Al divagar por los senderos del lenguaje, para detenerse ante los siempre, los nunca, los todos, los ninguno…  quizás lo mejor sea guardar silencio.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

A veces compartir un té o un café termina por ser la excusa perfecta para objetar una idea, una palabra. Sucedió mientras tomaba un té con una buena amiga que me recriminó que en una de mis columnas hablara en términos generales de los abogados. Decir o dar a entender que todos eran unos interesados en el dinero y lo que menos les importa son las leyes, es un error. Y tenía razón, a veces se escribe y se piensa en términos absolutos sobre la realidad, lo cual termina por generar malos entendidos, lo que es peor, una ceguera intelectual.

Son comunes en las conversaciones los “siempre te amaré”, “todos los policías son unos ladrones”, “ningún profesor enseña” … la lista es larga y los absolutos permiten ahorrar tiempo, evitar el esfuerzo de pensar y precisar.

Basta analizar el autoengaño que labran los enamorados al decir que su amor durará para siempre. Ese “siempre te amaré” muchas veces oculta las dificultades y las decepciones que están unidas a todo proyecto amoroso. Lo que es peor, termina por convertirse en una cárcel en la cual ninguno de los dos amantes puede reconocer el fracaso; impide confesar que ya no se podrá construir ni un presente ni un futuro juntos. El “siempre te amaré” es una carga, una cadena donde muere el amor.

Aunque debo reconocer, haciendo un esfuerzo sobrehumano, que hay una afirmación que es difícil no pensarla en términos absolutos. Esa que muchos ciudadanos quisieran agregar como un verso más al himno nacional y entonar a todo pulmón; todos en algún momento la hemos utilizado, cuando en medio de la indignación y la impotencia afirmamos que: “todos los políticos son unos ladrones”. Pese a las evidencias documentadas y los rumores que hablan del pasado de políticos que robaron, asesinaron y se hicieron ricos de la nada, a pesar de la contundencia de la realidad, es preciso matizar.

Al fin y al cabo, existen mujeres y hombres que ejercen la política de una manera decente y desde sus comunidades procuran servir. Enfrentándose muchas veces con los poderes tradicionales que no quieren que las personas disfruten de los derechos de un Estado Social. Estos líderes anónimos, en muchas ocasiones, trabajan a diario para que sus comunidades puedan surgir. Sin importar el peligro que trae preocuparse por los demás; las balas amedrantan, pero no los detienen.

Y si hay personas en los barrios y juntas de acción comunal que hacen bien su trabajo, no es posible negar que hay senadores, magistrados y otros tantos funcionarios que cumplen su labor. Vigilando y objetando, estando atentos a las coimas y las trampas que muchos otros políticos quieren insertar en las leyes para obtener beneficios particulares. Quizá sean pocos; no obstante, existen e ignorar su labor solo acentúa esa depresión y pesimismo colectivo en que vivimos.

En ocasiones pienso que esta sociedad delirante se edificó a partir de ideas demasiado generales, ideas demasiado completas y perfectas. Donde desde un principio se sabe todo: estos son los buenos, aquellos los malos; estos los ladrones, los otros las víctimas… caminar de la mano de estas ideas traza un paisaje en blanco y negro, semejante a un tablero de ajedrez.

El problema está, recordando las objeciones de mi amiga, en que la realidad es más compleja y sutil. Al no ser conscientes de los tenues matices que ofrece la vida, volvemos sobre los errores del pasado, caminamos en círculos, juzgamos y erramos. La tarea permanente está en andar con una lupa en la mano y un telescopio en la otra, para analizar desde diferentes perspectivas los fenómenos de la sociedad. Para así evitar los lugares comunes de los noticieros y analistas de café que sólo repiten y repiten.

Al llegar a este punto, transito con cuidado para evitar caer en términos absolutos. Sin embargo, ¿para qué carajo nos sirve entonces los siempre, los nunca, todos, ninguno…? Parece ser que su mejor uso puede ser en la retórica, es decir, en los discursos que pretenden impactar o alertar.

“Todos los humanos estamos amenazados por el calentamiento global”, dicen varios científicos y no lo dicen en charla. Las cifras del aumento de la temperatura, el excesivo consumo de recursos fósiles y la estupidez desenfrenada del hombre han puesto al planeta en una posición de peligro. Ignorando la contundencia de los hechos, muchos políticos prefieren mirar portadas de bellas playas, que las imágenes vergonzosas de osos polares hurgando en la basura.

Quizá podamos recordar que nuestro paso por este planeta es transitorio al invocar aquel célebre silogismo: “todos los hombres son mortales”. Que la vida no se puede desperdiciar en labores rutinarias que no tienen ningún fin. Aquel silogismo vaciado de la carga lógica y lleno de un contenido existencial, puede ser la mejor forma de romper las cadenas de un sistema de producción que busca individuos dóciles. Así, al recordar nuestra finitud, podremos encarar la vida.

Al divagar por los senderos del lenguaje, para detenerse ante los siempre, los nunca, los todos, los ninguno… quizás lo mejor sea guardar silencio.