Ex-libris Martín-ChocoloEl Caballero Gaucho es la última leyenda de la canción popular; a sus noventa y cuatro  años  y 2.235 creaciones musicales,  la mayoría de las cuales son obras propias, es el artista más prolífico que ha tenido Colombia en toda la historia.

Por: Martín Rodas “El Anacronista”*

Deseo celebrar con mis lectores el bautizo de mi hija literaria, la “anacrónica”, especie que hace parte de la estética difusa y que nombré de esta manera porque se ajusta semántica y simbólicamente a mi pulso como escritor. Sus raíces están en la: CRÓNICA f. (del gr. Khronos, tiempo). Historia que sigue el orden de los tiempos…ANACRONISMO m. (del gr. Ana, contra, y khronos, tiempo)… Cosa no conforme con las costumbres de una época. Esto me permite, como padre de este neologismo, ser “El Anacronista” de mis ocurrencias sobre el papel, por lo cual, inauguro esta anacrónica haciendo un sincero homenaje a un cantor popular que a la vez de anacrónico, es legendario.

Este viejo juglar recorre las calles de su pueblito polvoriento y caluroso a orillas del río Cauca, en una bicicleta también vieja y curtida como su piel. Su bigotito minúsculo y surrealista, pintado como dos brochazos maestros de un artista japonés, le dan el toque inigualable a este gran artista de nuestra música popular. Así lo vi hace muchos años en su querida La Virginia, Risaralda, haciendo también las funciones de su otro oficio de carpintero. Y es que los artistas populares siempre han estado vinculados a la memoria de los territorios con oficios artesanales que sustentan sus producciones, esa ha sido la gran escuela, al lado de los personajes y pregoneros de los asuntos cotidianos de la vida.

Por eso, cuando El Caballero Gaucho canta con su voz de vitrola: “Viejo farol que alumbraste mis penas, aquella noche que quise olvidar, hoy veo tu luz taciturna y enferma, cual si estuvieras cansao de alumbrar…”, a uno se le estremece el alma, pues solo quien ha recorrido las calles de viejos pueblos alumbrados por faros en las noches de bohemia y amistad, puede componer una descripción tan profunda del sentimiento humano.

El Caballero Gaucho es la última leyenda de la canción popular; a sus noventa y cuatro  años  y 2.235 creaciones musicales,  la mayoría de las cuales son obras propias, es el artista más prolífico que ha tenido Colombia en toda la historia. El maestro Luis Carlos González, autor del bambuco “La Ruana” en compañía de nuestro insuperable José Macías, fue el encargado de bautizarlo con el nombre artístico de El Caballero Gaucho, por allá en el lejano año de 1946. Desde ese momento, su nombre original fue borrado de la faz de la memoria para dar lugar al nacimiento de una leyenda.

En mi niñez, las navidades siempre estuvieron acompañadas de una de sus canciones que es un monumento a la tristeza; todavía hoy en día, cuando la escucho, una lágrima casi incontenible asoma a mis ojos: “Cómprame mamita siquiera un juguete le decía el purrete gimiendo a mamá…”. Nunca he podido sacar de mi mente esa escena del niño que no puede disfrutar del juego porque la vida ha sido dura con él.

Hoy en día, a estas alturas de mi vida, lo que más me importa son las cosas auténticas, escasas por cierto en este mundo globalizado  y artificial. Las cosas del alma están muy profundas, sumergidas bajo capas y capas de hipocresía, ambición, envidia, consumismo, falacia y mentira… por eso estos autores son tan refrescantes, por su “gran verdad”, porque no han sido “productos”, son más bien frutos escasos y sabrosos que nos da la naturaleza humana, esa que El Caballero Gaucho regala generosamente en esta perla de otra de sus canciones, Lejos del Tambo:  “Vengo solo por ti tras la montaña desde donde temprano muere el día, con mis cansados ojos de distancia…”

El Gran Viejo Caldas (“La mariposa verde”,  que prefiero a la excluyente y tecnicista expresión “Eje Cafetero” de la cual contaré luego la historia oscura) es cuna de muchos juglares de este tipo, que conforman un patrimonio muy valioso en el contexto del arte suramericano (y entiendo Suramérica desde México). Todavía encontramos muy viva esta cultura en todas nuestras generaciones. Viejos tipleros y guitarristas recorren las calles de nuestros pueblos y ciudades ofreciendo su arte libremente en parques, bares y esquinas. Personas jóvenes interpretan día a día las melodías, los boleros, los bambucos y pasillos que hacen parte de nuestro acervo y que alternan con baladas, rock, metal, reguetón, rap, etc., conformando un enriquecedor y diverso panorama multicultural.

Haciendo este homenaje a El Caballero Gaucho, también quiero llamar la atención sobre nuestra riqueza más preciada y que se encuentra en la cultural popular, como eje de resistencia frente a la barbarie. Son el arte y la cultura nuestra más digna posibilidad de ejercer el derecho a una vida justa y equitativa, con acciones, como la música, que desde la No violencia activa nos permitan  construir una sociedad de todos y para todos; en donde podamos aclarar esos “Nubarrones” de los que nos canta el inmortal juglar a quien he dedicado estas palabras: “Como un mar de insomnio se torna mi existencia y en negros nubarrones mis pensamientos van escuchando en silencio la voz de la experiencia”.