Ex-libris Martín-ChocoloCapítulo VII. Filosofando de la vida

El papel deambulante

Por: Martín Rodas

Al medio día, la manada se dispersaba para buscar algo de comer, mientras algunos, agotados y absolutamente ebrios se acostaban a dormir en la manga o recostados a algún árbol. La cuestión de la alimentación era tenaz, porque muchos no tenían a dónde ir a comer; sin embargo había cierta solidaridad, pues quienes podían alimentarse con alguna cosa ese día, la compartían. Otros ejercían el oficio de la caridad y pedían a los transeúntes, no tanto para la comida sino para los tragos de la tarde; el resto salía a conseguir unos pesitos vendiendo lotería o lustrando zapatos para echarse algo al estómago y tener con qué ajustar en las vacas interminables que hacían para comprar los ingredientes del Repotente.

La galería de personajes de los chirrincheros se hacía interminable: a sus encuentros llegaban, aparte de los “tradicionales” ya mencionados, los recicladores, que no eran muy bien recibidos y que a cambio de que no los molestaran eran obsequiados con una copita de licor. También se acercaban los muchachitos y las muchachitas que salían al rebusque ofreciendo sus servicios sexuales o para atrapar incautos que se fueran con alguno o alguna de ellas, ya que eran las carnadas utilizadas por las pandillas cómplices para “pelar” a los que buscaban servicios de este tipo en las calles.

No faltaban los locos y las locas, que pasaban como cometas junto a la barra de chirrincheros pero no se involucraban con ella, pues ellos ya tenían su mundo propio que no requería de compañías ni licor.

Los mendigos nunca faltaban y los había por cientos en su eterno transitar con la mano extendida y la palma hacia arriba. Estaban los vendedores ambulantes, eternamente perseguidos por la policía, los comerciantes formales y los burócratas encargados de controlarlos. Esa lucha era de nunca acabar.

Este río gigantesco de seres humanos marginados marchaba por las calles, en una marea interminable que acompañaba a los chirrincheros del parque que eran como un estrato intermedio entre la sociedad formalmente constituida y esa otra que había tocado fondo y no cabía en ninguna parte. En ese dilema, los chirrincheros ocupaban un sitial especial, pues estar en el límite y a punto de caer, les permitía tener una visión de ambas caras de la situación. Por un lado estaban quienes los miraban a ellos como seres caídos y por otro a quienes ellos consideraban que habían cruzado la frontera, los que vivían verdaderamente de la calle y la calle les daba todo. Estos asuntos se constituían en tema de las conversaciones en el parque.

El Deambulante regresó a eso de las tres de la tarde, después de comer algo en casa de la mamá y haber descansado un poco. En el parque encontró a El Filósofo y a Peluche que ya habían preparado un Repotente; éstos recibieron con efusividad a El Deambulante y con una copa en la mano para que calentara motores, la cual El Deambulante apuró con suavidad, pues también le servía para asentar la comida.

Muchachos, cómo han estado.

Peluche respondió, agradecido de esas pocas palabras amables que sólo escuchaba en el círculo de los chirrincheros.

Bien Deambulante, al menos ya comimos algo y tenemos traguito para pasar la tarde.

Hombre Peluche, eso me alegra mucho. Yo también ya comí y descansé un poco y con este primer traguito el ánimo me sube.

Peluche era un ser alegre y espontáneo que vendía lotería a ratos sólo para comer, pagar la pieza y comprar licor. En su oficio le iba bien, era un rebuscador que ya le había cogido el tiro al negocio y al cual no le faltaban los denarios.

El que no estaba bien del todo era El Filósofo, que permanecía mudo y con las manos cruzadas se limitaba a observar lo que sucedía a su alrededor. El Deambulante notó esta actitud y le preguntó:

Filósofo, ¿qué le pasa hermano?

No hermano, nada.

Pues yo creo que sí. Usted es meditabundo y retraído, pero no tanto.

No crea Deambulante, lo que pasa es que ustedes son más alegres que yo, que siempre he sido medio tristón.

El Deambulante se dio cuenta que no debía indagar más al Filósofo por asuntos que sólo le competían a la intimidad de él y pensó que con él más bien se podían retomar los asuntos que habían estado discutiendo en esos días.

Oiga Filósofo, en estos días que hemos hablado de la gente del parque, o sea, no sólo de nosotros sino de todos los de la calle y los que nos reunimos aquí o de alguna manera venimos así sea a charlar y a tomar o quienes vienen a sentarse y comerse un helado o unas crispetas o a robar o a buscar clientes en el caso de las putas y los muchachos que buscan a los cacorros viejos, bueno, en fin, que hemos charlado de todos nosotros… ustedes me entienden, cierto…

Peluche, animado, sirve tres traguitos y los pasa a los amigos para que la conversación no pierda su calor.

Eso sí me gusta, que nos encarretemos, por eso es que nos parquiamos a hablar de lo divino y lo humano… es que es tan bacano eso… ¡qué pena Deambulante que lo interrumpa, pero es que me voy emocionando…!

Tranquilo Peluche, de eso se trata.

Gracias hermano.

Mientras tanto, El Filósofo, tocado por el tema, inquirió al Deambulante:

Oiga Deambulante, hermano, eso que estaba hablando de la gente de la calle y del parque. Es que yo también he pensado mucho en eso todos estos días y me parece que el tema es clave, hermano…

¡Qué bueno Filósofo!, porque en últimas es lo que nos interesa a nosotros como integrantes de este combo de callejeros y ‘parquistas’ y…

Conspiradores, como los muchachos de las barras de los equipos de fútbol que salen a ‘tramar’ para sus viajes a los lugares donde juegan los equipos y para entrar al estadio. Mire no más los muchachos y las muchachas que se reúnen aquí para hablar de su filosofía barrista…

La conversación entró en una tónica que involucraba aspectos inéditos como el de las barras de fútbol.

El parque se había convertido, a pesar de los controles gubernamentales, en un espacio de encuentro. Mientras los ojos electrónicos vigilaban a los grupos que se reunían en el parque, sucedían cosas que eran invisibles a la torpeza de la oficialidad. Una de esas eran las reuniones de los barristas, como escenarios que  permitían la opinión de la juventud frente a la sociedad: había violencia pero también análisis, lúdica y sentido de pertenencia.

Pescuezo, recién integrado a la tertulia de esa tarde y que era gran aficionado al fútbol, terció en el debate:

Hermano, esos muchachos que se reúnen aquí en sus barras, yo veo como que cada barra, según el equipo al que pertenezcan, escoge un día en la semana para hablar de su equipo, pero son como muy cerrados. Además me preocupa eso de la violencia de estos muchachos…

Eso le interesaba mucho a El Filósofo, que interrumpió a Pescuezo expresando ‘que era prejuicioso endilgarles a los muchachos de las barras la culpa de la violencia, si ellos eran producto de la violencia de un sistema que no les daba alternativas y por eso ellos encontraban en el fútbol un espacio que les permitía participar en un ritual que los involucraba como seres importantes con la pasión que no brindaban ni la sociedad, ni la religión, ni la familia, ni la escuela por ejemplo’.

‘Pero, hombre Filósofo’, dijo El Mono, otro que había recién llegado, ‘de todos modos esos muchachos no hacen sino beber y fumar marihuana, ¿es que no los ve?, mire y verá, además de rayar las paredes…’

De repente, El Deambulante que había esperado mientras la conversación se calentaba, miró con rabia al Mono y le dijo: ‘Cómo es posible que usted, que bebe todos los días en el parque, se refiera a los muchachos de esa manera, tratándolos de viciosos. Usted, Mono, está viendo la paja en el ojo ajeno, no sea güevón’.

Habló con tanta vehemencia que todos quedaron callados, como si se hubiera abierto un inmenso océano de tiempo petrificado que duró poco. En este intervalo fueron servidas las copas, que dieron pie para reiniciar. El turno le tocó a El Duende, que había llegado hacía rato, después de su correría diaria cargando los libros viejos y raros, en los cuales era especialista, y que vendía a sus clientes.

Muchachos, yo tengo un amigo que tiene un hijo metido en eso de las barras. Él me cuenta que ha sufrido mucho con eso, pero que últimamente ha asumido una actitud distinta, como la de involucrarse con su hijo en ese tema y dejar que él le cuente qué es eso del barrismo y que el hijo ha empezado a tener una empatía con el papá muy chévere.

‘¿Y qué le ha contado?’, preguntó Peluche.

Hermano, eso es muy interesante. Estos muchachos, al menos los de la barra del hijo de mi amigo, se reúnen para hablar de su organización, integran comités de trabajo y hablan de política, historia, filosofía; se rotan libros y me parece que no es algo tan malo como lo pintan.

Hombre –dijo El Filósofo-, sería hasta interesante invitar al pelado a una de estas tertulias a que nos ilustre sobre ese tema que de verdad tiene asuntos para pensar. Veo que es una resistencia invisible que se hace hoy en día por parte de grupos como este contra el hijueputa sistema que nos está matando.

El corrillo aumentó en número y la noche había entrado de lleno. El parque era un conglomerado variopinto de personas, sonidos y luces que daban aspecto de feria. Los fotógrafos ambulantes seguían instalados con sus caballitos de madera y los carritos multicolores transportaban las ilusiones de los niños que se montaban en ellos para que les dieran vueltas alrededor del parque por unos cuantos pesos. Las crispetas reventaban en las sartenes, las papitas fritas eran devoradas con avidez, las empanadas ofrecían al ambiente toda la intensidad del olor a aceite y a cebolla mientras los fieles ingresaban a la iglesia en un cortejo que contrastaba con la alegría que se daba fuera de ella, pues la puerta principal del recinto sagrado desembocaba directamente en el parque.