Ojalá tengamos los testículos necesarios para dar valor al pensamiento, a la duda y al amor, como tuvo el valor de tenerlos y perderlos el gran filósofo medieval Pedro Abelardo.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Hay hombres que pasan a la historia por sus ideas, sus acciones o sus padecimientos. En el caso de Pedro Abelardo, la historia lo recuerda por un amor que le costó su virilidad y el olvido, casi extendido, de sus reflexiones. Ante esa muralla de prejuicios que se tejen alrededor del filósofo medieval y la época en que vivió, Eduardo López Jaramillo realiza en su libro Cuando escuches de grandes amores un excelente ensayo sobre las peripecias del amor y del pensamiento que encarnó Abelardo.

Tal como lo realiza el escritor pereirano, siempre es bueno quitar unas cuantas telarañas sobre la edad media. Ya que, en términos generales, es considerada como una etapa de retroceso y pocos avances para la humanidad; una gran pausa en la carrera frenética hacia el progreso. Sin embargo, este ha sido un prejuicio que se ha tejido sobre un momento de la historia de la humanidad, tal como lo demuestran los estudios de Jacques Le Goff, historiador medieval.

Uno de los múltiples puntos en los cuales se apoya Le Goff para refutar los tabúes sobre la edad media es mostrar cómo allí surge la conciencia individual. En 1215 se estableció la confesión obligatoria, es decir, se abandona la confesión pública de los pecados y se pasa al confesionario; las personas deben realizar un examen de conciencia lejos de los ojos de la multitud. Esta idea se desarrollará de tal manera que, tiempo después, Foucault equipara la terapia psicoanalítica con el confesionario medieval.

O cómo olvidar la impresión que tiene San Agustín al ver leer en silencio a San Ambrosio, rompiendo la tradición de la lectura colectiva. Sumergido en sí mismo, aquel santo da los primeros pasos que permiten formar una idea de un sujeto que se retrae sobre sí mismo para entender el mundo. Una conciencia individual que necesita alejarse del tumulto para razonar y cuestionar el mundo que la rodea.

Nadie puede negar que la edad media estuvo atravesada por guerras y barbaridades de todo tipo, como todas las épocas de la historia de la humanidad, claro está.

Ahora bien, Pedro Abelardo fue un pensador notable de su tiempo que se valió de la lógica para interrogar y analizar los paradigmas de la sociedad en que vivió. En esta breve columna sólo se analizarán algunas de sus reflexiones, la tragedia del amor es lo sabido, el cotilleo filosófico.

Así pues, la lógica fue el arma predilecta con la que examinó los misterios del hombre y de Dios; un arma que terminó por traerle muchos enemigos al interior de la iglesia. Solo basta observar el análisis que realiza de San Anselmo, uno de los grandes referentes del pensamiento medieval.

Debía su reputación más a la rutina que a la inteligencia o la memoria. Cuando se golpeaba su puerta para consultarle acerca de una cuestión dudosa, se regresaba con más dudas todavía. Era admirable, ciertamente, ante un auditorio mudo, pero se mostraba nulo cuando se lo interrogaba. Tenía una gran facilidad de palabra, pero poca profundidad y ninguna lógica.

Resulta curioso observar cómo Abelardo apela a la demostración de los razonamientos de San Anselmo para darles valor. Esto con el fin de no caer en una falacia de autoridad, a saber, creer que el otro tiene razón por el simple hecho de ser una autoridad. Al no poder demostrar sus ideas o ser claro con sus pensamientos, Abelardo es implacable con Anselmo y muestra las falencias en sus pensamientos; claridad y profundidad son dos condiciones necesarias al pensamiento.

El error en que caían muchos monjes medievales se repite a lo largo de la historia. Por eso no es extraño ver a estudiantes universitarios hoy en día aceptar con una fe ciega las palabras de los docentes que, con aíre de superioridad, dan discursos de poca profundidad. Lo peor de esta situación es que se niegan y menosprecian el diálogo; los males del hombre parecen ser atemporales.

Estas paradojas del pensamiento del ser humano traen a la memoria las palabras de Nietzsche que señalaba: “hay espíritus que para parecer profundos enturbian las aguas”.

Abelardo realiza un ejercicio permanente de reflexión que lo llevó a tomar posiciones que cualquier pensador de la ilustración envidiaría. Se declaró en completa rebeldía ante las escuelas que promulgaban el repetir y repetir como método de enseñanza, lo que importa es la reflexión y el pensamiento, sostenía Abelardo.

De ahí que rechazará las figuras de autoridad como fuentes de verdad absoluta; la verdad sólo puede ser alcanzada por la razón, incluso la verdad divina. Por eso son tan acertadas las palabras de Eduardo López al considerar a Abelardo como un griego en permanente búsqueda de la verdad.

La lógica le permitió a Pedro Abelardo expresar sus pensamientos con la claridad suficiente para ser entendido por un amplio sector de la población. Algo que iba en contra de la tradición eclesiástica de expresar un mensaje divino que pocos hombres podían comprender.

Los discursos encriptados no son sólo un mal de una parte de la iglesia medieval. Hoy las universidades construyen discursos teóricos que sólo comprenden, en el mejor de los casos, algunos profesores y estudiantes. La universidad, valiéndose de un lenguaje especializado y autoritario, se convierte en un gran convento de saberes que sirve poco a la sociedad. Así los profesionales pasan a ser los nuevos monjes de la burocracia y la industria que repiten y repiten.

La vida de Pedro Abelardo, sin lugar a dudas, es apasionante y compleja; sus pensamientos alrededor de la lógica y la claridad conceptual son más que necesarios hoy en día. Por eso es tan importante el ensayo de Eduardo López Jaramillo, pues rescata al hombre de las catacumbas medievales y chismorreos para dar luz a su pensamiento.

Ojalá tengamos los testículos necesarios para dar valor al pensamiento, a la duda y al amor, como tuvo el valor de tenerlos y perderlos el gran filósofo medieval Pedro Abelardo.

*ccgaleano@utp.edu.co