Copérnico y Galileo revolucionaron las esferas celestiales, lo mismo que Giordano Bruno, a quien quemaron por mirar más allá del cerrado mundo católico de la época.

 

Por Martín Rodas*

Con la muerte de Stephen Hawking se cierra un círculo en la historia de la humanidad que ha tenido la posibilidad de contemplar estrellas de la magnitud de Albert Einstein, Carl Sagan y el mismo Hawking. Es una constelación de dioses del olimpo de la ciencia, pero una ciencia que se acercó al pueblo por medio de sus intervenciones mediáticas y libros.

Estos grandes pensadores no solo cambiaron la concepción del universo con sus descubrimientos, sino que permitieron una visión del mundo desde el asombro y la magia, pues el mero propósito de concebir el inicio de la creación a partir de la nada es ya de por sí un hecho que nos acerca a ese dios taumaturgo y primigenio que está en la raíz de todas las religiones.

Mis cercanías personales están con la idea animista de que en todas las cosas está dios y que la chispa divina se manifiesta por todas partes. No concibo un ser hombre-barbado-blanco como el eje de este escenario en que resolvemos la existencia, más bien me acojo a las palabras de Tales de Mileto cuando expresaba que “veía dioses en todas partes”, una visión panteísta de que todo es divino, la cual recogieron los místicos de la edad media y en especial el teólogo Nicolás de Cusa, quien en su “Docta Ignorantia” nos muestra a nosotros mismos como dioses, razón por la cual fue objeto de sospecha por parte de los inquisidores de la época.

Copérnico y Galileo revolucionaron las esferas celestiales, lo mismo que Giordano Bruno, a quien quemaron por mirar más allá del cerrado mundo católico de la época. Ellos fueron los demiurgos de la ciencia moderna, la cual se instala definitivamente con Newton, que abre las puertas del conocimiento que rige el desarrollo de la sociedad occidental.

De ahí en adelante se impone una visión positivista del mundo regido por leyes inmutables, que solo hasta el siglo XX vuelve a retomar otras posibilidades de concebir el mundo desde el asombro y lo aparentemente imposible.

Es cuando Einstein y su teoría de la relatividad nos dicen que el tiempo y el espacio se comportan de manera diferente en la Tierra y en el espacio exterior a la vez que otros científicos planteaban mediante la física cuántica que a nivel micro las leyes son una locura.

En aquí en donde considero que la ciencia y la religión se vuelven a encontrar, pues el big bang es una epifanía que cabe perfectamente en las creencias diversas de pueblos y culturas.

Para mí ya no es un asunto de si se es ateo o no, pues como el mismo Hawking decía, la física era más bien un posible camino más corto para llegar a dios, si es que tal entidad existiese, pues siempre fue claro que no pretendía reñir con las creencias de nadie; y aunque él no era un ser creyente en el sentido literal de la palabra, con su deceso, ha muerto un dios, pero ha surgido una esperanza.

 

Noticas de “el maleTíN (microlibrería)”

“ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)” acaba de publicar en su colección “bolsiLibro” el cuento “Memorias de un pueblo desaparecido” del escritor pensilvanense Adán López. Esta narración permite a través de la ensoñación y el asombro adentrarse en la visión encantada de un pueblo que se sitúa en territorios de bruma y memoria, el cual es habitado por personajes fantasmagóricos que deambulan en un eterno círculo dantesco por sus calles, parques y casas signadas por la tragedia.

Referencia bibliográfica: López, A. (2018). Memorias de un pueblo desaparecido. Manizales: “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.

*  Poeta, anacronista y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.