Cuando hace tres años empezó a dialogar con la enfermedad que la acompañó hasta el final, nunca pensó en abandonar su carrera artística, más bien decidió continuar estudiando y emprender una maestría para profundizar sus conocimientos, y lo más sorprendente es que el tema de su trabajo de investigación eran las implicaciones artísticas de su enfermedad, las posibilidades creativas de la misma.

 

Por Martín Rodas

A finales de 2010, mi amigo Carlos Mario Uribe, luego de haber realizado con gran éxito la primera versión de la Semana Mundial de la Poesía (que en 2017 arriba a su octava versión), me manifestó su profunda incertidumbre por tomar la decisión mancomunada con su pareja desde 1999, la Maestra Claudia Marcela Orrego, de separarse; comprendí que lo que ocurría en esta singular pareja de poeta y artista, era esa necesidad humana de “tomar un respiro” o “darse un tiempo” en una sociedad hostil a conspiraciones amorosas entre artistas. Sin dudarlo le dije que podría vivir en mi casa de San Joaquín y de paso nos acompañaríamos en nuestras alianzas y disquisiciones poéticas y culturales, lo que ha fortalecido nuestra amistad hasta el día de hoy.

Luego de la decisión que tomaron los dos, volví a ver a Marcela en marzo de 2011 en la muestra plástica “Puertas que abrevan las presencias”, en “Taller Abierto”, galería de Olga Lucía Hurtado, que dio apertura a la segunda versión del evento cultural antes mencionado. Me encontré allí con una propuesta extraña, misteriosa y seductora. Al principio no comprendí y me vi tentado a arrojar su obra al olvido con la definición de que los artistas contemporáneos entre mas crípticos y superficiales sean más artistas se sienten. Por fortuna en lecturas y conversaciones posteriores me alcanzó una revelación acerca de que en tal propuesta subyacía algo valioso para el arte.

Sustento entonces esta revelación con palabras de un entendido en estas artes, pues no sabría como decirlo sin alejarme de aquello que precisamente quiero iluminar, y cito al filósofo y poeta Mario Armando Valencia en su investigación doctoral “Ojo de jíbaro” donde aborda la obra de Marcela:

(…) exploración crítica de la memoria sobre sus relaciones con la naturaleza, para el que la investigadora configuró, al final de su proceso, una serie de pinturas con base en viruta de madera de distintos colores, obtenida por largos procesos de cepillado a mano, vaciada sobre formaletas de madera con formas y figuras previamente diseñadas, de manera tal que la viruta alcanzaba espesor y figura gracias a las características naturales del material, dando como resultado un grupo de compactos bloques de madera natural que alcanzan el estatuto de pinturas naturales compactas (p. 312).

Eso en tanto al asunto formal, pero aquello que me concedió la epifanía de la comprensión de aquellos rectángulos y círculos construidos con la nobleza de la mano, son precisamente las palabras de la misma Marcela, citadas por Valencia (pp. 353-354):

Así como llegan al océano la hoja que muere en el bosque, la tierra que deslíe la lluvia, el madero que muere marchito, así veo cómo el cuerpo encuentra su camino y se transforma en tiempo, en vida. Decurso, zarandeo, bamboleo como canción de hojas en el viento de una memoria que es gratitud. Camino que he volcado hacia el pasado, no como referente racional de lo vivido y agregado a la memoria, sino como el viaje de la conciencia en su barca donde lleva sólo lo necesario para su llegada al mar. Liberación desde un centro o mirada que ignora serlo, y en el centro, buscando el equilibrio, un universo brotando de la tierra y bienvenido por sus iguales: el vacío, útero de lo creado; la mirada, ventana del humano; la obra, puerta desde mis manos.

Hasta aquí el sustento conceptual de la obra de Marcela por parte de Mario Armando Valencia y la narrativa de la autora que me sirven para ver con mirada de “jíbaro” una obra que ella corporeizó en madera, en telas, en paredes, en pinceles, en colores, en sangre, en corazón y alma, pues en su obra está su vida, vida que se extinguió a principios de este año, pero que continúa en la memoria compacta de sus esculturas y múltiples intervenciones estéticas. En ella prevalecieron el tesón y la lucha encarnizada por ser creadora y artista, sin desfallecer nunca, a pesar de los contratiempos.

Cuando hace tres años empezó a dialogar con la enfermedad que la acompañó hasta el final, nunca pensó en abandonar su carrera artística, más bien decidió continuar estudiando y emprender una maestría para profundizar sus conocimientos, y lo más sorprendente es que el tema de su trabajo de investigación eran las implicaciones artísticas de su enfermedad, las posibilidades creativas de la misma. Recuerdo proyectos que se tejieron en torno a esta actitud de Marcela para realizar exposiciones de su obra en el Hospital de Caldas, mientras ella se encontraba allí recibiendo atención médica. Eso me hacía pensar en la relación creativa que también existió entre Frida Kahlo y sus dolencias físicas, las cuales fueron transfiguradas en obras existencialmente contundentes.

Marcelita, como le decíamos cariñosamente, “March” y “Cuac, cuac” como le dijo hasta sus últimos días Carlos Mario, nos acompañó materialmente durante muchos años de camino; ahora, junto a nosotros están sus obras, que nos acompañarán en el trayecto que resta como testimonio de que la vida vale vivirla con pasión y creatividad. ¡Feliz viaje, Marcelita!