No olvidemos que la primera arma para luchar en contra de quien nos oprime es pensar (léase, reflexionar, cuestionar), de ahí que por todos los medios el sistema trate de evitar que ejerzamos esta facultad. No les sigamos el juego.

 

Por: Gloria Inés Escobar

El concejal de Santa Rosa, Ramón Cardona, en aras de argumentar la necesidad de respetar las leyes, utilizó en su discurso una frase del acervo popular que reza así: las leyes como las mujeres se hicieron para violarlas. Esta intervención ha puesto al concejal en la picota pública.

La frase en cuestión recoge muy bien toda la ideología misógina de esta sociedad, ideología que profesa, consciente o inconscientemente, la mayoría de seres humanos. Ideología que difunde, consciente o inconscientemente, la mayoría de personas. El desprecio hacia la mujer, lo mismo que el desprecio hacia los negros, los indios,  los homosexuales…, hace parte de la ideología que rige nuestra sociedad aunque sea negada, por todos, en los círculos abiertos de lo políticamente correcto, y aceptada, por una gran mayoría, en los círculos cerrados de la intimidad.

Esta ideología heredada de generación en generación fue creada, alimentada y transmitida por la clase dominante, a lo largo de la historia, con el fin de poder justificar y legitimar la opresión de todo tipo, sobre el resto de la humanidad. Su trabajo paciente ha dado sus frutos pues la mayoría de personas, incluidos los oprimidos de toda laya, la validan y transmiten de modo intencional o no.

Los dichos populares, las canciones, los chistes, las frases de cajón… forman parte del abanico de formas en las que estas ideas se imponen a fuerza de repetirse mecánicamente sin ningún tipo de reflexión. Basta echar una mirada a los chistes y memes que circulan en las redes sociales y reparar un poco en las letras de algunas canciones, por ejemplo, para darnos cuenta del contenido abiertamente misógino y discriminatorio que hay en los mensajes que por allí circulan.

La antropóloga británica Mary Douglas afirmó en unos de sus textos que hablar es ejecutar un ritual y tomar parte, intencionalmente o no, en la afirmación y reproducción de las relaciones sociales básicas y de los valores sustentados en común. Es esto exactamente, lo que acaba de pasarle al concejal. Sin intención de ofender a las mujeres y más aún, quiero creerlo, sin compartir para nada lo que en dicho refrán se dice (las mujeres fueron hechas para violarlas), el concejal, repito, al proferir la frase de marras, participó en la reproducción de un estado de cosas que justifica la violencia más brutal en contra de la mujer.

Pero no es solo el concejal, somos cada uno de nosotros quienes al repetir refranes de este estilo; al celebrar y compartir chistes que refuerzan ideas misóginas y racistas; al cantar y aceptar canciones como las cuatro babys (solo por mencionar una de las más recientes del maluquísimo Maluma); difundimos y legitimamos dichas ideas, validamos este sistema.

Si queremos una sociedad diferente, una sociedad en la que todos los seres humanos seamos respetados por igual, tenemos que atacar con contundencia la ideología imperante; debemos revisar las ideas que nos imponen, los valores que nos inculcan; someter a la crítica las palabras que decimos, las ideas que repetimos mecánicamente y reflexionar sobre lo que encierran; reparar en su contenido y estar alertas en aquello que promueven; debemos cuestionar, preguntarnos a quién o quiénes beneficia el que admitamos y hasta naturalicemos la discriminación, la segregación, la misoginia, la homofobia, el racismo… No olvidemos que la primera arma para luchar en contra de quien nos oprime es pensar (léase, reflexionar, cuestionar), de ahí que por todos los medios el sistema trate de evitar que ejerzamos esta facultad. No les sigamos el juego.