Anacrónicas / Todo reinado muere

MARTÍN RODAS IZQMe han contado que Luz Marina Zuluaga, nacida en Pereira y criada en Manizales, siempre fue una mujer generosa y humilde, lo cual no me consta, pero hay testigos.

 

Por Martín Rodas

 Asumo a cuenta y riesgo mío tratar en esta columna sobre un tema que puede parecer trivial, pero que tiene arraigos profundos en la cultura popular colombiana: los reinados. Es inevitable encontrarlos en los diferentes escenarios de nuestra sociedad, pues están emparentados con otro campo de conversación que también nos inunda: el fútbol. Considero que son temas a los cuales no podemos sustraernos tan fácilmente. Confieso, por ejemplo, que en mi caso particular, es de naturaleza familiar, pues varias reinas hacen parte de nuestra mitología. Una hermanita mía fue alguna vez reina del café en Calarcá y otras han sido candidatas a eventos de este tipo en otros pueblos. Por este motivo es que mi historia ha estado impregnada de esta materia.

Saco a colación estas reflexiones luego de la muerte de Luz Marina Zuluaga de Vélez, pues su imagen siempre me ha acompañado como un referente a lo largo de mi vida. Desde chiquito en mi natal Neira, Caldas, la corona obtenida por ella en Miss Universo, fue motivo de orgullo en un pueblo que siempre ha necesitado de ídolos. Su imagen, casi que mística, estuvo asociada a las charlas de parroquianos y parroquianas de una sociedad que basaba su orgullo en palabras viejas y gastadas como “raza” y “estirpe”, tan usadas en un mundo que se hizo a fuerza de repetir orígenes del más rancio abolengo “hidalgo” y “español”. Y es precisamente ese punto el que me hace recordar la imagen de Luz Marina.

Yo he aprendido a apreciar las culturas y los símbolos populares, y a pesar de todas las diferencias que tenga con algunos de ellos, no puedo soslayar su importancia en la creación de nuestras identidades. Creo que la muerte de Luz Marina Zuluaga cierra una época de la cual he sido parte y que se va desmoronando poco a poco, integrada por generaciones que nacimos en la violencia partidista, nos criamos en la migración campesina hacia las ciudades para integrar los ejércitos del proletariado, nos emocionamos con el descubrimiento del hippismo, vivimos la época revolucionaria estudiantil y terminamos metidos en estas oficinas minúsculas que hoy llaman cubículos viendo cómo todos los días caen los símbolos de aquello que alguna vez nos representó.

Sí, siento nostalgia con estas pérdidas, pues algo de mí también se va con ellas. A veces algo muy humano, muy cercano a lo que era la sociedad de antes, sencilla y familiar. Esto lo corroboro leyendo algunas de las historias sobre Luz Marina y su carrera hacia el reinado universal de la belleza, como por ejemplo, la de esta entrevista:

Mirando un gran libro donde conservaba los recortes de periódico que registraron su triunfo, Luz Marina comentó que en aquella época la preparación era menos exhaustiva. No existía la rutina del gimnasio, el manejo de la pasarela, la asesoría de imagen ni el fogueo con la prensa, además cada candidata debía maquillarse y peinarse sola.

Ese año, el concurso se desarrolló durante 10 días y desde el comienzo Luz Marina fue una de las candidatas más destacadas. Recordó que cada participante debía llevar un obsequio al alcalde de la ciudad.

Ella, como buena representante de la tierra del café, llevó como regalo este producto. El traje típico lo confeccionó su mamá. Era una falda negra con flores recortadas de otra tela, pegadas sobre la falda, una blusa blanca de escote bandeja sobre los hombros con un bolero y una trenza al lado, un ramo de flores y en los pies llevaba unas sandalias de tacón alto, pues por su baja estatura los tradicionales alpargates no le favorecían.

Este testimonio demuestra cierta humildad que rodeó su llegada al evento y contrasta con lo que sucede hoy en día con las “luminarias” creadas por la vanidad, la moda y el capital; emporios que fabrican no seres humanos, sino verdaderas máquinas de hacer plata. Me han contado que Luz Marina Zuluaga, nacida en Pereira y criada en Manizales, siempre fue una mujer generosa y humilde, lo cual no me consta, pero hay testigos. Lo único que sí puedo asegurar es que, como testigo de su muerte, soy a la vez testigo de la pérdida de una parte importante de mi vida, pues ella está en ese imaginario de una época que se acaba poco a poco y en la cual los personajes eran humanos… demasiado humanos.