el amor verdadero habita, insistente, en el movimiento de las voluptuosas formas de la muchacha y no en el teológico rostro de Beatrice Portinari. Dante, entonces, con gesto de comedia arroja su manuscrito al fuego. Al instante desaparece, en una pavesa, toda la literatura desde el renacimiento hasta nuestros días.

TEOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

Como todos saben, Yahweh, especialmente después del nuevo testamento, se convirtió en un dios amoroso y tolerante. Sin embargo, una tarde de invierno sintió nostalgia del Éxodo, del Levítico y otros momentos estelares de su omnipotencia. Así que al instante decidió que estaba harto de los informes que recibía de manera constante sobre los pensamientos, acciones y publicaciones de esas criaturas cínicas, escépticas y prepotentes como el tal Nietzsche, así como un fulano Heidegger y, sobre todo, un francesito de apellido Sartre.

Lo primero que decidió fue bajar a la tierra y entrar en la primera biblioteca pública que encontrara, así se hizo. Con gesto olímpico pidió al bibliotecario las obras de los tres susodichos, tomó asiento y con ademán de grandeza abrió El Eccehomo y el Anticristo, del alemán ese que filosofaba a martillazos. A medida que avanzaba en la lectura comenzó a seducirle la prosa aforística del filólogo, pensó que tal vez no era tan rebelde como sus ángeles se lo habían descrito y luego de un rato llegó a sentir solidaridad con este Federico criado por uno de sus pastores luteranos y…, según recordaba, Carl Ludwig Nietzsche no había sido uno de sus mejores ministros.

Algo entrada la noche, mientras Yahweh se encontraba imbuido en su lectura, sucedió un apagón monumental, lo último que había alcanzado a leer era la sentencia: “Dios ha muerto…”. En medio de la oscuridad comenzó a sentir, por primera vez en su existencia, lo que sus criaturas llamaban miedo. La eternidad nunca le había dejado tiempo para aprender el temor. Tal vez sí había muerto, con la mano temblorosa trató de buscar su pulso, pero el recelo de no hallarlo le impidió continuar. El buen Dios había descubierto el desasosiego de existir para la muerte, la orfandad del ser frente a la nada, sintió una angustia que lo liberaba de sí mismo. Desde ese momento Dios es un ferviente existencialista.

Ilustración / Zona Zhero

ÍCARO AFORTUNADO

Ícaro en medio de las aguas del mar de Samos y con sus ilusiones empapadas, comprendió por fin que para salir del laberinto no son necesarias un par de alas, sino una Ariadna.

Ilustración / Alamy Stock Photo

CREACIÓN

Y dijo Dios: Hágase la luz. Pero al hombre, amante de lo adjetivo y accesorio, no le pareció. Algunos dijeron: -“queda mejor, hágase la vivificante luz”; otros arguyeron: -“ no, hágase la resplandeciente luz”. El adjetivo, cuando no da vida, mata; afirmó un demiurgo chileno. Tal vez esto fue lo que les ocurrió a las iglesias.

DEL ARTE LITERARIO

Al despertar Gregorio Samsa estaba convertido en dinosaurio; luego un tal Monterroso lo demandó por plagio.

Ilustración / Crash

DEL AMOR COMO SUICIDIO

Buscaba incansable una mujer de labios de agua para morir ahogado en sus besos.

LA  MUSA

El piadoso poeta se sentó frente a la página en blanco. Al instante cayó sobre su ser el peso gris e inquietante de la duda. ¿Era posible superar el silencio? La página, muda, nada respondió. Dios, atareado en la eternidad, tampoco le contestó. De inmediato comprendió cuál era su destino; así que volteó, se caló el capuchón de su hábito y con aburrida tenacidad continuó aplicando arsénico en las puntas inferiores de los libros de aquella inmensa biblioteca, para de esta manera amenizar un poco la lectura de sus cofrades de scriptorium.

LA FAMA LITERARIA

Aunque nunca se lo esperó, algún día sucedió de improviso. Cuando por fin colgó el teléfono –y luego de que le comunicaran que había ganado aquel premio literario, por tantos anhelado– el escritor no resultó asombrado, más bien diríase petrificado. El autor –convertido desde ese instante en famoso prosista–, como única reacción frente al abrumador reconocimiento, se quedó con la boca abierta; el problema es que jamás la ha podido volver a cerrar.

UTILITARISMO ETÍLICO

Entonces se me acerca uno de esos sujetos con moralidad equilibrada e intenciones políticamente correctas que pululan hoy en día en los corredores de la academia y me dice:
– Profe, ¿usted qué gana con beber tanto?
– Nada joven, yo bebo sin ánimo de lucro.

MASA Y VOLUMEN

Fotograma / La mujer fantasma

Ella mantenía tan en la superficie, sus ideas eran tan leves, su caminar tan sucinto y sus argumentos tan etéreos, que ningún hombre era capaz de soportar su peso.

JURISPRUDENCIA POSTMODERNA

-“¿Se podrá hacer fricasé de chivo expiatorio?”, se preguntaba el magistrado durante una tarde de especial lucidez.

ENSAYO INTER-PARATEXTUAL

Para otra parte, de mi parte.

-“Solo quiero la desnudez. Mi existencia ha sido siempre quitarme de encima todos los trapos con que los curas me vistieron, he vivido empelotándome”. Esputó con ira y sacando fuerza de la flema de su interior –la misma que el clérigo solía llamar alma– el joven seminarista Estanislao. Mientras tanto, el Padre Elías Gonzales, con el gesto amodorrado de la lascivia satisfecha, terminaba de abrochar el último botón de su sotana.

Fotograma / La sombra del silencio

UT UNUM SINT

Hubiera preferido no verlo. Lo observó todo con detenimiento, su cerveza estaba apenas fría y el sudor no había terminado de secarse, aquella era una noche calurosa. Se miró en el espejo, su blusa estaba empapada y el afelpado del sofá no ayudaba a refrescar su espalda. La televisión repetía monótona la imagen de aquel caballo come manzanas, parlanchín y estúpido. El ambiente era sofocante. En ese momento un bochorno denso se empozó en su alma, no soportó más la canícula de aquel matrimonio de sudor y años, con furia quebró el espejo. Al instante, su esposo también cayó en pedazos.

Fotografía / Colectivo Ozomatti

LOS ENVITES DEL AZAR

Entonces me miro profundamente y dijo:

  • ¿Subimos la apuesta?
  • Doble o nada. Respondí.
  • Mejor que vaya todo en el envite.

Inmediatamente nos desnudamos. Ya no se jugó más aquella tarde, no poseíamos nada más que apostar.

EX LIBRIS

Los vapores dulzones del coñac que se mecía lento en su palma impregnaban por completo sus pensamientos. Eran casi tres décadas de trabajo arduo y desinteresado, pero siempre detrás del mostrador, siempre debía disminuir él, para que otros crecieran. Maxe había llegado a ser uno de los editores más importante de aquel imperio en decadencia; sin embargo, su obra yacía enmohecida en el fondo de un baúl, siempre en espera de nuevas correcciones.

Aunque trataba de disiparse con el amistoso sabor del coñac, aquel fantasma seguía aferrado con tenacidad a su espíritu. No era solo su ego herido, sino la íntima certeza de saberse un ateniense que debía posar de fenicio para ganarse el pan, cuanto tenía para decir de este, su mundo agrietado. Pero publicar su obra en la propia editorial no solo era de mal gusto, pensaba, sino que se prestaría para suspicacias innecesarias, así como para los comentarios mal intencionados de los asistentes a la tertulia semanal que él mismo solventaba.

El Rémy Martin comenzaba a embotarle y desde el fondo de sus neuronas emergían ahora dos recuerdos. Aquel joven abogado, enfermizo y frágil, a quien le había publicado algunos relatos bien recibidos entre la comunidad judía, muerto hacía una semana; pensaba que él como judío debía ejercer la misericordia con los propios, por tanto, de seguro enviaría algún dinero a su familia. Recordaba también que durante la edad media muchos escritores publicaban bajo el nombre de grandes pensadores, con el fin de que el saber –lo que de verdad importaba– circulara, aún a pesar del yo y de la fama. Astuto como era no demoró en barruntar la idea que le ganaría un puesto en la posteridad, haciendo circular su obra y ejerciendo la misericordia con su compañero sionista, se convertiría en albacea de sí mismo. Desde entonces, del baúl de Max Brod salen textos firmados por Franz Kafka.