Muchos de ellos se debaten en una curiosa frontera ideológica: cuando tienen contratos con el Estado son oficialistas a rajatabla y al mismo tiempo profesan ideas casi socialistas.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

Ya les he contado que mi vecino, el poeta Aranguren, irrumpe en mi casa cada vez que los desasosiegos del amor, las decepciones propinadas por su amado Unión Magdalena o la locura del mundo lo asaltan en la alta noche.

“¡Que sí, que sí coñooo, que el gobiedno de Duque noj va a jumigad con el temible Agente Nadanja!”

Bramó a modo de saludo, estropeando la siesta de nuestra gata Fortunata.

Durante unos segundos sentí pánico: los gringos y sus cómplices en el gobierno de Iván Duque habían decidido reemplazar el glifosato por un defoliante más feroz.

Como ustedes saben, el Agente Naranja es un herbicida letal del que se irrigaron más de cuarenta millones de litros entre 1962 y 1970, como parte de la estrategia de guerra ejecutada por los Estados Unidos durante su incursión en Vietnam.

Las secuelas en la tierra, así como en humanos y animales continúan sintiéndose medio siglo después.

Pero no: el poeta Aranguren se refería a otras cosas.

Desplegando un ejemplar del diario económico La República del 12 de septiembre de 2018, leyó en voz alta las declaraciones de un funcionario del gobierno que hablaba en tono perentorio de la necesidad de desarrollar esa rama de la economía basada en  tres puntos básicos: la creatividad, la cultura y las artes como materia prima; la primacía de los derechos de propiedad intelectual  y la función directa de los dos anteriores como parte de una cadena de valor creativa.

Entre esos servicios se cuentan la cultura y las expresiones artísticas en general.

Es lo que llaman La Economía Naranja.

El presidente lo dejó claro en la ceremonia de su posesión, el 7 de agosto de 2018:

Nos la vamos a jugar para que este país tenga la posibilidad de ver en los emprendedores tecnológicos unos nuevos protagonistas del progreso. Que el internet de las cosas, que la robótica, que la impresión en 3D, empiecen a hacer de Colombia ese centro de innovación que tanto nos merecemos.

Iván Duque tenía razones para saberlo: junto a Felipe Buitrago es autor del libro “Economía Naranja: una oportunidad infinita”, una publicación  auspiciada por el Banco Interamericano de Desarrollo. La obra hace énfasis en el potencial de la economía creativa y cultural.

Como sucede tantas veces con cosas y conceptos mal entendidos, desde distintos frentes culturales y artísticos salieron a celebrarlo.

“Al fin la cultura y las artes pueden entrar a competir en mercados abiertos”, exclamaron algunos artistas y gestores culturales.

La verdad, no me extrañó. Muchos de ellos se debaten en una curiosa frontera ideológica: cuando tienen contratos con el Estado son oficialistas a rajatabla y al mismo tiempo profesan ideas casi socialistas.

Cuando no los tienen o están a punto de perderlos se convierten en opositores.

En medio de su entusiasmo, no se fijaron en un detalle: las cifras utilizadas para impulsar el concepto de Economía Naranja incluyen en la misma bolsa toda la franja conocida como Entretenimiento: conciertos masivos, restaurantes, eventos deportivos.

Y al final, como en los noticieros de televisión, aparecen la cultura y las artes.

En la citada publicación de La República aparecen las siguientes cifras:

El potencial de la economía naranja es enorme y ya se observa en el PIB. Solo el año pasado movió más de $20 billones entre artes escénicas, productos audiovisuales e industria musical, lo que es casi 2,3% del Producto Interno Bruto, un porcentaje igual o superior a otras actividades económicas que reciben más subsidios. En todo el mundo, la economía naranja tiene un valor aproximado a los US$4,2 billones, en industrias que cada día transforman la manera cómo nos entretenemos o nos informamos. En América Latina, la cifra casi se acerca a los US$200.000 millones, en donde Colombia es uno de los más representativos. Hay mucho por crecer, pero hay que blindar este camino.

Los números son sugestivos y pueden encandilar a cualquiera. El asunto de fondo es  lo que inquieta al poeta Aranguren: bajo esa perspectiva todo queda sujeto a las llamadas Leyes del mercado.

¿Acabarán los artistas y gestores sometidos a los caprichos y gustos de los consumidores? ¿Adónde irán a parar los componentes éticos y estéticos que se suponen parte de todo acto creador?

Mucho me temo que esas preocupaciones pertenecen al pasado: en el reino del espectáculo sólo valen los conceptos de compra y venta

Ya lo sabían en París, la ciudad que mató de hambre a Amadeo Modigliani y cuyos marchantes se enriquecieron décadas más tarde con la venta de sus cuadros.

No sé, le digo al atribulado Aranguren: sospecho que uno de esos marchantes fue el inventor de la Economía Naranja.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada