MARGARITA-CALLE-1Algo anda muy mal en nuestra sociedad, cuando el tratamiento y la consideración que requieren un enfermo y sus parientes, sólo responde los parámetros de eficiencia de un sistema de salud minuciosamente regulado…

Por Margarita Calle

Cada día la vida nos enfrenta con situaciones complejas para las que nuestro entendimiento parece ser insuficiente. Existimos, es decir, estamos en el mundo, inmersos en la cotidianidad de nuestro entorno y, aunque la muerte es lo único certero que tenemos, pocas, muy pocas veces, contemplamos la posibilidad de nuestra partida. Como bien lo decía Epicuro, somos incompatibles con la muerte, pues cuando estamos con vida no hay muerte y cuando llega la muerte ya cesamos de vivir. Por eso la ausencia y el vacío que dejan los que parten, se convierte en un hecho fundamental para valorar el sentido de la existencia y la singularidad de la memoria que acompañará a quienes permanecemos todavía.

El pasado 18 de enero, en medio de la incertidumbre que rodea la condición del enfermo, en un país habituado a padecer las negligencias del sistema salud y a justificar la deshumanización de los servicios médicos, mi joven sobrino Felipe Calle Villegas se desprendió de nuestro presente. Aunque el hecho sólo concierne a la intimidad de nuestra familia, las condiciones que rodearon su padecimiento y el de su familia, nos llevaron a encarar de nuevo los efectos de un sistema errático, en el que pocos pacientes logran cumplir con los criterios definidos en el triage de las urgencias médicas, para lograr la atención oportuna, o los fijados por las entidades de salud para autorizar los tratamientos.

Algo anda muy mal en nuestra sociedad, cuando el tratamiento y la consideración que requieren un enfermo y sus parientes, sólo responde los parámetros de eficiencia de un sistema de salud minuciosamente regulado, en el que el tiempo de atención de los pacientes, el costo de los procedimientos y la oportunidad de la atención, están prescritas de antemano. Algo anda muy mal cuando médicos, enfermeras y funcionarios del sistema endurecen su humanidad, en aras de atender al pie de la letra las prescripciones de sus patrones, sin condolerse, en lo más mínimo, con el padecimiento del otro.

Acosados por el pragmatismo de la eficiencia, nos estamos dejando arrastrar por la avaricia de los indicadores, perdiendo en el camino la capacidad para mirar al otro en su singularidad, lo que ya acorta nuestra capacidad para la compasión y la bondad.

Deshumanizados, signados por el efecto que nos ha generado la ruptura con el universo afectivo y social que nos confiere identidad y nos hace semejantes, hemos ido perdiendo la empatía que reclama la práctica de la alteridad, olvidando que el otro, el que padece una enfermedad y quienes sufren los efectos de tal situación, merecen un trato considerado, oportuno y digno.

Felipe ya no está con nosotros, su calidez, su sensibilidad y su afecto permanecerán en nuestra memoria por siempre, alentados por la palabra y el abrazo generoso de quienes nos han rodeado en este momento.

* Directora Maestría en Estética y Creación, Universidad Tecnológica de Pereira