Jesús, en este juego, obró aparentando que la tentación era del diablo hacia él, pero sabía que quien estaba provocando que el otro lo tentara era él, el hijo de Dios, porque conocía la envidia del maligno hacia él por ser el preferido del Padre y tener condición divina, celestial e iluminada…
Por Martín Rodas*
Admito que mi formación católica desde niño y durante parte de la adolescencia marcó fuertemente la manera en que percibo el mundo. Ni siquiera la época de las rebeldías estudiantiles al final del bachillerato y toda la universidad, negando lo que tuviera relación con la religión, lograron que me desprendiera totalmente de esta influencia. Recuerdo mi paso por la iglesia del barrio San Joaquín en el centro de Manizales, en la cual fui acólito, catequista, miembro del Grupo Juvenil Cristiano, Sacristán, en fin, viví todas las etapas previas camino al sacerdocio, de lo cual sólo me quedó la cara de cura arrepentido… hasta hice parte, en el Instituto Universitario de Caldas, de la Legión de María… y mis lecturas iniciales fueron los textos sagrados que entonaba en las misas cuando era acólito, con un delicioso toque “espirituoso” dado por el vino que nos le tomábamos bajo cuerda al padre antes de cada homilía.
Afortunadamente nuestro sacerdote, José Domínguez Gómez, era seguidor de la teología de la liberación y sus enseñanzas progresistas de corte social permitieron que yo no terminara convertido en un santurrón de mente cerrada e inquisitorial, como los dirigentes eclesiásticos de aquella época que lo desterraron a lo más profundo de la selva chocoana en donde murió algunos años después.

De esta protoexperiencia “iniciática” en la lectura me ha quedado una obsesión por hacer reinterpretaciones de pasajes bíblicos clásicos, y uno de ellos es cuando Jesús va al desierto durante cuarenta días y cuarenta noches para ayunar. Allí, según el “libro de los libros”, fue tentado por el diablo al prometerle éste riquezas inimaginables y poder absoluto. Mi imaginación tuerce un poco la historia en otro sentido, porque es posible que en el fondo Jesús haya, a su manera, tentado a Belcebú, quien para la historia siempre ha sido el malo del paseo, lo cual le da de entrada, un matiz de vulnerabilidad. Nuestro salvador enseñaba con parábolas, y él sabía premonitoriamente que esta de la tentación en el desierto podría dejar en las personas una profunda huella moral sobre la ambición. Era una gran oportunidad para fortalecer sus intenciones salvíficas.
Siempre he admirado a Jesús por su desprendimiento y capacidad de amar incondicionalmente. Es un personaje fundamental en la historia, a pesar de la manipulación que han hecho de sus doctrinas humanistas los detentadores del poder, que encontraron en esas narraciones la oportunidad para someter a las personas al darles a las enseñanzas del Maestro un rol que considero muchas veces, ese sí, “diabólico”.
Bueno, pero vuelvo a lo del desierto, al encuentro entre Jesús y el diablo. Dos seres poderosos enfrentados, el uno ofreciéndole al otro el cielo y la tierra, y el otro rechazando la oferta jugosa, que a cualquiera de nosotros volvería añicos la voluntad. Hasta aquí, la cosa es la repetición de la repetidera, pero si nos adentramos en la mente de un ser como Jesús que conocía su naturaleza divina y superior con capacidad de anticiparse al tiempo, al espacio… La condición de dios-humano lo ubicaba por encima del bien y del mal. El diablo, pobre diablo, como que no tenía esa capacidad, pues en su atropellada carrera por someter al otro, no presentía esas intenciones.
Jesús, en este juego, obró aparentando que la tentación era del diablo hacia él, pero sabía que quien estaba provocando que el otro lo tentara era él, el hijo de Dios, porque conocía la envidia del maligno hacia él por ser el preferido del Padre y tener condición divina, celestial e iluminada… en últimas, ese ángel caído era un ser obsesionado por el Mesías y no sabía expresar esa atracción de otras maneras que no fueran la artimaña y el engaño, a las cuales el unigénito era invulnerable. Y sabemos quién salió derrotado, ese es cuento manido.
Esta historia se parece a una relación sentimental que pretendí establecer algún día con una chica a la cual yo tentaba con ofrecimientos y regalos que me costaban un ojo de la cara, dado mi escaso presupuesto, pero mi terquedad no entendía que dicha actitud era absolutamente ciega e inútil. Ella durante un tiempo me siguió el cuento, pero un día me dijo de manera cortante estas palabras que fueron como guillotina: “Es que la plata no lo es todo”. Ahí volví a recordar la enseñanza divina, que me dio en la cara como un mazazo, pues es una verdad que ahora aprecio desde el fondo de mi corazón, gracias a Jesús y a esa mujer que me despreció: “hay cosas más importantes en la vida”.
* Poeta, anacronista, dibujante y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.


