Se alinea el bando de la falsa democracia, aceitan su maquinaria para que una vez más todo siga el rumbo de sus malas intenciones. Mientras que el bando de las grandes utopías insiste en perseguir sus propios horizontes sin comprender que su pueblo los necesita unidos…

 

Por: Hernán Mallama Roux

País polarizado. Polarización y extremos. Bandos irreconciliables, algunos irreconocibles, otros imperdonables. Colombia se debate de nuevo por una disfrazada democracia que tiene a medio pueblo defendiendo candidatos y propuestas.

Amigos que dejan de serlo por los colores y las caras de sus partidos políticos, familia que se dispersa por la misma razón, y el otro medio pueblo que ni se inmuta por lo que pasa, como si vivieran en otro país.

He sido un incorregible militante de la izquierda, no tan a la izquierda, más bien de centro izquierda, con vocación de progresista. He sido testigo de los discursos de Galán, Pizarro, Jaramillo Ossa, incluso de Pardo, he coincidido con muchos de sus análisis y propuestas de país.

Luego de sus desafortunadas desapariciones a manos del crimen organizado han aparecido otros como Carlos Gaviria, Robledo, Petro, que han enfrentado, más que a la politiquería, al mismo engañado pueblo que insiste en una ceguera social sin precedentes.

Hoy, presenciamos una de las más radicales confrontaciones políticas en la historia de América Latina. Bajo la amenaza de una venezolanización inevitable, los partidos tradicionales y sus derivados de derecha y extrema derecha continúan afincándose en un poder que raya en una demencial necesidad de autoprotegerse de sus desmanes. Mientras la izquierda intelectual y propositiva sigue dividida e irreconciliable.

Confieso la admiración que me causaba Claudia López en sus discursos anticorrupción, en su férrea defensa de la justicia y la verdad, o Fajardo, con su visión de un país innovador y moderno. Pero hoy, al lado de ese gran senador Robledo, arrastrado por sus compañeros de fórmula presidencial, empiezan a caminar en contravía de las necesidades más sentidas de sus seguidores: la unidad.

Uno de los sucesos más importantes de Colombia tiene que ver con la firma de los acuerdos de paz, que, ante todo, son una oportunidad histórica para hacer las cosas bien, para enrutar a Colombia hacia una nueva era, más próspera y equitativa para todos.

Tan creyentes que somos, tanto que pregonamos bendiciones de dios por todas partes, pero nos quedó grande comprender la importancia de acabar la guerra con una de las guerrillas más antiguas del mundo. A la par pregonamos el odio, la rabia y la venganza; pero votamos por políticos investigados por sus nexos con paramilitarismo, delincuencia común, carteles de toda índole, corruptos y grandes comerciantes de votos.

Y luego de toda esta locura, suenan dos candidatos: uno sin ideas, reproductor de estrategias pobres que condenarán definitivamente a este país a la debacle y, tal vez, al renacimiento de la violencia. Y a otro, con argumentos, con una visión de país diferente; señalado de polarizador, pero que en sus intervenciones invita a la unidad, al acuerdo. Perseguido no por sus ideas sino por sus acciones, porque pasó de la promesa política al hecho político y prueba de eso fue su administración en Bogotá, tan reconocida por los más necesitados.

Populista le dicen los del otro lado, y los de su lado también, solo porque plantea un país coherente con las necesidades del siglo veintiuno. Insisten en llamarlo polarizador y a mi parecer, luego de ver sus intervenciones y leer sus propuestas y volver a escuchar, no veo por ningún lado algún indicio de polarizar.

En cambio, las demás campañas han aprovechado muy acertadamente la fama creada por sus detractores para generar votos a favor. Bien lo constata con vehemencia Claudia López, que insiste en utilizar la estrategia uribista de repetir lo mismo hasta el cansancio para convencer a su audiencia. O dicho de otra forma: una mentira repetida tantas veces se convierte en verdad. Célebre y nefasta frase de Goebbels.

Cada vez la distancia es mayor entre los sectores más afines a ese país desprotegido, vilipendiado y ahora exprimido. Vivimos una situación similar a la de esa “Francia Neoclásica”, con enormes impuestos y necesidades básicas insatisfechas, con un pueblo cansado y manipulado, mientras ellos, los reyezuelos, se dan la gran vida en sus mansiones, llenan sus platos de manjares mientras siguen muriendo niños desnutridos ante la mirada impotente de sus madres.

Un pueblo votando con miedo y rabia, emociones ligadas al instinto, no a la razón. Pero no reaccionamos, seguimos impávidos. Acá no hubiesen surgido movimientos libertarios que acabaran con ese feudalismo exacerbado, no; si hubiésemos sido franceses, defenderíamos la monarquía mientras extendemos las manos esperando la limosna real.

Se alinea el bando de la falsa democracia, aceitan su maquinaria para que una vez más todo siga el rumbo de sus malas intenciones. Mientras que el bando de las grandes utopías insiste en perseguir sus propios horizontes sin comprender que su pueblo los necesita unidos, con un lenguaje incluyente y respetuoso, juntándose alrededor de las ideas y las acciones, llevando un mensaje de verdadera esperanza capaz de lograr que cada colombiano decida que su voto vale mucho más que un almuerzo.

Un mensaje tan contundente que lleve a esa mitad de país que no asiste a las urnas a respaldar la posibilidad de una Colombia capaz de vencer el subdesarrollo, el hambre y la desidia. Solo queda un camino, ya varios lo han señalado: Mockus, De la Calle, Petro… ojalá el candidato que falta comprenda a tiempo que es hora de cambiar la historia de este país. Reescribirla como se debe, entre todos.