En esto, caí en cuenta que había regresado sin querer al punto de partida: me encontraba de nuevo frente al centro comercial.

 

Por: Camilo Villegas

Me encontraba en una tienda de ropa buscándole el precio a una camisa, cuando de la nada llegó la empleada dispuesta a ayudarme, que fingió buscar la etiqueta mientras murmuraba entre dientes: “No mire hacia atrás, lo están siguiendo”. Contuve el gesto instintivo de voltearme y compuse una mirada de pánico a la que ella, riendo, respondió que un hombre alto, delgado, con tentáculos y brazos anormalmente largos, vestido con traje oscuro y corbata, había aparecido detrás de mí en la sección y que no dejaba de vigilarme allá donde fuera.

Después me dio el precio de la prenda y la volvió a colgar mientras yo me despedía y empezaba a moverme sin mirar hacia atrás.

Durante un momento recorrí el centro comercial buscando a mi perseguidor, sin duda muy hábil. No obstante, su presencia actuaba en mi ánimo como los síntomas que preceden un dolor de cabeza.

Salí a la calle y caminé de forma errática, cambiando de acera y girando en todas las esquinas con la firme convicción de despistarle.

Luego tomé el primer bus, subiendo y bajando desesperadamente en todas y cada una de las paradas, todavía sin atreverme a voltear la cabeza. No era preciso: sentía sus ojos clavados en mi espalda como una herramienta quirúrgica.

En esto, caí en cuenta que había regresado sin querer al punto de partida: me encontraba de nuevo frente al centro comercial. Entonces, invadido por el miedo, entré bruscamente con el ánimo de desenmascarar al hombre, al que no encontré.

Subí a la tienda y busqué a la empleada. No estaba. Pregunté por ella. No existía. Todo esto ocurrió hace tres meses y el hombre alto, delgado, con traje oscuro y corbata continúa persiguiéndome de manera implacable, siempre en su versión metafísica.