UNA CIUDAD HECHA POESÍA: LUNA DE LOCOS

La fiesta de la poesía vuelve a Pereira con el que, quizá, es el más destacado evento literario de la ciudad debido a su trayectoria y la convocatoria internacional que tiene.

 

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Pero mi amor te digo,

ha quedado adherido

a las rocas,

al mar y a las montañas

Raúl Zurita

 

El Festival Internacional de Poesía, Luna de Locos, uno de los eventos culturales que hace parte de la identidad pereirana, aunque de manera virtual, celebrará su decimocuarta versión desde el lunes 24 de agosto hasta el sábado 5 de septiembre. Los medios por los que se realizarán las transmisiones son dos: Facebook Live y YouTube.

Gracias a una amplia programación, quienes estén interesados podrán acompañar las siguientes actividades: lecturas, galas, conversatorios y talleres de escritura creativa donde poetas de distintas partes del mundo dialogarán con la ciudad del Bolívar desnudo.

Este año han confirmado alrededor de 70 invitados de 15 países. Entre ellos se destacan, por ejemplo, Ana Blandiana (Rumania), Raúl Zurita (Chile) Edgardo Dobry (Argentina), Aurora Luque (España), Alberto Blanco (México), Igor Barreto (Venezuela), Abel Murcia (España), Luis Antonio de Villena (España), Nuno Júdice (Portugal), Víctor Rodríguez Nuñez (Cuba), Luis García Montero (España), Yolanda Pantin (Venezuela), Jordi Doce (España) y Margaret Randall (USA). Como en versiones anteriores, Luna de Locos continuará visitando a 14 instituciones educativas, urbanas y rurales, con el ánimo de que la poesía alcance a las poblaciones más jóvenes.

Cartel del Festival Internacional de Poesía en Pereira Luna de Locos 2020. Cortesía Luna de Locos

Hugo Oquendo-Torres, poeta y cuentista, nos dice lo siguiente sobre la importancia de visitar a este tipo de comunidades: “En mi opinión, es otra forma de hacer ciudad, de apostarle a la paz por medio de la inclusión activa. Ya que Pereira no es meramente el centro de la urbe, puesto que sus localidades periféricas, como por ejemplo Tokio en Villa Santana o el colegio Comunitario de Cerritos, también la constituyen. Por ello, creo que la presencia de Luna de Locos es una apuesta por descentralizar los espacios culturales para llevarlos a las comunidades al margen; de igual forma, es una apuesta por construir una nueva ciudadanía desde el acercamiento a la poesía. Quizá por esto y otras razones el festival es parte de la identidad pereirana”.

También hacen parte de este encuentro importantes voces de la poesía colombiana. A saber: William Ospina, Ramón Cote, Federico Díaz Granados, Jaime Manrique, Robinson Quintero, Yirama Castaño, Jhon Galán Casanova, Carlos Patiño, Santiago Espinosa, Andrea Cote, entre otros. Asimismo, invitados locales y regionales, que se suman a esta fiesta donde la palabra fundadora será la protagonista.

Ahora bien, uno de los programas centrales es la Escuela de Poesía. Giovanny Gómez, su director, dice que esta se trata de una guía para personas que estén interesadas en la escritura; la cual, agrega, se realizará a través de diferentes conversatorios donde algunos poetas nos contarán su experiencia como lectores y como creadores.

Además, es importante resaltar la presencia de poetas jóvenes en este encuentro. El Festival Internacional de Poesía Las líneas de su mano en Bogotá y el Festival Internacional de Poesía en Pereira, Luna de Locos, se unen para reflexionar alrededor del estado actual de la poesía latinoamericana. Tania Ganitsky (Colombia), Jesús Montoya (Venezuela), Magdalena Camargo Lemieszek (Polonia), María Gómez Lara (Colombia) y Adalbert Salas (Venezuela) son algunas de las nuevas voces. Finalmente, en relación con lo anterior, señala el poeta pereirano Hernán Mallama Roux: “Un evento como este debe impactar a todo tipo de poblaciones; sin embargo, la presencia de estas voces jóvenes, frescas, puede ayudar a cautivar a las recientes generaciones e incentivar la lectura”.

Aquí una breve selección de sus poemas:

Tania Ganitsky

 

LOS CABALLOS no iban a vivir

tanto tiempo.

 

Pero encontraron ofrendas

en el sueño de los muertos.

 

Allí pastan, beben agua y, a veces,

se acercan a las manos

cubiertas de panela

que brotan como flores dulces

a su alrededor.

 

Doblan el cuello y reciben la ternura

que también debió extinguirse

hace tiempo.

Jesús Montoya

 

La Casa de las voces

 

9 de febrero

Bajaba de la luz como una santa deprimida y me encontraron. Desde entonces, el espacio no ha sido más una sombra. Íngrima, tal vez conmovida, tal vez maldita, he venido sin mí.

 

20 de marzo

Vestía de blanco frente al ritual, al gallo le cortaron la cabeza. Llevaba una franelilla. Era yo mi hija. Maldije. También reí. Antes, hubo un campo inmenso. Acrecentó su tamaño, deambulé en él y obedecí su voz. Me dijo: furibundo con alas, y me revolqué en la tierra; secaba los ojos hinchados de mi hermana. No sufrí.

 

18 de abril

Los ojos se le abren como preciosas piedras amarillas. El campo abierto está maldito. Si no pudo hablar de la vida es porque estuvo solo, solo y mudo, como antes, como ahora dibujando días de humo entre fantasmas. Maldito. Todo el campo abierto está maldito y conoces la razón. Esta es la geografía espectral, la oriunda luz que te arrancó las manos. Vistes las cosas, los árboles calzan un vientre envenenado, los árboles, ah, y todo el vendaval. En el caserío las sombras rezan de espaldas al niño. Una mujer ha de venir para abrazarte, intacta. El rosario y su cuello maltratado, diablo mío. Parece que te devolvía hacia allá. Perdónalo, cuando dejó la vida todavía la amaba. Puedo jurarlo. Besé la línea deforme del cielo, nunca salí de mí. Conocí la ilusión de algo como una niebla. Obedecí el reflejo inconfesable. No estoy aquí. Pero estoy aquí, ¿dónde es mí?, ¿quién es mí?, lo puedo jurar también yo. Deambulé por la ciudad sin nombre. Tuve ese impulso incomprendido, pero ellos me traían ojos, o eran hojas, ¿qué palabra?, embrujado por la tarde calcé el bosque y me maté. Eran hoyos. Eran mis hijos. Quisieron sus hijos. Los hijos machacaron el viento con el corazón hincado. Perseguí a un hombre parecido a mí mismo. No lo confesaré, si abro la boca, nacen las cenizas.

 

Magdalena Camargo Lemieszek

 

Cruzando el río Leteo

 

Para ascender desde el último peldaño en la penumbra,

dicen que ocupamos el talento de los artesanos

que forjan sus herraduras sobre el polvo,

martillando sin detenerse

hasta alcanzar la música del hierro,

maleando junto a la huella

también la forma del camino.

 

Ahí invocaremos la fortaleza

de aquellas manos que sumergieron los metales en el agua

para apagar la furia

que nació en el centro

de todo lo que arde.

 

Algunos reconocerán las señales de la calma

en el vapor que se deshace encima del paisaje

mientras un manojo de grullas migra hacia lo ignoto.

 

Al agitarse la sombra del abeto en la corriente,

el yo que somos irá mutando

en el antifaz que cubre el rostro del vacío.

 

Un turbio alfabeto se revelará ante nosotros

y dejaremos atrás las antiguas pertenencias

junto al mismo miedo que hace siglos

tuvimos la osadía

de dejar abandonado

frente al fuego.

Jorge Mario López durante una de las galas del evento. Fotografías / Archivo Luna de Locos El Festival /Santiago Ramírez

María Gómez Lara

 

La luz inútil

 

La soledad es estar ahora entero

Arturo Carrera

 

 

qué extraña completud

 

ya sin relojes

 

ni calles cerradas

 

qué extraña completud el aire abierto

 

la sola luz

la luz inútil

 

al fin sin nudo ciego

 

para qué ver si nada que alumbrar

de este equilibrio hueco

 

ningún nombre

ningún árbol

 

ningún edificio torpe que vaya a derrumbarse

 

para qué el estupor suspendido

si no hay dónde caer

 

 

 

Adalbert Salas

 

XVIII

 

La casa tiene cuatro paredes.

O cinco, o seis, o siete, no lo sé.

 

La memoria se pega a ellas,

las recorre como un sudor,

una sustancia imprecisa y blanda.

 

La casa tiene ventanas, ojos melancólicos

que de vez en cuando nos permiten

ser sus pupilas.

 

Tiene baños, cocina, muebles,

huesos para no

desplomarse sobre sí misma.

 

Y una puerta, claro:

una puerta para el olvido.

 

Por allí entraste.

 

Viniste de una profundidad que no entiendo,

que nada en mí recorre ya.

 

Y sobre el techo,

el paladar mudo, espacioso,

grabaste un alfabeto de temblores,

 

una lengua nómada,

de fríos, de destellos, de quiebres,

de viento cansado y sin sombra.

 

Ahí arriba dibujaste

el cielo inacabado que traías

entre las manos.

 

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