(Breve ensayo de anti-literatura)

 

MARTÍN RODAS IZQPor Martín Rodas, “Cipriano El Escribano”

 

 

 

 

Carta a manera de prólogo

Manizales, mayo de 2015

Para el Escribano, esa especie en vía de extinción, ese pasajero oscuro, ese canto Lautréamont.

Para el último escritor de calles espantosas como grietas, para el navegante de aguas residuales y el espectador de la primera y última gran opereta de la tragedia universal, un día en la vida de cualquiera de nosotros…

Querido poeta, he leído atentamente tus escrituras, tu novela por entregas, las columnas en la prensa cultural, y este hermoso ensayo que anuncia la gestación de la “anacrónica”, esta incomodidad de tiempo, esta batalla contra Cronos, esta ‘acronía’ en la que convergen todas nuestras penurias. Siento la necesidad vital de comentar, sin más afán que inaugurar una conversación escrita, lejos de la moda de los mail, entre El Escribano y Yo, que he tomado las palabras del poeta Roca prestadas por un momento, yo el ‘Inxiliado’.

Una primera sensación ha desatado en mi ‘inxilio’ la lectura de la primera Anacrónica: Escrito meticuloso, espinoso, lleno de matices, que me obliga a parar, a reír, a buscar. Siento que la imagen que desencadena lo escrito es potente, es lugar común y al instante, singularidad absoluta. Los campos yermos son una bellísima expresión que valdría la pena demorarla un poco más, permitirle detenerse en La Mancha hasta desembocar en el lamento yermo del cañón del río Cauca. Yermo es para mí, ora campo, ora lamento, la primera huella que deja tu escritura…

Una segunda sensación ha desatado en mi ‘inxilio’ la lectura de la primera Anacrónica: El Escribano no entendió que la palabra era el pueblo Y cuando alguien, querido Escribano, imaginó que se trataría de un texto refinado, multicultural y posmoderno, tú apareces con esto, gesta inadvertida, primer abismo, primer mareo… Y los ‘inxiliados’ nos preguntamos, ¿en qué momentos olvidamos que nuestros escritos se convirtieron en crónicas de lo que no nos toca, de lo que no nos atraviesa? Y como tú dices querido Escribano, el tiempo se encargó de convertir la palabra del pueblo en asepsia burguesa, en literatura de moda, en esta metamorfosis que bien podrías llamarla así, y de nuevo detenerte, para aumentar el placer de quienes te leemos, un poco más de esta desaparición en el laberinto de las fuentes…

Una tercera sensación ha desatado en mi ‘inxilio’ la lectura de la primera Anacrónica: Y tú arribas a la figura de ‘anacronista’, y declaras aliados a Benjamin, Lear, González… Y yo no dejo de pensar que allí habita el mayor tesoro de un ‘anacronista’, en la redención de los marginados, en el sacrilegio de una disciplina, que me arrebató casi un suspiro, casi una carcajada, casi todo, casi nada… casi…

El acto de la creación literaria está lejos de la mesa de Marcel Proust y más cerca de la cantina de aquel obrero que apuntó en la mesa… “quisiera abrir lentamente mis venas”…

Jaime Alberto Pineda Muñoz, “El Inxiliado”.

 

 Deseo celebrar con ustedes el bautizo de mi hija literaria, la “anacrónica”, especie que hace parte de la estética difusa y que nombré de esta manera porque se ajusta semántica y simbólicamente a mi pulso como escritor. Sus raíces están en la: CRÓNICA f. (del gr. Khronos, tiempo). Historia que sigue el orden de los tiempos…ANACRONISMO m. (del gr. Ana, contra, y khronos, tiempo)… Cosa no conforme con las costumbres de una época. Esto me permite, como padre de este neologismo, ser “El Anacronista” de mis ocurrencias sobre el papel, por lo cual, deseo contar un poco la génesis de este género…

Mientras en los campos yermos de La Mancha, Don Quijote libraba la última batalla imposible contra los molinos de vientos; en el cañón del Río Cauca, un lamento yermo como el olvido milenario de nuestra frágil humanidad, recorría los senderos más profundos y oscuros de otro paisaje soñado y anhelado por quienes siempre han buscado el vellocino de oro… así fuera en el fin del mundo.

Esa ruta dorada marcó nuestro destino de errabundos y ‘deambulantes’ castigados por el peso avasallador de culpas heredadas e impuestas a sangre y fuego… cruz y espada… mientras nuestra memoria fragmentada, vuelta añicos, agonizaba y agoniza todavía al vaivén de los estertores del holocausto.

Así, en medio del campo de batalla, El Escribano consignaba elegantemente la gesta de quienes, adorando al becerro de oro, morían inútilmente. Sólo quedaron las palabras, ese oro que como dijo Neruda, nos dejaron por el que se llevaron; y la palabra se hizo carne en un pueblo-crisol de indios, negros, blancos, mulatos, mestizos, zambos… como un arco iris infinito que no cesa de combinarse.

Al principio, El Escribano no entendió que la palabra era el pueblo, y sus oídos sordos, sólo escuchaban los cantos de sirena de quienes detentaban el poder amparados en los códigos, las leyes, los tratados, los manuales y esos compendios del supuesto “bien decir” llamados diccionarios. El Escribano se creyó el traductor de las voces populares y fue el tergiversador de culturas mágicas y ancestrales desviando sus saberes hacia la lapidaria conciencia maniquea y dual de la teologal inquisición que se bamboleaba entre dios y el diablo. Con su pluma, El Escribano borró de la faz del papel la multiplicidad y riqueza de las culturas indígenas, negras y populares europeas para instaurar discursivamente el reino de un terror dominado por dos entidades polarizadas en los férreos conceptos del bien y del mal.

El Escribano, con un lenguaje aséptico, limpio y puro, colocó cuidadosamente las palabras que provenían de las voces del pueblo, en los platillos de la balanza, para que el juez del Santo Oficio, dictaminara la sentencia. De todos modos el pueblo siempre perdía, ya en la hoguera “purificadora”, ya en la esclavitud, la ignominia y la injusticia.

De ahí que El Escribano haya sido el cronista oficial de su época, ajustado a un tiempo lineal dictado por los poderes predominantes: la monarquía, la iglesia, el estado… y es El Escribano quien deviene luego en literato, en el hacedor de la literatura, patrimonio de la élite de los “cultos” propietarios de la “cultura culta”. De esta forma desaparece El Escribano y surge una clase privilegiada por el capitalismo, que le permite el don de la locura, pues la consiente en ese nicho que dio en llamar “arte”, donde permanece hasta hoy confinada en una presunta libertad que sirve para que no subvierta al resto de la sociedad, sometida a la lógica mercantilista, a la cual, y sin quererlo admitir, también está subyugada.

Literato, literatura, letrados, etc… asumen el papel del antiguo escribano y permiten continuar con ese excluyente sistema en donde la voz del pueblo es ‘invisibilizada’. Sólo quienes tienen acceso a la más reciente información se mantienen en el top o cima y no desaparecen; de ahí que la pregunta clave, cliché y preferida en ese medio sea: ¿ya leíste a tal?… con el característico diletantismo, indiferencia y vanidad propias de quienes se creen superiores a los demás. Por este mismo motivo, también tienden a desaparecer tan rápidamente en el laberinto de las fuentes o en el proceso mismo de la literatura.

Pero aquí mejor callo, pues de hecho yo también me he nutrido de una u otra manera de ese mundo, de sus conocimientos, que sin querer queriendo, han sido parte importante en mi formación. Ahora, deseo hablar de lo que el tiempo elípticamente trastocó de la figura del escribano-cronista en ‘anacronista’, que es mi caso particular, pues a raíz de las anteriores reflexiones me he dedicado a escribir, más que literariamente, escrituralmente, porque a mis anacrónicas las concibo como fragmentos que giran en la atemporalidad y a la vez contra la temporalidad, en el sentido que estos tiempos que transcurren hoy en día no me gustan y estoy, de cierta manera, contra ellos, en resistencia… en desobediencia… como integrante de los alzados en almas siguiendo los pasos del maestro Wadis Echeverri… con mi pluma en ristre… con mi palabra empuñada.

Walter Benjamin proclamaba la contemporaneidad de lo ‘incontemporáneo’ y muchos autores le apostaron a esto, pese a lo absurdo que pueda parecer, pero precisamente el encanto está en eso, lo “absurdo”. Es el caso de Lewis Carroll… de Eduard Lear con sus ‘limeriks’ y en nuestro contexto latinoamericano Nicanor Parra. En Colombia podemos mencionar a ‘Ñito’ Restrepo que se encarga de nutrir la creación local manizaleña del inolvidable Aparicio Díaz Cabal con sus anti-poemas desde esa singular empresa de la cual era dueño: Funeraria La Equitativa, Cultural y Deportiva.

En esta perspectiva, retomo la obra de Fernando González, sobre todo su magistral libro “Viaje a pie” en el cual la región ‘grancaldense’ tiene protagonismo especial y al que  sigue la secuela de los ‘nadaístas’ que tanto tuvieron que ver con nuestra ciudad.

Lo absurdo como posibilidad creativa me alimenta poderosamente hoy en día, desde la genialidad de Los Simpson, hasta las propuestas del arte contemporáneo que ven en los espacios no convencionales contextos válidos para la creación… o el reconocimiento que da a personas que la ejercen desde las orillas, ya sea por condiciones económicas o subjetivas (los llamados outsiders). En este sentido enmarco mi trabajo y oficio más como escritor, escribidor, neo-escribano… que como literato.

En la actualidad, no me interesa estar a la última moda literaria, ni estar actualizado en el ámbito de las letras, de hecho estoy releyendo viejos textos de literatura universal y local… aunque no dejo de enterarme de lo que pasa diariamente, pero sin la obsesión de estar “bien informado”. Por eso considero que en esta tarea de escribano, mis anacrónicas se nutren y viven de la gente común y corriente, como yo, en donde para mí, por ejemplo, el mero hecho de anotar un número telefónico es un acto de creación literaria, pues tras esta acción puede haber una historia de vida, de amor, de pasión, de odio, de comedia y de drama. Una lista de mercado, también es acción literaria, y más que literaria, de escritura; así como un recado, un grafiti, un tatuaje… porque nuestra piel, la piel de la ciudad, también son lienzos en donde se pintan las palabras como en ese milenario ritual que se oficiaba en las cavernas cuando los chamanes creaban fascinados el arte rupestre… en fin, tantas formas escriturales a las cuales estoy dedicado como observante y auto-observante (pues mi vida es en últimas la historia más importante y apasionante de entre todas), como para cada uno y una de ustedes debe también ser.

Por todo esto que les he comentado someramente, es que como escribano “extático” y contemplativo me atrevo a narrar anacrónicas como la siguiente:

“Segundo Quijano”

o la mirada extática de Carlos Villegas

 

Por Martín Rodas

 “Por la calle voy dejando algo que voy recogiendo: pedazos de vida mía venidos desde muy lejos.”

Miguel Hernández

 

 CUADRO PRIMERO

(Cazando ‘pispirispis’)

Siempre lo veo por las calles de la ciudad agitando los brazos y cogiendo entre sus manos objetos invisibles. Es un ritual que me asombra por lo meticuloso y refinado. Primero fija la mirada en algo que aparentemente flota en el aire y luego se queda observando los movimientos del supuesto objeto, movimientos que imita con su cabeza; a continuación inicia una danza en donde sus brazos y sus manos se estiran y encogen siguiendo las fluctuaciones de lo que él está mirando, lo cual puede durar mucho tiempo, incluso horas. Por último, con un movimiento de arponero rápido y certero, agarra con su mano izquierda el objeto de sus deseos.

Lo que sigue es un ejercicio de interminable voyerismo en donde su ojo derecho ausculta el puño cerrado de su mano ahuecada, en la cual deja un pequeño orificio por donde mira intermitentemente el tesoro que ha cazado, un ‘pispirispis’.

Al final de su actuación, Carlos, exhibiendo una amplia sonrisa en el rostro, observa de nuevo su mano a manera de caleidoscopio, en una última mirada al ‘pispirispis’ que ha cogido. Luego alarga el brazo lentamente, como si sostuviera el objeto más precioso y delicado del mundo… y con un gesto fugaz y poderoso despliega sus dedos como pétalos que se abren a la luz del sol… y sopla con fuerza, en un acto tremendo de liberación; a continuación empieza a aplaudir frenéticamente mientras brinca de un lado a otro cantando una canción de lenguaje desconocido.

Nunca veo lo que sale de la palma de su mano, pero siempre una brisa suave me acaricia el rostro en ese preciso momento y un leve sobresalto acelera los latidos de mi corazón. Me siento libre por un instante breve.

CUADRO SEGUNDO

(Volutas como espirales al más allá)

En el café de la esquina, la mesa del fondo está ocupada por Carlos, quien con la mirada fija en el cigarrillo que se consume lentamente entre los dedos de su mano, parece una escultura de Rodin. La ceniza se ha acumulado hasta casi tocar su piel, formando un arco imposible que se resiste a la fuerza de la gravedad. El humo lánguido sube en volutas y trepa por su rostro pétreo y nietzscheano para luego dibujar amplias espirales que chocan contra las paredes y el cielorraso. Sobre la mesa redonda, una taza de café vacía y una hoja de papel completan el bodegón que ocupan la atención del artista.

Como siempre y en los casos en que él se encuentra extasiado, yo me ubico en otra mesa cercana a la suya, procurando no interrumpirlo, para contemplar su trabajo que consiste en trazar rápidas y fuertes líneas que representan, más allá de las apariencias, los rasgos de un mundo que sólo su mirada puede intuir. Una mano, un cigarrillo moribundo, una taza de café vacía, un papel con el boceto y su lápiz, constituyen la simpleza y la profundidad de la nueva creación.

Cuando termina, guarda cuidadosamente su obra en la carpeta que siempre lo acompaña, repleta de dibujos, y sale nuevamente a la calle satisfecho con el trabajo realizado. Después de esto, a mí me queda la sensación de haber sido testigo de la proeza de un sabio taoísta que algún día me narraron, porque tuvo la paciencia de años para trazar en un segundo con su pincel la obra maestra.

CUADRO TERCERO

(Tratados de vidalogía)

  • ¡Cierto, cierto que sí!
  • ¡Claro Carlos, estoy de acuerdo con usted!
  • Porque como decía el maestro…

Y empieza una larga perorata en torno a sus lecturas de los poetas malditos, de Nietzsche, de Van Gogh y otros de los cuales no tengo memoria. Rememora los detalles mínimos de sus obras y los ilustra con ejemplos propios que están en la carpeta que nunca abandona y siempre lleva bajo el sobaco. También acompaña sus palabras con escritos que ha garrapateado en hojas amarillentas que cuida como tesoros. Carlos nunca calla mientras siente que alguien lo escucha y sus ojos de mirada transparente y poderosa son el reflejo de lo que yo pienso que sólo él puede ver. La vida para Carlos es el saber de la mirada, el asombro permanente frente al mundo, el compromiso permanente con cada detalle, con cada gota de tiempo; su angustia es el sentirse en el centro de un torbellino vertiginoso y desbocado sobre el cual cabalga buscando eternamente el punto definitivo de la creación.

CUADRO CUARTO

(El deseo)

Señorita, niña hermosa, no me mires, no quiero que sepas que te amo, sólo pretendo trazar en mi bitácora el deseo que siento por ti, sólo eso, esbozar en mis papeles y con mi lápiz las huellas que dejas en mi alma. Por favor, no te muevas, deja que tu rostro permanezca un poco en mi memoria y que mi mano no olvide el suave contorno de tus mejillas. Así, así, poco a poco y lentamente saborea el elíxir negro que besan tus labios de la taza de café… así, así, no pares… que mis manos como arañas están retratando tu alma… Déjame presentir el tamaño de tus senos y el color de tus pezones… Déjame pensar que estoy entre tus piernas durmiendo el sueño más húmedo y el más profundo… Déjame abandonarme en ti sin tenerte… Déjame tatuar con mi firma este dibujo que para mí es como tu piel.

 

 CUADRO QUINTO

(Diatriba a los letrados)

Es que la inmundicia se pone corbata y habita los salones y los recintos de la hipocresía, porque si usted los ve, actúan como muñecos de cuerda y sus rostros son máscaras inexpresivas y tristes, pero también temibles porque pueden aniquilar y en efecto, aniquilan a quien se atreva a ser diferente… Es que la sociedad es cruel y el mundo tirano y por eso yo no creo en el sistema y me resisto a estar en el sistema y prefiero mi lápiz a cargar un fusil y peleé con mi papá y hasta peleo conmigo mismo porque a veces pienso que hubiera seguido la carrera que mi familia quería para mí, pero no, no es eso, yo quiero ser yo mismo… no quiero ser como esos intelectuales que son los títeres y que se juntan con los políticos y dicen qué es cultura y qué no es cultura… Yo no quiero eso ni estar con esos ‘hijueputas’, porque yo quiero ser yo mismo y que me dejen ser…

CUADRO SEXTO

(El nacimiento de Segundo Quijano)

El maestro Leonardo Quijano, el “primer Quijano”, iba siempre con su atado de periódicos bajo el brazo y también ofrecía sus libros, de los cuales uno en especial me impresionó cuando era niño: “Manuelito hermano suicida”. También vendía retratos por la calle de las personas que se los solicitaban. El viejo, durante mucho tiempo, recorrió la carrera 23 de cabo a rabo en interminables jornadas que le dieron a esta vía el sello característico del más irreverente de los irreverentes, el maestro Leonardo Quijano.

Mucho tiempo después de haber muerto el “primer Quijano”, apareció por las calles Carlitos, con su vestir particularmente elegante que siempre adornaba con un corbatín que todos los días reinventaba con infinidad de materiales y colores. Se convirtió en el contertulio de las personas que también dedicaban gran parte de sus días a recorrer la 23 de arriba abajo, de las cuales yo hacía parte. Su oficio era el de artista ambulante.

Siempre se reconoció como heredero de la tradición cultural de Leonardo Quijano y firmaba sus obras como “Segundo Quijano” y quiso seguir las huellas de su gran maestro. Esas mismas huellas han permanecido en mi alma por el resto de mi vida y son las huellas que de cierta manera sigo rastreando porque considero que en ellas está lo más auténtico de mi existencia creativa, porque tanto al primer “Quijano” como al segundo, los considero a su vez mis maestros.

CUADRO SÉPTIMO

(Muerte y renacimiento de Segundo Quijano)

Son las tres de la tarde y el parque Caldas rebosa de gente; el calor es sofocante. La escena es multicolor y niños, ancianos y personas del común se dedican simplemente a conversar o a mirar la gente que pasa. Parece un carnaval. De pronto, en medio del bullicio, se distingue un corrillo de personas que escucha a alguien que, en el centro, se dirige al auditorio.

Me acerco y pregunto por el personaje y me dicen que es un loco que se hace llamar Cipriano El Escribano y que está hablando pestes del sistema. Trato de seguir el hilo del discurso mientras observo detenidamente al hablante y de quien me sorprende su parecido con Carlos Villegas “Segundo Quijano”, que había fallecido unos años atrás. En ese momento, sus palabras invadieron mi memoria y tuve una profunda sensación de nostalgia por Carlos mientras desfilaban por mi mente y mi corazón instantes de encuentros y desencuentros con él… Pero ahora, en ese preciso instante y viendo ante mí a Cipriano El Escribano, me alegré en una especie de reencuentro con un ser que parecía extinto y olvidado… y que ahora renacía con gran fuerza… porque esa era la locura que hacía tiempo también había perdido.

Escuché largo rato a Cipriano El Escribano y desde esa misma tarde la mirada extática de Carlos Villegas “Segundo Quijano” volvió a surgir de la mano de este personaje que de nuevo deambula por la carrera 23 soñando con mundos mejores y utopías posibles.