Giussepe RamirezTal vez el invento más influyente después de Dios sea el Dinero—atendiendo a la cronología, no al número de seguidores—, que en las cárceles toma forma de cigarrillo; en la red, es etéreo; y en las calles, de plástico, papel, metales acuñados (casi tantas advocaciones como las de la virgen).  

 

Por Giussepe Ramírez

Hay que recordarle a la gente que el dinero, como Dios, es un acto de fe. El menos móvil y más antiguo de los dos es Dios: tiene las mismas características desde el inicio de los tiempos, pretendemos entenderlo con un único libro, las reglas no se modifican. El dinero, en cambio, es mucho más joven y su valor fluctúa un poco más que la idea de Dios. En consecuencia, la conveniencia de la moneda es mayor.

Ninguno tiene valor de uso. Pero además Dios corre con la mala suerte de tampoco tener valor de cambio. En el mercado no me recibirían padrenuestros por naranjas (aunque en las iglesias y los cementerios la gente paga porque el cura le rece al muerto). La gente confía más en la firma del gerente del Banco de la República, en el olor característico del papel donde se imprime, en sus colores y marcas específicas. Pero ay del mercado si cunde la desconfianza colectiva y esos papeles empiezan a valer lo mismo que un padrenuestro. Hay que ser muy conscientes de que esos papelitos en la billetera sirven para comer y para vestirse por un acuerdo tácito, común, que en cualquier momento se rompe. En época de hipertextualidad y democratización de la información, una noticia nos puede trasladar de una situación de abundancia a una de carencia (con la misma cantidad de papel en los bolsillos).

Unos son escépticos y su poca fe los lleva a gastar rápido el dinero porque mañana no se sabe. Esta práctica temeraria se llama en Economía “no suavizar el consumo”. Hay gente que suaviza mucho y raya en la mezquindad, como creyendo inmortal el acuerdo tácito y su paso por la tierra. Tienen una fe enorme, una altísima valoración del futuro. Pero en época de vacas flacas, son los que menos mal la pasan. Unos se inclinan por llevar su dinero al banco; otros, desconfiando de los banqueros, lo guardan debajo del colchón, en alcancías de cerámica, en bolsas bajo tierra. Todos actos de fe.

Como en las historias de grandes defraudaciones en el mercado de valores, algunos se vuelven ricos por la fe de los demás, de los incautos. O no necesariamente incautos, pero sí con la confianza para dejar los papeles con desconocidos que llevan traje de sastre y corbata. La fe mueve montañas de dinero a ciertas manos. Montañas que generalmente se esfuman antes de que los responsables vayan a la cárcel. O se materializan en bienes inmuebles, que rápidamente pasan a otras manos.

Y aunque el papel aguante todo, muchos se sienten más seguros viendo unas cifras en la pantalla. Realidad virtual que altera el estado de ánimo dependiendo de donde estén ubicados los ceros. Desde el celular uno le puede decir a un montoncito de dinero que se mueva, y se mueve. Y no centímetros, ni metros, nada de eso. Atraviesa océanos, miles de millas. Tal vez el invento más influyente después de Dios sea el Dinero—atendiendo a la cronología, no al número de seguidores—, que en las cárceles toma forma de cigarrillo; en la red, es etéreo; y en las calles, de plástico, papel, metales acuñados (casi tantas advocaciones como las de la virgen).