Capítulo IX. Llega El Diablo
El papel deambulante
Por Martín Rodas*
Esa mañana la pasaron en verano. Nadie apareció con el aporte benefactor y solidario o con el chirrinchi. Estuvieron sentados en las riberas del parque mirando a la gente, a las nubes, a los carros y a sí mismos. Casi no hablaron, eran silencio.
La tarde fue más generosa. Llegó un amigo de Pescuezo de vieja data y que hacía tiempo no veía. Era El Diablo, y que debía ese remoquete a su pueblo natal, un lugar encantado que celebraba un carnaval cada dos años y cuya figura central era un diablo juguetón y gocetas. El Diablo había estudiado derecho con Pescuezo y se graduó después de mucho tiempo. Nunca dejó de estimar a su amigo y no tenía prejuicios con los del parque, porque en los tiempos de la universidad también lo había frecuentado y gozado de sus delicias.
‘Quiubo malparido’, fue el saludo, seguido de un largo y fuerte abrazo a Pescuezo.
– Veste hijueputa. ¿Hace cuánto que no nos vemos, güevón?
– Pues el suficiente, Pescuezo.
Pescuezo hizo la presentación de su amigo a los presentes, con la etiqueta que le era característica. El Diablo, encantado, de inmediato simpatizó con todos y se integró sin problemas.
– Mirá, Diablo, este amigo es El Deambulante, un amigazo mío.
– ‘Mucho gusto’, dijo El Deambulante, mientras El Diablo le extendía y le daba un apretón, como si hiciese mucho tiempo que se conocieran.
Allí empezó una gran amistad de parque. El Diablo, que traía plata, se desbordó en obsequiar a los chirrincheros con ese licor que era de ellos: el repotente. El Diablo y El Deambulante empezaron a contarse cosas como si fueran viejos amigos.
– Oiga hermano, ¿y cómo es eso del carnaval?
– Eso es muy bacano, hermano. El pueblo se prepara desde mucho tiempo atrás. Están las comparsas y los disfraces; eso lleva varios meses de trabajo y entrenamiento, pero no importa, porque es la esencia.
– Qué bacano hermano, yo quisiera ir allá.
– No es sino que diga y se va para mi casa.
De pronto el ambiente se vio enrarecido por un alboroto. Había llegado de nuevo la policía. Se repetía la escena del desalojo y de la fila de seres humanos que buscaban un lugar en dónde vivir tranquilos sus aventuras en la calle, libres.
La procesión abordó la calle 23, que era la espina dorsal de la ciudad. Era una arteria que surtía de personas y emoción los parques. Todos los seres imaginables e inimaginables brotaban de ella a todas horas; día y noche. La administración municipal había tratado infructuosamente de controlar la marea ocasionada por este movimiento perpetuo y deambulante, pero era sido imposible, pues La 23 mantenía pletórica de gente y de fiesta, era puro goce.
Al Tontódromo, como también la llamaban, se habían metido los del parque después de que los echaron. El Deambulante se desvió por una calle falduda que desembocaba en su casita del barrio viejo en donde vivía con su madre. Iba acompañado por El Diablo.
A la mañana siguiente, instalados en la cocina mientras desayunaban, El Deambulante y El Diablo iniciaron una conversación:
– Oiga hermano, ¿y a usted por qué lo llaman El Deambulante?
– Pues hermano, no sé del todo por qué, pero le voy a contar de lo que me acuerdo. Resulta que cuando mi mujer me dejó, yo me fui a recorrer el mundo, claro está, en sentido metafórico; pero sí, me dio por agarrarme a andar y andar y andar… eso fue muy tenaz… yo estaba como loco… ¡ah!, se me olvidaba… y me habían echado del trabajo también, por la tomadera; entonces todo eso me confundió, creo yo, y le remito, hermano, me puse a andar a la topa tolondra. Iba de un lado para otro de esta ciudad, hasta que empecé a quedarme en los parques y en estos sitios hice amigos que también, de cierta manera, vivían una situación parecida. Después de conocer a estos amigos, alguno de ellos manifestó que ya me había visto en mis travesías y que pensaba que yo era un deambulante, y así me quedé. Ni me acuerdo quién fue el que me bautizó.
– Hombre Deambulante, pues vea que las cosas de la vida son así, uno termina donde menos piensa. Yo he hecho de todo en la vida, me he casado como cinco veces, fui policía, celador, ladrón, y ya viejo me dio por estudiar derecho; casi no me gradúo, pero logré terminar la carrera, que tampoco me sirvió para nada porque sigo haciendo de todo, es que el estudio no lo es todo en la vida…
– Eso es cierto Diablo, ese cuento de que el estudio es la panacea de la vida y que sólo mediante él progresaremos es pura carreta o si no que lo digan los miles de profesionales que están desempleados en este país o haciendo cosas muy distintas a lo que estudiaron.
El Diablo ya había terminado su desayuno y sorbía poco a poco el chocolate que la madre de El Deambulante les había servido. La mañana se presentaba helada y afuera las calles permanecían extrañamente solitarias. Un manto de niebla cobijaba la ciudad y el presentimiento del frío impedía que el ánimo estuviera como para salir al parque.
– Hombre Diablo, ¿será que nos vamos para el parque?
– Pues vos verás Deambulante… hasta sí, ese parche me quedó gustando y eso con unos traguitos de los que ustedes preparan… ¿cómo es que se llama esa cosa?
– Repotente, Diablo, Repotente…
– ¡Ah, sí!, perdoná Deambulante, pero es que me cayó en gracia. ¿Y quién inventó ese trago?
– La puta necesidad, Diablo, la puta necesidad.

