Pese a que el feminismo es un conjunto heterogéneo y variopinto de ideas culturales, políticas y sociales sobre la situación de la mujer en la sociedad, como movimiento que reivindica la igualdad de derechos y oportunidades entre hombre y mujeres resulta un bálsamo esperanzador en medio del fundamentalismo machista que infesta la sociedad.

 

Gloria Por: Gloria Inés Escobar Toro
En efecto y aunque en lo que podría llamarse genéricamente “el movimiento feminista”, caben diversas posturas políticas e ideológicas -inclusive antagónicas- en torno a la concepción y participación de la mujer en la sociedad y a la forma de conseguir su real y efectiva emancipación, levantar y sostener la lucha por la liberación de la mujer de todas aquellas ataduras visibles e invisibles que la mantienen sujeta a una condición de subordinación, dependencia e inferioridad, es un acto de tenacidad y determinación que merece respeto y admiración.
Y aunque dentro de esa amalgama de ideas que es el feminismo, se encuentran corrientes que explícita o implícitamente abogan por la superioridad moral de la mujer, por la exaltación de la maternidad y hasta por una apuesta e invitación al lesbianismo como forma de resistencia, no puede reducirse el movimiento a estas posturas pues independientemente de ellas la reivindicación central y más importante es, como ya se mencionó, la emancipación de la mujer. Estigmatizar el feminismo apelando al reduccionismo no es más que un intento de aplastar el movimiento, de desfigurarlo, y lo que es más grave, de invalidarlo lo que en últimas implica negar la realidad social que lo sustenta.

Repetiremos todo lo que sea necesario que pese a los logros y avances de la participación de la mujer en la sociedad, los cuales no negamos, las mujeres en todo los países, aun en aquellos considerados “más desarrollados”, siguen padeciendo discriminación y opresión tanto en la esfera pública como en la privada, y aunque tal discriminación no es igual para todas porque ésta varía de acuerdo a las culturas y a las condiciones económicas y sociales en que ellas se encuentran, son precisamente estas condiciones las que dan combustible a la lucha feminista.

De otro lado, el feminismo no pretende como se ha hecho creer, dar “vuelta a la torta” para someter a los hombres, tampoco busca venganza y desquite, de igual manera no quiere un mundo bajo el dominio absoluto de la mujer. Al contrario, el feminismo reconoce que una sociedad sexista como la que padecemos no daña sólo a las mujeres, también golpea a los hombres y, por ende, a la sociedad entera. No desconoce que así como para las mujeres el rol impuesto a ellas es un fardo duro e injusto de cargar, el impuesto a los hombres lo es también. Es decir, el sexismo y su manifestación más aberrante, el patriarcado, acarrea desdicha y problemas a ambos sexos, solo que con mayor crudeza y furia a las mujeres y entre ellas, a las más vulnerables: mujeres pobres, afro e indígenas.

Desde el feminismo también se sabe que la ideología patriarcal tan arraigada en la cultura, está sembrada en la conciencia de ambos sexos y por tanto, la lucha no es en contra de los hombres sino en contra de un sistema de ideas y prácticas que hombres y mujeres reproducimos muchas veces inconscientemente porque se han interiorizado de tal manera que aparecen como naturales, como normales y por ello a la mayoría les resultan invisibles.

El feminismo advierte además que la lucha contra estas ideas y prácticas, no resulta sencilla ni definitiva.

La lucha contra el patriarcado que tanto marca a hombres y mujeres pasa en primer lugar por el reconocimiento de su carácter lesivo para todos, de su capacidad para limitar y constreñir acciones y sentimientos humanos -y por tanto indiferenciados del sexo que se tenga- por ser considerados lícitos y propios para unos mientras para los otros, no válidos. Es así como se ha determinado férreamente que hay “cosas de hombres” y “cosas de mujeres” de tal manera que cuando uno de ellos franquea esa barrera establecida, es sancionado socialmente.

En segundo lugar, esta lucha exige persistencia y mucha determinación. Cada día se debe librar una batalla a nivel personal y colectivo contra pensamientos y comportamientos sexistas propios y ajenos que permanentemente afloran como consecuencia lógica de la educación que hemos recibido en el hogar, la escuela, la iglesia y los medios de comunicación, todos los cuales no hacen más que difundir y reforzar las ideas y actitudes de la sociedad patriarcal de la que son parte.                                      

En fin, el movimiento feminista con la multiplicidad que lo compone y todas las posibles desviaciones, fracturas y errores que seguramente alberga, ha ayudado sin embargo a develar con claridad cuan dañino y absurdo es el patriarcado, cuan injusto ha sido con la  mitad de la humanidad y cuan doloroso y frustrante ha resultado para hombres y mujeres en la medida que les ha impedido el despliegue de capacidades y actitudes que no olvidemos son propias de los seres humanos y no de un sexo en específico. 

Así mismo, aunque el feminismo no es la solución a todos los problemas de la sociedad y/o de las mujeres, en su lucha por la emancipación de la mujer viene abonando el terreno para una sociedad sin sexismo, fuente de inspiración y creatividad que sin duda reportará beneficio para la humanidad.
Pereira, septiembre 24 de 2014