La comprensión del otro y la literatura

kevin marinPor supuesto, la toma de consciencia no es nunca la concesión del que piensa distinto y debemos dejarlo actuar, sino que constituye el arma para entender desde sus raíces las motivaciones y aspiraciones particulares, con el único objetivo de desarmarlo mejor, sin puños y espadas.

Por: Kevin Marín

Detesto que la literatura sea vista como un ejercicio pedagógico, lúdico –no me refiero a lo lúdico como técnica literaria, donde se  juega con el lenguaje o la narrativa, sino lo lúdico como método de enseñanza– o moralizante. La literatura, entre otras cosas, es importante por el valor que tiene sobre sí misma, sin la necesidad de andar buscando caminos posibles para llevar una vida mejor.

Sin embargo, hace muy poco, en las montañas que rodean al Parque Nacional Natural Tatamá, en un almuerzo con amigos, alguien dijo que la literatura ayuda a comprender a los demás. Entendí, después de asociarlo con una de las últimas novelas que leí (Soldados de Salamina) que sin la obstinada necesidad de manuales, siempre se nos imponen visiones acerca de la vida que vienen formuladas por lo que nos dicen los libros de aparente ficción.

Mencionaba el libro de Javier Cercas porque creo que es la prueba más contundente del postulado que uno de mis amigos mencionó; en él, dentro de los marcos de lo que llamaríamos novela histórica, se narra un episodio extraño y alucinado de los últimos días de la Guerra Civil Española donde el poeta falangista Rafael Sánchez Mazas es el protagonista de una historia que lo engulló y lo proyectó en la memoria de nuestros tiempos.

Sin hacer uso de la crítica literaria o de los estudios que se han hecho llenos de datos y erudición, se me ocurre una suerte de especulación alrededor de las biografías noveladas de los últimos años. Incluso en el cine podemos ver que la mayoría –si no todos– de los relatos están basados en el bando de los que llamaríamos los buenos, pero también de los incomprendidos (progresistas, izquierdistas, marginados). Por eso no deja de sorprenderme que Cercas haya optado por contar una parte de la historia de un poeta que se las daba de ideólogo y político del fascismo español. El mismo problema es visto desde adentro cuando el narrador discute con su novia por qué eligió hacer una biografía difícil, oscura, poco matizada. Ella hubiese preferido una historia novelada de García Lorca, por ejemplo.

Quizá todo se trate del auge de lo políticamente correcto, de lo que es blanco y no puede ser negro, de lo reconfortante y con pocos heridos. La asociación entre el entendimiento del otro y la historia de Sánchez Mazas me pareció afortunada, porque si bien Cercas logra comunicar magistralmente las ideas y el ambiente histórico que impulsaron la conformación de un pensamiento falangista, también permite que el lector tome consciencia de la situación de los demás, que intente comprender que cada hombre no es todos los hombres. Por supuesto, la toma de consciencia no es nunca la concesión del que piensa distinto y debemos dejarlo actuar, sino que constituye el arma para entender desde sus raíces las motivaciones y aspiraciones particulares, con el único objetivo de desarmarlo mejor, sin puños y espadas.

De las aspiraciones más arduas para el escritor –historiador o literato– está la de la otredad, el de las situaciones personales que deben ser tratadas sin relativismos y sin demasiada intromisión de la ideología: es muy fácil romper en diatribas contra el fascismo español, pero cuán difícil es tratar de entender por qué unos hombres creyeron en esa ideología y dieron su vida por ella. ¿Por qué cuesta tanto ingresar al otro en el ámbito de lo humano? Me parece que si logramos captar el sentimiento –político, religioso, etcétera– de los demás, así esté cargado de odio, temor y desprecio por la vida humana, podemos llegar hasta sus bases y combatirlo con más eficacia.  

Javier Cercas lo hizo, pues no ataca frontalmente las ideas de Sánchez Mazas, pero lateralmente percibimos un desdén por aquellos que se creen los últimos constructores de la Historia, los elegidos que levantan profecías delante de pueblos enteros muertos de hambre. No solo logró decirnos que todos, absolutamente todos, pertenecemos a esta especie de grandezas y bajezas, sino que un libro, la obra literaria, puede destruir los más terribles fantasmas que logran instaurar el orden por convicciones personales que en ningún momento logra integrar las percepciones de los demás; porque si bien somos distintos, el mundo es de todos.