Anacrónicas / Novela corta por entregas

MARTÍN RODAS IZQCapítulo XI.La profecía

El papel deambulante

Por: Martín Rodas

Llegaron al parque y encontraron reunidos en un grupito a Olafo, Peluche, El Alquimista y Don Duende. Se integraron y sacaron la botella de alcohol Cristy que habían comprado en la tiendita de Josías. De inmediato El Alquimista empezó con sus artes y magias en la preparación de la bebida mágica.

El Deambulante había estado elaborando, desde el momento en que encontró el papel con el Bando, una teoría hecha poco a poco con pedazos de las charlas que se daban en las tertulias del parque. Armaba un rompecabezas que ya presentaba un perfil reconocible. También escribía en papelitos de diversa índole acerca de todo el asunto.

– Cómo les parece que tengo una teoría sobre el mensaje de El Bando y es sobre lo que sucede y lo que va a suceder.

‘¿A suceder con qué, Deambulante?’, preguntó Don Duende.

– Pues con la sociedad, con el sistema… la naturaleza… la tierra.

El Deambulante ya no aguantaba las ganas de comentarles a sus amigos el hallazgo de la clave para descifrar el documento. Con lo que iba a decir tenía la intención de convertirlos también en sus discípulos, pues la teoría elaborada por él sería un dogma, un misterio revelado, una profecía del fin de los tiempos y él sería un iluminado por traducir en palabras y desentrañar un secreto tan profundo como la vida misma, como la muerte misma.

– Señores, El Bando es una advertencia profética, no es una amenaza guerrillera ni una conspiración… o sí, es una conspiración, pero metafísica.

“Lástima que no esté El Filósofo, pues usted está metiéndose en asuntos duros”, balbuceó lentamente Olafo mientras acariciaba su barbilla y trataba de coger las palabras sentenciosas y graves para desmenuzarlas una a una y así poder entender.

– Sí, hermanos, a esto se lo va a llevar el putas.

Dijo con voz fuerte El Deambulante.

– A mí no me metan, yo no he pensado hacer nada de eso.

Este comentario de El Diablo causó risas y todos tenían expresiones de alegría en sus rostros como de niños. Era una felicidad que daba envidia.

– No malparido, en serio.

– Perdoná, Deambulante.

Pero las risas ya eran carcajadas, que continuaron un buen rato por encima de la solemnidad de El Deambulante, quien no tuvo más remedio que esperar. Explícitamente habían entendido siempre que sin humor la vida no valía nada y ninguno de ellos se reprimía de expresar sus sentimientos abiertamente. El Deambulante era el primero en comprenderlo y disfrutarlo y aunque se estaba haciendo el serio, por dentro también se gozaba a él mismo y compartía con los otros la burla.

Pescuezo aprovechó para servir un repotente cuando volvieron a la aparente seriedad y mostraron de nuevo interés por conocer la teoría de El Deambulante en torno al papel que había encontrado abandonado en la calle.

El Deambulante, dándoselas de mago, sacó de la manga de su saco el papelito, que había doblado cuidadosamente como un origami con forma de barquito y lo desdobló con delicadeza y ceremonia.

– Aquí, señores, está el secreto de los tiempos por venir. Y empezó un discurso que no fue interrumpido por ninguno de los asistentes a la revelación del secreto, quienes en absoluto silencio escucharon atentamente las palabras de El Deambulante:

‘Desde hace un tiempo escuchamos en la radio y vemos en la televisión que terribles catástrofes ocurren en diferentes lugares de la tierra. Inundaciones, terremotos, ciclones, accidentes nucleares, derrumbes, erupciones, etc., con gran cantidad de víctimas. Hace poco sucedió un hecho que dejó boquiabierta y pasmada a la gente. Por allá en Indonesia, donde quedan paraísos exóticos que son visitados por miles de esos turistas estúpidos de cámara fotográfica, sombrerito, pantaloneta y alpargatas, que provienen de Japón, Alemania, Suecia, Gringolandia, en fin, del denominado primer mundo. Esa manada de bobos que el sistema produce en serie y a quienes les fabrican lugares artificiales, como está pasando aquí con nuestras tierras, o si no vean en lo que están convirtiendo el Parque Natural de Los Nevados… bueno, me estoy enredando un poquito, pero es necesario… pues les contaba que por allá de un momento a otro llegaron esas olas gigantescas que llaman tsunamis y, ¡zaz!, arrasaron con todo. Yo veo eso como una señal de la naturaleza’.

Olafo había servido un repotente y El Deambulante pudo descansar de su perorata mientras se tomaba un trago para coger impulso:

‘En conclusión, asistimos al fin de los tiempos, aclaro, de los tiempos del ser humano como lo conocemos. No olvidemos que en el transcurso de las edades varios han sido los cataclismos que destruyeron todo lo que había sobre la tierra para hacer borrón y cuenta nueva. En este caso el borrón será para el sistema que depende de la explotación de la naturaleza, con lo cual empezará la era de los invisibles, o sea, de los que han aprendido, obligados por las circunstancias, a vivir de lo que la calle les da, de las sobras, a comer cucarachas y todo lo que se atraviesa; esos que visten harapos y que no les importa en últimas qué se ponen encima; esos que andan con la cobija al hombro y extienden en los andenes cualquier chiro y se cubren con cartones, pues esa es su cama y su casa… debajo de un puente… en cualquier hueco. Esos seres serán los privilegiados cuando Naturaleza diga ¡No más!, y listo.’

El discurso era largo pero encarretador. En resumen la idea de El Deambulante era que iba a llegar la gran catástrofe para acabar con todo y sólo aquéllos que estaban preparados y entrenados en el rebusque, el reciclaje y la subsistencia extrema en la calle sobrevivirían.

‘La reivindicación de los oprimidos no va a ser por las armas, ni por decreto, ni por las urnas; será por una acción de la Madre Natura, que es la verdadera fuerza creadora del universo’, enfatizó El Deambulante.

Al grupo de El Deambulante habían llegado muchos curiosos, otros chirrincheros y  transeúntes interesados. El Deambulante paseó su mirada por los rostros de quienes le observaban con atención y sentenció, apoyado en imágenes apocalípticas:

‘Y después del gran acontecimiento, esta será una ciudad de tierra y piedra; sólo los escombros quedarán como testimonio de la soberbia y la perversidad de un sistema que quiso someter siniestramente a las fuerzas naturales y a los otros seres humanos. El monstruo gigantesco caerá porque sus pies son de barro.’

El Deambulante aparecía transformado; su mensaje rayaba en la demencia, una locura empapada y sumergida en el licor, que provocaba en quienes le escuchaban, un trance contagioso, porque la mayoría también estaba ebria.

Esta sensación duró sólo un momento porque la agitación de la calle volvió en sí a estos oficiantes de la catástrofe. De todos modos se generó la discusión en torno a la validez de la teoría, que era apoyada por muchos.

‘Creo que ya es la hora’, pensó El Deambulante. Salió del corrillo como pudo, mientras los otros no se dieron cuenta que los abandonaba. Tal era la borrachera general. Caminó bamboleante y lento hasta el parque Los Fundadores y se sentó en una de las bancas. No había nadie. Durmió. Era media noche.