Ex-libris Martín-ChocoloCapítulo III. El hallazgo

El papel deambulante

Por: Martín Rodas

Esta historia comienza realmente con el hallazgo que El Deambulante hace en La 23, la calle que como una sutura de herida ancestral, permite que la ciudad no se chorree hacia el río Cauca. El día del encuentro, que a El Deambulante ya no le importaba cuál era exactamente, estuvo toda la tarde sentado en el Parque Fundadores, contemplando ese paisaje de columnas que, pensaba él, parecían los barrotes de una cárcel que encerraba el panorama del fondo. Sólo el cono volcánico sobresalía por encima de ellas. Antes de ubicarse allí, había encontrado tirada en La 23 una hoja suelta de un libro con un escrito que encabezaba el título de BANDO; la hoja estaba completamente arrugada y sucia, pero legible. En el parque, después de sus profundas y largas meditaciones, la desarrugó pacientemente y la planchó contra el muslo como si estuviera acariciando a su mujer ausente. Leyó con voz pausada el contenido y luego de doblarla cuidadosamente la guardó; luego esculcó en los bolsillos de su chaqueta y reunió varios papelitos que él había recogido o le habían dado y que servían en las calles como  volantes para anunciar los productos que se ofrecían en los negocios. Los papelitos que él recogía tenían la parte de atrás limpia. Sacó un lapicero y empezó a escribir en ellos.

Nadie apareció hasta el crepúsculo. Sus amigos chirrincheros no llegaron, era uno de esos días extraños precisamente por eso, la ausencia de estos seres que generalmente colonizaban el parque desde muy temprano. Tal situación le producía algo de intranquilidad. Además quería compartir con ellos el hallazgo que había hecho en la calle.

Pero ya entrada la noche, que era de luna llena, empezaron a surgir los contertulios desde las sombras: ‘Don Duende’, un ser contrahecho que salía de la nada especialmente cuando se destapaba la primera botella de licor. ‘Vos sí tenés un olfato de duende, hombre’, le decían jocosamente a la vez que le ofrecían un chorrito. ‘Hombre, y yo qué culpa si cada que llego están parando la primera’, decía después de que había vaciado hasta el fondo la copa.

‘Olafo’ era otro de los integrantes de este combo. Su rostro cansado en medio de una barba hirsuta tenía un aire quijotesco. Su arte de plomero se había extinguido en medio de los incumplimientos por causa de la bebida. Su hogar era el parque, en el cual conseguía para comer alguna cosa en el día y de pronto una mano generosa que le brindara una cama para descansar del guayabo, que muchas veces le tocaba soportar en el mismo parque.

En esta galería de personajes se destacaba Pescuezo, el abogado, poseedor de una voz estentórea que utilizaba para recordar permanentemente sus nunca realizadas hazañas judiciales, que siempre mencionaba en las discusiones que se generaban en las interminables tertulias: ‘Acordate que yo soy abogado titulado y no me podés ganar’, gritaba para refrescarle la memoria a quien de pronto trataba de rebajarle su dignidad.

‘El Mono’ era quien se encargaba muchas veces de la gestión económica o ‘vacas’, que consistía en recoger entre los que pudieran las monedas para comprar el licor o los elementos con que fabricaban uno alternativo cuando no había plata; él había estudiado agronomía y era especialista en astromelias, esas flores que tienen la manipulación genética a flor de piel. Su desvare era negociar con ellas, cuando los vahos del licor se lo permitían.

Capítulo IV. La lectura del Bando

 Muchachos, les quiero compartir una lectura del texto que encontré tirado en la calle hoy:

“A ver, Deambulante, mostrámelo”, le dijo Pescuezo, mientras alargó la mano para que El Deambulante le pasara el papelito. Éste lo sacó del bolsillo y lo desdobló.

Aquí está.

Gracias.

Pescuezo leyó mentalmente mientras la audiencia crecía y los otros iban perfilando los temas de la noche.

Señoras y señores, silencio por favor que haré lectura de documento hallado por nuestro amigo El Deambulante y que merece su atención.

Ante el llamado de Pescuezo, los asistentes callaron y fijaron su atención en él.

Pescuezo inició la lectura como si el mundo entero estuviera pendiente de sus palabras. Levantó ceremoniosamente más arriba de sus ojos el papel amarillento y gastado, recorrió con su mirada el entorno del parque y a quienes le rodeaban y comenzó lentamente:

‘BANDO

(Desde cualquier lugar de las entrañas de la ciudad)

Los seres invisibles de esta ciudad…

Los locos, los poetas, los malditos, los desechables…

Los que habitamos en las esquinas, en las grietas, en las alcantarillas, en los baldíos…

En los paraísos de bruma que flotan al alba.

Desde estos santuarios declaramos que nos hemos levantado en almas contra el poder, contra la ciudad visible que habitan los ciegos.

Los seres invisibles del día y de la noche… los conspiradores, advertimos que tenemos mucha rabia.

¡No queremos callarnos!

¡No pueden callarnos!

Nuestra voz, que apenas era un susurro, ahora es trueno.

No nos ven, pero aquí estamos, vigilantes, pendientes de todos los movimientos. A la primera señal, nuestras huestes saldrán lanza en ristre, en procura de iluminar la dignidad.

No lo olviden.

Somos los conspiradores de la ciudad invisible.

Cómplices:

TiN, Hojas Anchas, La Tienda del Alma, Démona’.

 Al terminar la lectura, Pescuezo carraspeó un poco e inquirió al Deambulante:

Hombre Deambulante, ¿y vos qué opinás de esto?

El Deambulante agachó la cabeza, se miró las manos y lentamente empezó su comentario:

Pues yo creo que ahí hay algo interesante, porque es un grito de combate que no acude a las armas, sino al corazón. Todos los días vemos, y a nosotros nos afecta también, que las personas desplazadas, me refiero a todos los tipos de exclusión y desplazamiento, como el sufrido por los recicladores, los gamines, las putas, los ‘desechables’, los vendedores ambulantes que son, aparte de marginados, perseguidos por las autoridades, llámense éstas policía, ejército o esos que usan chalecos de la alcaldía y que conforman una especie de brigada paramilitar con el rimbombante nombre de Control del Espacio Público…

De pronto El Deambulante es interrumpido por alguien que había recién llegado a la barra:

Perdone señor Deambulante, pero de todos modos la ciudad debe mantener un orden.

Claro amigo, el orden que le conviene al sistema, porque lo único que le interesa es controlar, saber en dónde estás. Por eso necesita que todos estemos en su banco de datos, saber para dónde nos desplazamos, qué comemos, porque seres como nosotros nos convertimos en una molestia, pues no encajamos en ese control que el sistema impone.

Don Duende interviene con gran efusividad:

Yo estoy de acuerdo con ese manifiesto, cuando dice lo de las putas y otras cosas. Pescuezo, ¿cómo es que dice?

Pescuezo mira el texto buscando el párrafo indicado:

No hombre Duende, no habla de las putas… la palabra más parecida que aparece en el Bando es ‘poetas’, aunque lo de putas también cabe aquí; pero lo que dice textualmente este documento es: ‘Los seres invisibles de esta ciudad… Los locos, los poetas, los malditos, los desechables… Los que habitamos en las esquinas, en las grietas, en las alcantarillas, en los baldíos…’ y más adelante remata que ‘Nuestra voz, que apenas era un susurro, ahora es trueno. No nos ven, pero aquí estamos vigilantes, pendientes de todos los movimientos. A la primera señal, nuestras huestes saldrán lanza en ristre, en procura de iluminar la dignidad’.

En esas había llegado El Filósofo, un lector incansable de literatura norteamericana que sabía mucho también de política y de historia y que después de la ronda que habían servido tomó también la palabra:

No olvidemos la mentira que es la fundación de esta ciudad. Miren esas columnas en mármol italiano negro que representan a los fundadores, los ‘prohombres’ de esta raza hidalga. ¡Pura mierda!, es la gran mentira; qué prohombres esa manada de saqueadores que aprovecharon el trabajo de quienes ya habían colonizado estas montañas por culpa del desplazamiento provocado por ellos mismos y que cuando vieron que ya los caminos y el asentamiento estaban listos llegaron a fundar, acompañados de su séquito de curas y tinterillos. No olvidemos que en el barrio La Enea ya había un asentamiento importante integrado por mineros, putas, ladrones y convictos fugados que hacía mucho tiempo se refugiaban allí huyendo de las autoridades y de la presión ejercida por el sistema imperante en aquella época, que no difería mucho del actual.

En esas Peluche, otro de los asiduos al parque, preguntó:

¿Cómo así hermano? ¿O sea que cuando los que están escritos en letras de bronce en esas columnas llegaron, aquí ya había gente?

Y el filósofo respondió:

Claro hermano, es que la historia no siempre es como nos la pintan. Estos manes de las columnas llegaron a pescar en río revuelto, pues el trabajo ya lo habían hecho los otros, los verdaderos fundadores, que eran perseguidos por el sistema. Éstos de las columnas de mármol llegaron con su séquito de leguleyos, y perdone Pescuezo que no es por ofenderlo, a despojar a los otros, arguyendo documentos de propiedad desde los tiempos del virreinato.

‘¡Qué hijueputas!’, exclamó Don Duende. ‘Y desde la escuela nos han metido el cuento que éstos son unos señores a carta cabal que hay que respetar porque representan la hidalguía y el valor de la raza.’

El Deambulante había entrado, después de los tragos consumidos, en una especie de profunda reflexión que involucraba su soledad, el abandono al que había sido sometido su corazón y la condición que compartía con estos compañeros de viaje en esa barca que navegaba en un mar de delirios empapados de alcohol y nostalgias. De pronto sintió un terrible sueño que lo venció, y sin más, se despidió rumbo a la casa de bahareque de su madre, en Hoyo Frío, un barrio viejo del centro de la ciudad en donde tenía una piecita y un colchón que amortiguaban un poco su gran dolor.

Atrás quedaron sus amigos, en un grupo que ya estaba inmerso en el fragor del debate ebrio y sin sentido para quienes miran esto desde la otra orilla con los ojos del prejuicio. Ya la luna, completamente redonda y enorme, también buscaba otros lares, en su eterno oficio de cobijar con su manto de plata a los seres que muchas veces no tienen más que su compañía.