Amor con hambre no dura

El pueblo venezolano cerró la boca de varios, de izquierda y derecha, que esperaban que el oficialismo se robara las elecciones—idea alimentada por la suspicacia que genera su sistema electoral—. Con todo el aparato mediático local a disposición del gobierno, la ciudadanía logró un resultado contundente que no dejó lugar a dudas sobre el deseo de un cambio de rumbo.

Por Giuseppe Ramírez 

Giussepe Ramirez No es un secreto que detrás de un matrimonio, además del amor—que en muchas ocasiones brilla por su ausencia—, existan motivaciones económicas. El asunto se ha formalizado tanto que hay modelos económicos sobre la unidad productiva que es el matrimonio. Se habla de utilidad esperada al casarse, costo de oportunidad de la soltería, riesgo financiero de divorciarse (aquello de la separación de bienes), etc. No es gratuito que un matrimonio generalmente se dé entre personas con características socioeconómicas semejantes, y que la movilidad social en estos (el hacendado que se casa con la señorita del servicio) sea casi exclusiva de las telenovelas. Toda esta sofisticación matemática alrededor del tema parece frivolizar, dar apariencia de procedimiento mecánico, a algo donde se supone los móviles deben ser sentimentales. Y sí, es frívolo desde un punto de vista micro, como si una esposa citara aquella trillada frase de campaña de Bill Clinton para explicarle a su esposo por qué se va o por qué elige a otro: «The economy, stupid».

Pero ahora pensemos en algo macro. El esposo es un gobierno, y la esposa harta los ciudadanos. Empieza el idilio y hay dinero para mantener la casa en orden. Incluso el esposo no gasta todo en casa, sino que puede echarse unas canitas al aire, convirtiéndose en un derrochón. Gasta con los amigos, gasta con las amantes. Pero de un momento a otro el dinero no llega en las cantidades acostumbradas porque lo que vendía la cabeza de hogar se abarató. La mujer empieza a notar la escasez en la nevera. Abre los ojos y ve lo que su esposo despilfarró con otras. Se aburre. Pide el divorcio. No es tan frívolo, ¿verdad?

En el mundo de la especulación yo aventuro que se acaban más matrimonios por dificultades económicas que por infidelidades. También es un hecho que una recesión hace hartar más rápido a los ciudadanos que una guerra civil. Parecería que cuando a varios les tocan el bolsillo, el poder de convocatoria es mayor que si están matando gente por causas políticas. La ecuación es sencilla. A pesar del discurso grandilocuente de que todos somos víctimas de la guerra, la realidad es que unos pocos la viven en carne propia. Pero cuando existe un error de política económica y la economía se resiente profundamente, todos sentimos la sacudida y tomamos cartas en el asunto con más facilidad (Cuba es la excepción). Es lo que ha pasado en Venezuela.

No hay gobierno que se salve de una cuenta de cobro por un descalabro en la economía. Es la que más caro se paga y la que más promueve la alternancia en el poder. No es un tema ideológico como quiere plantearlo Maduro, una lucha de la oligarquía contra el pueblo, la guerra económica impuesta desde Washington. Por supuesto que existen intereses para hacer fracasar el modelo que varios países en América latina han querido implantar. Pero eso no excusa, al menos a estas alturas de la historia, el mal desempeño de los gobiernos en materia económica: por ahora Venezuela y Argentina, Brasil está por verse. Un mal desempeño castigado en las urnas por los ciudadanos agobiados y no por una mano negra que rige el destino de los pueblos.

El pueblo venezolano cerró la boca de varios, de izquierda y derecha, que esperaban que el oficialismo se robara las elecciones—idea alimentada por la suspicacia que genera el sistema electoral venezolano—. Con todo el aparato mediático local a disposición del gobierno, la ciudadanía logró un resultado contundente que no dejó lugar a dudas sobre el deseo de un cambio de rumbo.