Apología de los traductores

KEVIN MARÍNSe creó una congregación con el fin de suprimir  la existencia de todo lo que consideraban herejía, bajo el nombre del Santo Oficio (Pablo III, 1542), la cual no dudó en perseguir y condenar a varios humanistas, entre ellos, quizá el más importante: Fray Luis de León, por su traducción del Cantar de los Cantares… 

Por: Kevin Marín

En el principio del libro, cualquiera que sea éste, se encuentra en la página legal o de derechos, diminutas pero no imperceptibles, unas palabras: título, derechos de autor, número de la edición, año, reimpresiones, casa editorial, ISBN y, más, mucho más pequeña, casi invisible, las mágicas palabras: De la traducción.


No me refiero al traductor que define Alberto Manguel, a saber: “El lector ideal es un traductor. Es capaz de desmenuzar un texto, retirarle la piel, cortarlo hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego poner en pie a un nuevo ser viviente”. Sino, más bien, al traductor que por arte de magia, (y de oficio), transforma una forma, una sustancia en otra, nueva, sin perder su esencia. Al ser humano que convierte una lengua distinta y desconocida en algo palpable y real, capaz de hacer sentir, sí, está vez, como lo dijo Manguel: hasta la médula.1

Se cree que el origen de las traducciones españolas se remonta a la época de reyes, clérigos y altos mandos de la nobleza del siglo XVI, interesados en los conocimientos de los clásicos grecolatinos y, por supuesto, de la Biblia. La Doctrina o Enseñamiento de religiosos es considerado el primer libro traducido al español desde el latín, por el fraile San Jerónimo, con el fin de enseñar a su comunidad religiosa, por orden de un superior, las enseñanzas eclesiásticas que allí se encontraban. En las notas preliminares este fraile  describe el cómo, el porqué y el cuándo de la traducción (lo que lo identificaría en la posterioridad como obra de su trabajo) del De eruditione Religiosorum (nombre original de la obra). Pero nunca firmó como traductor. 

Muchos fueron los traductores de este periodo, algunos de ellos: Pedro Simón Abril, Francesco Petrarca y Juan Boscán. Por toda Europa ya empezaba a circular una copiosa cantidad de obras en castellano, especialmente de carácter religioso, y es aquí donde entramos en problemas. Para la Iglesia Romana se tenía como blasfemo e impuro leer obras del latín en castellano, pues consideraban esta última como una lengua vernácula e indigna y no consentían que monjes o discípulos aprendieran directamente de ella, al contrario, tenían que pasar por el proceso de aprendizaje del latín o bien, por el discurso oral. Ésta fue la razón por la cual los sacerdotes católicos ofrecieron servicios en latín hasta 1960.

Se creó una congregación con el fin de suprimir  la existencia de todo lo que consideraban herejía, bajo el nombre del Santo Oficio (Pablo III, 1542), la cual no dudó en perseguir y condenar a varios humanistas, entre ellos, quizá el más importante: Fray Luis de León, por su traducción del Cantar de los Cantares y sus continuas críticas a la edición latina del Antiguo Testamento, considerando este autor que la versión original (en hebreo) no podía llegar a igualarse en latín.

Es decir, además de las continuas persecuciones, las torturas, o incluso los asesinatos,  hoy en día ni siquiera en consideración al fenómeno histórico; para la Madre Historia no tienen crédito alguno (salvo las eximias palabras antes mencionadas en el primer párrafo) estos héroes del lenguaje, estos seres humanos que universalizan la literatura, que rompen barreras idiomáticas y puritanismos o purismos caprichosos, y nos ofrecen  obras grandiosas que, sin ellos, no hubiéramos podido tan siquiera conocer.2

1La labor de traductores es tan ardua; días y días suprimiendo, tachando, agregando, pensando, corrigiendo… para conseguir lo más fielmente posible una idea en otra lengua. Ahora comprendemos a Borges cuando decía que “la traducción podría llegar a superar la obra original”.

2 En una columna del diario El Espectador, el año pasado, Héctor Abad Faciolince habló sobre el oficio de los traductores, ” quizás el más hermoso de todos cuantos hay sobre la tierra”. Con carne propia (Faciolince es traductor del italiano) y, dolorosamente, exaltó que no existe un premio literario importante que distinga la labor de traductores.