MARTÍN RODAS IZQCapítulo X.La ciudad invisible

El papel deambulante

 Por: Martín Rodas

 Cuando salieron de la casita del barrio viejo, la niebla se había disipado y el sol asomaba en el horizonte. Ambos entraron en un estado eufórico que les permitió hacer del recorrido hasta el parque una hermosa aventura dialógica.

La travesía era sencilla. Debían subir varias calles muy pendientes hasta La 23, que como siempre estaba llena de gente. Allí se dejarían llevar por el río humano que les desembocaría en alguno de los parques que marcaban y adornaban la ruta de esa calle legendaria. Mientras iban a la deriva dejándose arrastrar por la corriente, El Deambulante le contaba al Diablo historias de personajes de La 23.

– Mire hermano, aquí en esta esquina vivía Relevo, que era un perrito todo chandoso y que era la mascota de La 23 y de los vigilantes del Banco de la República. Ellos le cogieron cariño y le daban comida y lo cobijaban por la noche con periódicos y el perrito era gordito y chandoso. Verlo ahí enrolladito y feliz en el andén lo alegraba a uno y se enternecía el corazón. El perrito vivió muchos años en esa esquina hasta que se murió de viejo. Fue todo un acontecimiento en la ciudad, hasta la noticia salió en la primera página del periódico.

– ¿No jodás hombre Deambulante? Vea pues, son las pequeñas historias que a veces tienen más importancia que las otras, las historias oficiales llenas de mentira e intriga.

– Sí hermano. Esta 23 ha sido para mí todo un encarrete. De hecho he vivido la mayoría de mi vida en su regazo. Creo que no ha habido un día en que no la haya recorrido. He conocido en ella a personajes legendarios como Leonardo Quijano, una especie de poeta maldito, que la andaba de punta a punta con un paquete de periódicos y papeles viejos debajo del brazo. Vendía poemas y dibujos suyos o los cambiaba por comida o trago. Era muy callado, pero me cuentan que había sido un gran escritor y que optó por vivir en la calle. Yo siento, ahora, mucha empatía con su memoria, pues ya murió, porque de cierta manera también la calle es ahora mi otro hogar.

– Hermano, esta calle me recuerda al carnaval de mi pueblo, porque es una procesión de gente que saca los trapitos al sol; se ve de todo, se muestra de todo, tiene vida.

En esas andanzas mentales y físicas llegaron al Parque de Los Fundadores, el preferido por los chirrincheros. Éstos ya se habían instalado en las bancas y el repotente circulaba en las copitas. “Hombre Diablo, bienvenido; pensé que no te iba a volver a ver”, exclamó emocionado Pescuezo mientras le daba un fuerte abrazo.

– No hombre, yo me estoy amañando, pues vea que volví con el amigo Deambulante, que muy amable me dio posada en su casa.

–  Es con mucho gusto Diablo…

–  ¡Ah, se me olvidaba!, qué pena Deambulante que no mencioné a esa maravilla de viejita que es su mamá, qué ser tan hermoso.

–  Sí hermano, esa viejita es la que me da moral.

–  Y lo trata como si fuera un niño todavía.

“Sí”, dijo El Duende, que apuraba un trago, “y este man ya tan viejo y güevirrayado”. “Pues hermano, yo me quedo con mi vieja, y que a las otras mujeres me las envuelvan”, respondió El Deambulante, con la contundencia propia de un ser que ha sufrido males de amor y no ha podido olvidar.

– Pues a la final uno como que se va quedando es con los pocos amigos que arroja la vida a esta playa después de las tormentas.

Todos quedaron pensativos después de estas últimas palabras dichas por Peluche, que no era muy dado a hablar trascendentalmente, pero lo que había expresado tenía un sentido profundo y la metáfora cayó hasta el fondo de esas almas errabundas.

La playa era ese parque, esos parques y La 23. Todos habían vivido su propia tempestad y habían llegado, después del naufragio, a esas islas de cemento convertidas en oasis que brindaban refugio con algo de libertad y dignidad que compartían con los otros seres invisibles y olvidados que hacían parte de la ‘escoria de la sociedad’, como musitaban muchos de los seres visibles y normales que pasaban a diario hacia las rutinas de miedo en que se habían constituido sus vidas.

– Hombre Diablo, no te había mostrado el papelito.

El Deambulante sacó el papel del Bando y se lo entregó a El Diablo. Éste lo leyó y lanzó una fugaz mirada al auditorio en tono inquisitivo.

‘¿Qué le pareció, hermano?’, preguntó Pescuezo.

– Pues, no sé, ¿esto es como de un grupo guerrillero o qué?

‘No hermano, no sabemos de quién es. Se lo encontró El Deambulante por ahí tirado en la calle’, dijo El Duende. ‘Y ahí dice que no son alzados en armas, sino alzados en almas’, remató.

– ¡Ah, ya!, entonces son como de una religión integrada por los que aparecen firmando abajo del papelito… ¿cómo es?… TiN, Hojas Anchas…

‘Pues yo creo que tampoco, hermano Diablo’, se apresuró a contestarle El Deambulante. ‘Yo lo interpreto como un manifiesto de los seres excluidos y rechazados de la sociedad, o sea nosotros, y aquéllos que llaman desechables, limosneros, locos, putas, y en fin, de toda esa gente… y repito, nosotros también estamos en esa colada. Esos que aparecen firmando el texto son desconocidos, no sabemos qué o quiénes son’.

–  Y ese papel, Deambulante, ¿en dónde lo encontró?

‘Por ahí tirado en La 23’, le respondió al Diablo.

–  Parece como la hoja de un libro, no es como una hoja única.

‘¿Le parece Diablo?’, preguntó El Deambulante, haciendo eco de la duda planteada por su nuevo amigo.

La conversación fue desviada hacia temas más prosaicos, en donde el goce y la burla eran el centro de atención. Las copas iban y venían en una danza permanente que producía un trance juguetón en los participantes.

El grupo permaneció hasta medio día, hora en que el hambre acosó a El Diablo, quien invitó a almorzar a Pescuezo y a El Deambulante. Los tres se dirigieron hacia un restaurantico en La 23 que vendía combinados baratos de fríjoles, arroz y carnita, con un vasito de jugo.

En medio del almuerzo, El Deambulante empezó a discurrir sobre la comida.

– Muchachos, el problema básico de esta sociedad es la comida. Mire por ejemplo que si no fuera porque El Diablo tenía plata para invitarnos, pues estaríamos rebuscando por otro lado.

‘Y es con mucho gusto la invitación’, dijo El Diablo mientras trinchaba la carne.

‘Gracias Diablo’, respondió El Deambulante, mientras levantaba la cuchara a la altura de sus ojos y señalaba a sus compañeros con ella. ‘Pero cuando no hay plata para comprar comida, ¿qué hace la gente?’

–  Pues hermano, toca el rebusque.

– Exacto Pescuezo, ahí está la clave. El rebusque está en la calle. Miren toda esa gente que esculca las bolsas de la basura.

‘Es algo terrible, pobrecitos.’

– Sí, Diablo, pero ellos han asumido eso como una forma de vida y no les importa lo que la gente diga. Una vez hablaba con un reciclador, de esos que cargan costales enormes, y me decía que la calle era una madrecita para ellos, porque les daba todo.

– ¿Verdá hermano?

–  Sí Diablo, así de sencillo.

‘Eso es cierto’, alcanzó a musitar Pescuezo, atragantado con un pedazo de carne.

–  No te nos vas a ahogar, Pescuezo.

–  Tranquilo Deambulante, lo que pasa es que la presa está como que durita.

‘Tome juguito para que le pase’, le dijo El Diablo mientras le daba unas palmaditas en la espalda.

Terminada la comida, salieron a dar un vueltón por La 23. Lo hicieron en silencio, ensimismados en quién sabe qué profundidades existenciales, esas que dan después de comer en la modorra y la somnolencia que esta produce, quién sabe.

Subieron al barrio Chipre en lo más alto de la ciudad a contemplar el paisaje soberbio que desde allí se divisaba. A lo lejos, en horizonte, aparecía la cordillera Occidental dominada por una protuberancia enorme llamada Tatamá, más allá estaba el mar. En medio de esa cordillera y Chipre se divisaba el valle del río Cauca, por donde entraron los conquistadores en busca del oro de los indios. Era un valle hermoso, ahora colonizado por los inversionistas que estaban loteando todo el territorio para que los ricos hicieran allí sus cabañas de recreo. Una inmensa avenida salía de la ciudad hacia aquel valle, como cicatriz gigantesca y aberrante. Era uno de los megaproyectos que imponían a la naturaleza la rudeza y brutalidad de su frialdad calculada. En medio del paisaje, crecía como un cáncer, la explanada que se convertiría en el flamante aeropuerto por donde iba a entrar la invasión del capitalismo salvaje con toda su basura y saldría nuestra riqueza. Se estaba repitiendo la historia de la conquista.

La gente veía eso como progreso y desarrollo.

Estos asuntos ocupaban a los tres amigos, que hablaban inspirados en la belleza del paisaje y a la vez sentían tristeza por lo se avecinaba para la región.

‘Es que hermano, estos hijueputas siguen manejando las cosas de la misma manera que hace siglos, cuando llegaron los conquistadores y arrasaron a sangre y fuego estas tierras blandiendo sin misericordia sus espadas y sus cruces’, vociferaba Pescuezo, furibundo y manoteando al infinito.

–  Luego llegaron los famosos fundadores, esos seres de ‘hidalga raza’ y noble estirpe. También me cago en esos hijueputas.

– Hombre Deambulante, ¿y por qué tan envenenado con esos manes?

– Porque ellos siguen montados en el poder saqueando nuestras riquezas, y ahora peor, porque son lobos disfrazados de ovejas. La montan de apellidos, arguyendo que descienden de noble raza y hasta tienen unos payasos que les escriben genealogías en donde sus familias resultan relacionadas con la nobleza europea. Es que es patético y ridículo. Y lo peor es que la gente les come cuento. Si estos hijueputas descienden también como todos nosotros de esa manada de ladrones y asesinos que desembarcaron en América en la época del saqueo y el holocausto mal llamado descubrimiento.

Los ánimos decayeron poco a poco con la tarde. Los tres, después de consumir la adrenalina que les provocó la ira por los sucesos de nuestra historia, se dirigieron de nuevo por La 23 hacia el parque, ansiosos de encontrarse con sus otros amigos, para integrarse a algunos de los parches que se organizaban espontáneamente, de acuerdo con el tema de discusión.

La carrera 23 continuaba con su algarabía perpetua de vendedores ambulantes, loteros, mendigos, maricas, ladrones, putas, taxistas, locos, artesanos, desempleados, policía jodiendo a los anteriores, corbatudos lagarteando algún tinto en los cafés que bordean esta calle. ¿De dónde salía tanta gente?, se preguntaban los tres amigos. ‘Vaya dios a saber’, remató El Deambulante.