CARLOS VICTORIAY perdimos el sentido de humanidad, y casi nos acostumbramos al horror, y dejamos de estremecernos con la muerte. El tabú de matar se perdió, Colombia se volvió tolerante con el crimen, y en el último medio siglo es posible que por falta de paz y de solidaridad haya muerto en Colombia otro medio millón de personas.

Por: Carlos Victoria

Más de un millón de colombianos se movilizaron por las calles de Bogotá el 9 de abril. Otras fuentes dicen que pudieron ser más de quinientos mil. Cualquiera de las dos cifras es contundente. El mensaje es claro: los negociadores de La Habana no están solos. Hubo quien apelará a la idea de una Alianza para la Paz, que supere la estrechez de la Unidad Nacional, vuelta añicos por las profundas rivalidades politiqueras a su interior.

Hay hambre de paz pero también hay fieras sedientas de sangre. Un nuevo mapa político comenzaría a brotar de la mano de las negociaciones. La Marcha Patriótica mostró de nuevo de que está hecha. Los Progresistas, con Petro a la cabeza, sirvieron de anfitriones y el oficialismo de Santos, no tuvo más remedio que sumarse al torrente. Quienes no marcharon, bajo el pretexto reeleccionista del Presidente, quedaron por fuera de la foto, y rezagados de la historia.

Contra todo pronóstico el Día Nacional de Solidaridad con las Víctimas se transformó en una gigantesca movilización de ciudadanos ávidos de un futuro sin guerra y con justicia social. Una ecuación dura de resolver. “La guerra nos destruye, la paz nos construye”, gritaron. Afloraron, como siempre ha sucedido, imágenes y discursos de víctimas y victimarios. Ambos madrugaron: los primeros empuñando banderas blancas y los segundos de camuflado, al pie del monumento de los “héroes caídos”.

Santos y Petro fumaron la pipa de paz sembrando una palma a prueba de balas, supongo. A pocos metros de allí Piedad Córdoba presidía las huestes de una marcha en la que pocos creían días antes. Cuando la exsenadora leyó la Segunda Oración por la Paz en la plaza de Bolívar, escrita por William Ospina, el presidente Santos ya estaba en Medellín almorzando bandeja paisa con los empresarios antioqueños. La retaguardia de Uribe también había sido penetrada.

“Hace 65 años Gaitán clamaba aquí por la paz. Sus enemigos no sólo lo mataron sino que llevaron al país a una guerra, a una violencia que acabó con 300.000 personas. El país entero entró en una orgía de sangre. Y perdimos el sentido de humanidad, y casi nos acostumbramos al horror, y dejamos de estremecernos con la muerte. El tabú de matar se perdió, Colombia se volvió tolerante con el crimen, y en el último medio siglo es posible que por falta de paz y de solidaridad haya muerto en Colombia otro medio millón de personas” (2da Oración por la Paz)

Horas más tarde, de ese mismo día, caía asesinado en Córdoba otro líder campesino a manos de los ejércitos anti restitución de tierras. Ya son más de cincuenta. La reparación y la conciliación pisan cayos muy poderosos. La fiera herida de la guerra sacude sus extremidades y mata. Entre tanto, muchachos enfusilados en muchas ciudades del país cuidan las ollas donde se cocina su sustento. La guerra es tan prolongada que ya no se le ve la cola.

Escepticismo y romanticismo se encontraron en medio de los desafíos de la convocatoria. Los primeros con toda razón no creen ni en el gobierno, pero tampoco en las Farc. Los segundos anhelan lo imposible: después de 65 años del asesinato del caudillo Colombia no hemos tenido un solo día en paz. ¿Qué tanto hemos avanzamos? Muy poco, porque tanto en la derecha como en la izquierda persiste el disenso. Hay demasiado odio y heridas que no cicatrizan.

No obstante la euforia de la marcha, el consenso hacia una paz estructural es débil. Del lado del poder, por ejemplo, hay demasiados intereses en juego, tanto económicos como políticos que no toleran la más mínima reforma en la apropiación y distribución de la riqueza, fuente inmanente del conflicto social y armado. En la orilla de los contrincantes, dogmatismos y sectarismos se unen para enlodar el camino. Una paz duradera depende de reformas estructurales.

Las élites de este país han confundido paz con pacificación, en medio de los abismos de la desigualdad. No es gratuito que esta retórica poco le diga a la mayoría de colombianos en vueltos en la madeja de una violencia peor: la exclusión y la discriminación. Ad portas de una Constituyente, el país deberá decidir si le sigue apostando a la guerra pacificadora o la lucha política para dirimir el conflicto.

Lo único que tengo claro –por ahora- es que después del 9 de abril de 2013 Colombia no es la misma: la civilidad tiene coraje, dignidad y capacidad de actuar en la calle, ahí donde los procesos sociales y políticos construyen sus propios consensos. La paz le está abriendo un boquete a la indiferencia.

14 de abril de 2013