O  a lo mejor se trate de un enemigo solo en apariencia.  Quizás la vida pretende decirnos algo que por ahora no entendemos. Estamos demasiado atareados tratando de sobrevivir.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

A menudo, la enfermedad suele ser la expresión física de una perturbación moral: lo que los expertos llaman somatización.

Dicho de otra manera, lo que se desajusta en nuestras mentes se expresa en una gastritis, en una alteración cardíaca –iba a escribir coronaria, pero la palabreja tiene resonancias sospechosas por estos días– en una inflamación del colon,  en una erupción de la piel, en una cefalgia, en una afección respiratoria.

Si eso pasa con los individuos, algo similar acontece con el organismo de la sociedad y el del minúsculo fragmento de universo que habitamos.

La paciente Gaia de los antiguos.

En la era de internet acuñamos la expresión viral para referirnos a la vertiginosa manera como se multiplican los fenómenos a través de la red.

Ni en el más paranoico de nuestros delirios imaginamos que la naturaleza, la biología, la química se expresarían de la misma manera.

Un enemigo invisible y, por lo tanto, letal, surgió –nos dicen– en la ya no remota China y se expandió por el mapamundi a un ritmo que nos dejó inermes.

O  a lo mejor se trate de un enemigo solo en apariencia.  Quizás la vida pretende decirnos algo que por ahora no entendemos. Estamos demasiado atareados tratando de sobrevivir.

Tal vez se trate de una advertencia acerca del errático camino que hemos recorrido hasta ahora en  todos los términos: políticos, sociales, económicos, culturales.

Si lo entendemos así resultaría que estamos ante una oportunidad –acaso la última– para revisar el modelo de la sociedad en su conjunto, empezando por los cimientos que soportan su existencia: la codicia, el egoísmo, el saqueo, la corrupción, el consumo y el derroche insensatos legitimados como razones de vida.

Veámoslo de esta manera: por primera vez en nuestra historia reciente la masa incontable de turistas no pudo lanzarse a invadir playas, páramos, balnearios, hoteles y museos durante los días de Semana Santa.

Y eso es malo, muy malo para la economía.

Pero puede ser bueno, muy bueno para emprender el viaje de regreso a ese completo desconocido que somos nosotros mismos. Esa criatura indescifrable que nos inspira tanto miedo como el Coronavirus.

Por eso huimos de ella a través de los viajes, del entretenimiento, de los pasatiempos.

¿Notan cómo han cobrado de importancia los pasatiempos, los juegos de mesa a resultas de la cuarentena?

Tenemos una cantidad infinita de tiempo entre las manos y no sabemos qué hacer con él.

Una curiosidad: durante la última semana he recibido decenas de enlaces a  artículos de toda laya. También me envían  archivos con tratados enteros acerca de  los más disímiles asuntos.

Pero nadie me pregunta cómo estoy. He aquí otra oportunidad para ocuparnos del prójimo, del próximo, esa figura despojada de todo valor, a no ser como agente de producción y consumo.

El escritor colombiano Eduardo Zalamea Borda publicó en 1934 una vigorosa novela titulada Cuatro años a bordo de mí mismo, hoy olvidada como tantas otras cosas.

A esta altura del camino, cuando lo más empinado de la cuesta apenas comienza, un viaje al fondo de nosotros mismos –lo que los viejos teólogos llamaban examen de conciencia y contrición de corazón– nos devolvería al mundo más lúcidos y fuertes, más ligeros de equipaje y por lo tanto mejor dotados para reconocer en su pleno valor a los que caminan a nuestro lado.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada