HYLAS VIOLADO EN MANCHESTER. OTRA VEZ

Una obra del prerrafaleita John William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), ha sido descolgada de su pared en la Manchester Art Gallery para animar al debate sobre la «cosificación» de la mujer…

 

Por / José Juan Picos

Esta semana me han tildado de «indocumentado». ¡Será por carnés! Llevo en el bolso el de identidad, el de conducir y cinco de bibliotecas estatales, provinciales y municipales. ¿Cómo?, ¿que si uso bolso? ¡Pues claro! Ni mochila ni  morral, ni riñonera ni mariconera: b-o-l-s-o. ¿Dónde, si no, iba a meter tanto carné, la cartera, el monedero surfero, las gafas de presbicia, el bloc de notas, el móvil, el plumier, un par de libros y lo que se tercie? Uno madura cuando, por fin, pone la comodidad por delante de los prejuicios.

La culpa de tamaño baldón profesional —«indocumentado»— es del dichoso cuadro de Waterhouse. No, pobrecito, él es tan víctima como yo. La culpa la tiene el feminismo amazónico (por las míticas guerreras andróctonas, no por el río). E «indocumentado» es lo más leve que las seguidoras de #MeToo me han llamado. Todo por acordarme de Farenheit 451 cuando me enteré de la retirada de un cuadro con desnudos en Manchester.

Recapitulo para los afortunados ignorantes de la rabiosa actualidad. Una obra del prerrafaleita John William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), ha sido descolgada de su pared en la Manchester Art Gallery para animar al debate sobre la «cosificación» de la mujer… ¡Alguien se dio cuenta de que a las náyades se les ven las tetas!

Bueno, a todas no, las cosas como son. Siete ninfas por dos pechos hacen catorce senos, pero, en realidad, solo se ven seis. Los otros ocho están ocultos por briznas de hierba y vegetación lacustre y por las posturas de las protectoras de la charca. Por cierto, en castellano es Hilas, con i. En el título he dejado la griega para que Google me lo menee mejor.

¿Cuánto hay de Farenheit 451 en la retirada del Hylas?

A quien piense que exagero por mentar a Ray Bradbury le regalo este fragmento de su novela de pirobomberos:

Consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No debemos meternos con los amantes de los perros, de los gatos […] mormones, baptistas […] chinos de segunda generación […] nativos de Oregón o de México. En tal libro, en tal obra, en tal serie de televisión la gente no quiere representar a [nadie] real. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las minorías, por muy pequeñas que sean, con sus ombligos siempre limpios. Los autores están llenos de pensamientos malignos; hay que bloquear las máquinas de escribir…

… y romper los pinceles, que los carga el machismo. Eso escribía Bradbury en 1953. Sesenta y seis años después, aquellas palabras no han envejecido ni un segundo.

El cuadro descolgado en la galería de Manchester, «Hilas y las ninfas», de John William Waterhouse.

Se me reprocha que no he leído las informaciones sobre la retirada del cuadro. Por tanto, se me acusa de hablar de oídas o de dar voz a mis prejuicios. El caso es que me documenté en El País, en ABC, en eldiario.es, en El Mundo, en El Español y en The Guardian.

«Entonces es que no las has leído completas». Hasta la publicidad del faldón.

«¡Pues no te has preocupado de repasar las actualizaciones!». Que sí, la de El País, por ejemplo, que da fe de «un error»: todo forma parte de un vídeo para la exposición de la artista Sonya Boyce. Vaya, me quedo más tranquilo…

¡Venga ya! Si las feministas han visto una intención ideológica en el cuadro de Waterhouse, los demás la podemos ver en el vídeo de Bryce. Tan poco inocente es un arte como el otro.

«Hilas y las ninfas acuáticas», óleo de la pintora británica Henrietta Rae (1859-1928).

La excusa para censurar el cuadro de Waterhouse es que se quiere «aperturar» un debate sobre el uso y abuso del cuerpo femenino. Debate smiling, que es como se hacen las revoluciones hoy en día. Pues a mí no me hace maldita la gracia.

Y menos cuando leo la justificación de la conservadora del museo, Clare Cannaway: «Siento vergüenza por no haber abordado este asunto antes. Hemos olvidado fijarnos en este espacio y pensar apropiadamente en él», en referencia a los debates generados por #MeToo y Time’s Up.  ¡Pamplinas! Ya se ve que la conservadora sigue los consejos del jefe de pirobomberos de Bradbury.

Más que censura, lo que nos ahoga es la galopante puerilidad de la población adulta de Occidente. Su evidencia es el éxito del pensamiento mágico entre los defensores de la diversidad, aunque no tengan la exclusiva. Cuando un niño se asusta cierra los ojos. Cree que, así, el «monstruo» desaparecerá por arte de magia. A veces refuerza su ceguera temporal con un grito: «¡Vete!». El adulto inmaduro pervierte la idea infantil: «¿Por qué voy a cerrar yo los ojos? ¡Que cierren ellos la boca!».  Y si no la cierran, no les decimos que se vayan, los quitamos de en medio.

Bradbury habla de otro recurso para alcanzar el ideal de una sociedad iletrada. Se indigesta a las masas con una ingente cantidad de cultura en píldoras hasta llevarlas a la bulimia intelectual. Al vomitar, lo que sale son prejuicios y furia. Lo siguiente es un proceso anoréxico por el que ya no se permite la entrada a ningún alimento intelectual.

«Hilas raptado por las ninfas», cuadro de Édouard-Théophile Blanchard (1844-1879).

Soy un escritor, guionista y periodista educado en un país occidental, España, con un riquísimo legado histórico, cultural y artístico. De ahí que me sean indispensables dos alimentos hoy despreciados y que, sin embargo, son ingredientes esenciales del caldo de nuestra identidad: la mitología griega y la hebrea. Es decir, la Ilíada y la Odisea de Homero, la  Teogonía y los Trabajos y Días, de Hesíodo, y la Biblia.

Hasta los descreídos como yo encontramos en ellos arquetipos, símbolos, situaciones e inspiración. Si los respetáramos, pero de cerca, magreándolos y, sobre todo, leyéndolos, evitaríamos ridículos tan hilarantes como el de la charlotada de Manchester. ¿Por qué «ridículo» y «charlotada»? A eso voy.

Mosaico galorromano del siglo III que representa el rapto de Hilas por las ninfas.

Antes de llegar a convertirnos en una edénica sociedad sin letras ni pensamiento propio, hemos de pasar por la etapa actual, que es la del analfabetismo funcional, que nos aleja de la adultez y nos devuelve a la infancia.

Las feministas que han elevado su endémica censura hasta la dirección del museo mancuniano se lo habrían pensado mucho de conocer su mitología, que es la de todos. Más escandaloso sería que la conservadora tampoco la conociera cuando ha sido fuente de tantas y tantas obras de arte.

De hecho, hay grupos de lesbianas que usan símbolos mitológicos: el labrys, el hacha de dos cabezas minoico que simboliza a la Diosa Madre; o, con menos tino, la virtuosa corredora Atalanta, quien, menuda paradoja, se casó con el primer hombre que le tiró tres manzanas de oro a los pies.

Salvo El Mundo, que ofrece algún dato sobre el argumento del cuadro, tampoco los medios españoles que he consultado han subrayado la muy contradictoria acción perpetrada en el museo mancuniano. Y digo que hay contradicción porque las censoras, al mirar el cuadro, han leído «tetas» y «patriarcado» pero no han entendido nada del texto de la obra.

Hilas y las ninfas representa el instante previo, congelado por Waterhouse, al rapto y violación de un menor gay por una manada de genios silvestres. Un delito de género cometido por personajes femeninos en la persona de un doncel homosexual. Aviso de que calificar a Hilas de homosexual es una burda actualización de un rito socio-educativo heleno, pero sirve para que nos entendamos.

Hylas era la media naranja

de una naranja homosexual…

El mito censurado en Manchester tiene como protagonista a un erómeno. Es decir, a un efebo griego «amado» —eso significa erómenos— por un erastés («amante»), un varón adulto de su misma condición, generalmente aristocrática, y con un grado superior de cultura y de compromiso político (con su polis). Claro, hablamos de la pederastia helénica, rito de paso por el que un adolescente se hacía hombre y, sobre todo, ciudadano. ¿Y quién era el erastés de Hilas?

Pues el arquetipo de la masculinidad, el héroe engendrado por Zeus en Alcmena: Heracles. Y aquella no fue la primera vez que Hércules cruzaba la calle. Asegura Plutarco en Obras morales y de costumbres que los amados de Heracles son difíciles de catalogar «por su gran número». Ya había tenido a su cargo y entre los brazos a su sobrino Yolao, su escudero y auriga. Otro día explicaré por qué los carros de guerra griegos se parecían tanto al Simca 1000 de los Inhumanos.

En este fresco de la Tumba del nadador de Paestum (Italia) vemos, recostadas en sus «kline», a dos parejas de pederastas.

El caso es que la pareja se enroló en la tripulación del Argos para ir en busca del vellocino de oro, cuya réplica en miniatura, el Toisón, ha recibido esta semana Leonor de Borbón. Y en eso estaban cuando a Heracles se le rompió el remo. Sería de tanto usarlo, como el amor de Rocío Jurado. De ahí que desembarcaran en Misia, actual provincia turca de Balikesir, para que el héroe pudiese arrancar un abeto con el que tallar una tranca nueva. Hilas aprovechó para hacer aguada, momento que recoge Waterhouse en su obra.

Si nos fijamos, veremos que, con la mano izquierda, el efebo está metiendo en el agua lo que podría ser una hidria. En ese instante, las ninfas protectoras del lugar, náyades por ser de agua dulce, salen a la superficie, encandiladas por la belleza del muchacho. Ni cortas ni perezosas, como seres silvestres e instintivos que eran, lo agarran entre todas para sumergirlo. Hasta tres veces lo intentan, las misma que Hilas, desesperado, pudo sacar la cabeza del agua para llamar a gritos a Heracles. Así que no nos queda ninguna duda de que dijo «¡No!» y de que opuso resistencia «cierta e indubitable». Esfuerzo inútil, pues, al final, la manada de salvajes espíritus de la Naturaleza se salió con la suya.

Cortejo pederasta en un ánfora ateniense del V a. C.

Por su parte, Heracles, desesperado, empezó a buscarlo y a llamarlo a grandes voces. Tres días con sus noches anduvo así. Los Argonautas, hartos de esperar, se fueron sin él. De ahí que Hércules no pudiera sumar a sus hazañas el robo del vellocino. Abatido por la pérdida, el héroe dejó de buscar a su amado. Pero comprometió a los misios bajo amenaza —y nunca amenazó en vano— para que siguieran buscándolo. Durante generaciones, sus sacerdotes fueron en procesión al bosque para gritar el nombre de Hilas tres veces; las mismas que el pobre doncel pidió auxilio.

Y eso es lo que unas analfabetas funcionales han descolgado. Hilas violado de nuevo, esta vez en Manchester. Bien mirado, las feministas serían las primeras interesadas en mantener el cuadro de Waterhouse en la pared. Deberían, incluso, convertirlo en santuario y organizar peregrinaciones.

La pederastia era otra muestra de la talibánica segregación de la mujer en la muy civilizada Grecia. Las griegas, como los extranjeros y los esclavos, no tenían derecho a la ciudadanía; por eso se les retiraba a las madres la tutela de quienes iban a convertirse en ciudadanos de pleno derecho. Otros hombres, sus iguales, debían hacerse cargo de los adolescentes. Visto así, el rapto de Hilas por las ninfas puede entenderse como un acto subversivo. Es una revancha contra el dominio heteropatriarcal de los pederastas griegos. Total, todos habremos visto justificaciones más peregrinas…

Y ahora que sabemos de qué hablamos, ¿debatimos?

P. D.: recomiendo la lectura de este artículo de Ricardo Dudda en El País (ver)