50 años después

Hemos perdido tanto que ya no tenemos nada que perder. Es un sinsentido egoísta no intentarlo, ni dejar que otros lo intenten. Si bien nuestro umbral de sufrimiento parece infinito, es el momento para comprobar si aparte de soportar lo insoportable somos capaces de escuchar verdades distintas a la nuestra…

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

Ha pasado el tiempo por mi piel, ha pasado el tiempo… Tachándola, surcándola, manchándola… Dejando huellas.

Los últimos cincuenta años le costaron 267.162 vidas a Colombia. Cifra que supera la suma de la población de Amazonas, Guainía, Vaupés, y Vichada. (¡Cuánta fuerza laboral desperdiciada!, diría un capataz capitalista.) Han sido cinco décadas implacables con las víctimas mortales y con esos vivos que vieron como le arrebataban la vida a sus muertos. En medio siglo sufrimos tanto, tantísimo, que un hipotético estadio de paz produce todo tipo de suspicacias –“el miedo ha sido tan cotidiano que parece que nos hiciera falta”, dijo Octavio Escobar-.

La guerra ha sido la mejor maestra de geografía de la burocracia y la población civil; ha demostrado que el Estado gobierna desde y para el centro del país, condenando las zonas rurales a ser gobernadas por el olvido; nos enseñó a cualificar la muerte para justificar lo injustificable; ha opacado toda la riqueza cultural del país, dejando al descubierto nuestra peor faceta; ahondó las brechas sociales; nos privó de mentes brillantes, dejándonos a merced de ciertos personajes que utilizaron la sangre de los más pobres para alimentar un monstruo belicista. Para resumir, la guerra ha dejado un cráter en el corazón del país.

Pese a que algunos insistan en hacer del dolor un trofeo digno de celebrar, no importa quien haya sufrido más porque en esta guerra todos somos perdedores: quienes vimos los libros de historia y los noticieros convertidos en manuales del crimen y quienes durmieron, por días interminables, con el miedo bajo la almohada.

Si revisamos la biografía latinoamericana podemos comprobar que hacemos parte de un continente que creció buscando purificar todo sus males auto flagelándose (y dejándose flagelar). No quiere decir que sea el único camino posible, pero ese fue el que nosotros elegimos –o al menos el elegido por los que tienen voz y voto–.

La leyenda del país lo ratifica. Sin embargo, cuando parecía que la guerra se lo había llevado todo, los colombianos demuestran que los fusiles no son suficientes para exterminar la capacidad que tenemos de soñar. Después de tantas derrotas, y aunque nos hayan querido condenar a vivir en el infierno, nos atrevemos a alimentar la esperanza de que esta vez sí podemos ganar.

Hemos perdido tanto que ya no tenemos nada que perder. Es un sinsentido egoísta no intentarlo, ni dejar que otros lo intenten. Si bien nuestro umbral de sufrimiento parece infinito, es el momento para comprobar si aparte de soportar lo insoportable somos capaces de escuchar verdades distintas a la nuestra; para comprobar qué tan hastiados estamos de la violencia; para comprobar si en realidad nos odiamos tanto como dicen; para comprobar si vamos a seguir renegando frente al televisor o si estamos interesados en hacer parte del cambio; para comprobar si somos capaces de empezar de nuevo.

Ha pasado la guerra por tu piel, ha pasado la guerra… Tachándola, surcándola, manchándola… Dejando huellas.