Ángeles sin paraíso

GUSTAVO COLORADO IZQSi Jim  Morrison postuló la idea de  vivir rápido y morir joven para tener un cadáver bien parecido, Kimister, Bowie y Frey optaron por recorrer  todo el camino. Los tres  se hicieron  viejos cabalgando ese potro enfebrecido del rock que ha exigido siembre buenos jinetes. 

Para todos los que aman el rock and roll

Por Gustavo Colorado Grisales
Desde muy temprano me acostumbré a ver a mis músicos  favoritos como compinches  con los que pude entablar un diálogo interminable a través de sus acordes y canciones. Del Brahms de las Danzas  Húngaras hasta el Joaquín Sabina de Mujeres  fatal, pasando por el eterno clamor de los juglares del rock, todos  le han  regalado a mi vida una banda sonora  hecha de notas y versos: me basta con tirar la punta del hilo de una canción para que una parte de mi historia personal se desenvuelva en toda su plenitud.

Por  eso la muerte de un músico supone para mí una pérdida íntima. Esos adioses acarrean la erosión de una parte de mi piel. Desde  Hendrix, Janis y Morrison, pasando por  Keith Moon o Chris Squire hasta hoy, los heraldos negros no saben qué parte de mí se  calcina con sus malas noticias.

Así que los últimos tres meses han sido especialmente tortuosos. Primero fue Lemmy Kimilster, el bajista fundador de Motorhead,  que  desde su aparición en 1975 se propuso ser “La banda de rock and roll más sucia del mundo”. Y a fe que sus integrantes lo consiguieron: no por casualidad el nombre Motorhead  fue tomado del lenguaje utilizado en los bajos fondos para referirse a un consumidor de anfetaminas. Kimilster fue una suerte de poeta de la oscuridad que hasta el final de sus días se ufanó de no saber qué era la sobriedad, al menos durante los últimos cuarenta años de su vida.

Muy temprano, al despuntar 2016 le correspondió el turno a David Bowie, ese hijo del glamour que hizo del rock toda una puesta en escena, muy conectada con las estéticas de Andy Warhol y sus  epígonos. Amado y odiado a partes iguales, fue además un buen actor que nos dejó entre su legado producciones como El hombre que vendió el mundo y Odisea del espacio. A su manera,  la vida de Bowie fue una odisea en la que la reinvención de sí mismo era premisa constante: su condición camaleónica fue imitada por muchos que se quedaron a mitad de camino.

El  siguiente turno fue para Glenn Frey, el integrante de The Eagles, una banda marcada por las paradojas: Hotel California, su más exitosa grabación, no fue  precisamente la mejor de todas. Antes y después de ella produjeron obras como Long road out of  Eden  o   Hell Freezes over. Entendidas como un todo, las dos podrían traducir algo así como: un largo camino fuera del  paraíso hasta que el infierno se congele.

Si Jim  Morrison postuló la idea de  vivir rápido y morir joven para tener un cadáver bien parecido, Kimister, Bowie y Frey optaron por recorrer  todo el camino. Los tres  se hicieron  viejos cabalgando ese potro enfebrecido del rock que ha exigido siembre buenos jinetes.  “Too old to rock and roll/ too young to die” es el  título de una canción de Jethro Tull. Ian Anderson, su creador, sigue dando la batalla en los escenarios. A lo mejor la tarareó en voz baja en  tributo a sus colegas muertos. Después de todo, él es otro de esos ángeles sin paraíso que nos han ayudado a vivir a los rockeros en todos los rincones del planeta.

Sé que es un lugar común: con la muerte de los seres amados se va también una parte irrecuperable de nosotros mismos.  A esta altura del camino, cuando tantos de los que partieron se despellejan los nudillos golpeando las puertas del cielo sin obtener respuesta,  quiero plantar aquí esta flor hecha de palabras a su memoria y a  la de todos aquellos que en un momento u otro hicieron del rock and roll una parte de su utopía.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=aSsqavYIgNc