JOSE ALEJANDRO RODRIGUEZA Bogotá la fundaron con Sangre, hambre y fuego quienes no estaban satisfechos con los Muiscas, ni con los ríos, ni los montes ni las lagunas, ni con las semillas nativas, ni con nada que no se les pareciera a ellos.

 

Por José Alejandro Rodríguez A.

Es tiempo de decirles a los capitalistas que Bogotá no es el enclave o la plataforma para la realización de sus negocios, no es la ciudad puerto seco, para que vengan a conversar, tomarse un café americano y ver cómo se reparten la tierra, sin que nosotros hagamos algo para evitarlo.

Lo primero que debe irse de la cabeza, del corazón y del arraigo de tanto “rolo” “cachaco” es esa representación frívola de pensar “Bogotá para los bogotanos” o “fuera provincianos”. ¡Carreta! Pues Bogotá no es sino el cúmulo de migraciones de diversidad de identidades y culturas que poco a poco le dieron forma. Bogotá no son sus edificios, son sus acontecimientos, con la gente que los hizo, es la manera particular como la caminamos con nuestros acentos y cadencias particulares. Los puros bogotanos, los cachacos de Sangre, son los Santos, los Pastrana, los Lleras, hasta los Peñalosa, son los que han gobernado mal desde hace 150 años.

Bogotá no es una ciudad construida en la amabilidad y el encanto de la colonización hecha a pulso y con mucho esfuerzo de quien transforma la naturaleza y se siente contento con eso. A Bogotá la fundaron con Sangre, hambre y fuego quienes no estaban satisfechos con los Muiscas, ni con los ríos, ni los montes ni las lagunas, ni con las semillas nativas, ni con nada que no se les pareciera a ellos.

Bogotá fue considerada esa ciudad centralista, donde se dirige el poder al resto del territorio nacional, pero que no pudo contener la llegada de millones de desplazados a la periferia y al hacinamiento, pues para el gobernante Colombia es Bogotá y el resto es materia prima.

A Bogotá, mujer indígena, le quitaron sus ropajes, la desnudaron y la violaron, y con ese mismo ímpetu y violencia le colocaron encima paños ingleses y la perfumaron con perfume francés, la colocaron en las esquinas del mercado, para que con su sensualidad atrajera de nuevo a los colonizadores, para convencerlos de regresar, de sacar hasta la última piedrita que por el río se encuentre.

Perdonen que escriba con tanto fuego, pero se me quebranta el habla cuando re leo el texto, pues hoy escuchamos el llanto de este ser, llanto de sufrimiento convertido en fuego, que se extendía por sus montañas y por las riberas del Tunjuelo, se cansó, se aburrió del mal gobierno.

Porque, aunque no lo quieran admitir, Bogotá tiene identidad, y en esa identidad no se viste de finos paños, ni se perfuma con esas fragancias. Bogotá es agua, huele a tierra y se sacude con fuego, es su frío acogedor y sus sonoras lluvias, es hermosa por donde se le mire y sin disfrazarse.

Bogotá es una sociedad hidráulica -aunque no lo quieran admitir-, somos una cultura anfibia -aunque lo desaprueben-, por eso, para los antiguos la rana era tan importante, porque nos recuerda nuestra inmanencia con el territorio, con el agua, con la tierra y el universo.

Solo queda el camino de ejercer “la gobernanza del agua” y eso no se hace esperando la orden del líder político, porque la experiencia enseñó que esto no se hace ni con votos, ni con tiros. ¿Cómo ejercemos la gobernanza? A partir de lo más mínimo, hasta lo más inalcanzable.

Se trata de entender la complejidad del territorio y que se trata de un ser vivo con relaciones multidimensionales en cada una de sus partes, que el territorio no existe si no lo pensamos, y extrañamos, que el páramo necesita del humedal, como necesita las montañas a sus ríos, para entender la dialéctica de la naturaleza, solo basta pensar con que el viento ayuda al fuego a extenderse, pero también ayuda a la semilla a dispersarse.

Esto quiere decir que si creemos ser defensores de los humedales y que el resto no es importante, entonces no entendemos la dinámica de la vida, que sí somos defensores del páramo, pero no de la vida en la ciudad, no entendemos las relaciones de las que estamos hechos.

En estas múltiples acciones que podríamos hacer es importante acudir a la variedad de orígenes étnicos y ancestrales, de la sabiduría de África y de los afrodescendientes, de los nativos, de los mestizos, de hombres y mujeres y de quienes transiten por los géneros, porque la vida es diversa y nosotros los humanos somos diversos aunque nos quieran hacer ver como clones de un solo individuo: “hombre, blanco, con dinero y heterosexual”.

Es necesario cambiar nuestros consumos, nuestros usos y formas de habitar el planeta. Empecemos la campaña, por quitarnos los colgandejos del oro y la plata, de la comida cancerígena, las campañas para volver al canasto, para disminuir de manera exponencial la contaminación que generamos en el consumo de nuestra forma de vida. Sembremos como sembraban los antiguos, hablemos, festejemos y trabajemos como podamos y donde nos convoquen.

Se necesita hablar con las familias y contarles de esto. Convencerlas, seducirlas y acompañarlas en hacer las tareas. Se necesita organizarse y salir a las calles, se necesita juntarse y quererse, como pueblo, como empobrecidos que nos tienen y pedirle al mal gobierno que se vaya.

Finalmente, aún en estas condiciones, podemos encontrarnos y ¿por qué no?, soñar, imaginar y delirar, en que hacer esto es posible. Empecemos a planear y a diseñar la ciudad que queremos, una ciudad de agua, que se gobierna obedeciendo, con edificios sostenibles, sin basureros y sin producir basura, con los ríos limpios y navegables, con árboles y plantas por donde quiera, con más bicicletas y sistemas de transporte eléctricos, masivos y dignos; sin discriminación de etnia, género, orientación sexual, discapacidad y especie.

¡Claro que necesitamos vías e infraestructura!, pero de otra forma y con otras intenciones; que los camiones transporten comida, para que Bogotá alimente al país y no como hoy, donde le quitamos la comida. Bogotá siendo la capital agrícola y ambiental del país, donde coordinemos el retorno a los campos, la salud, la educación y el alimento a cada región y municipio de Colombia. Bogotá es una ciudad de agua, que no se nos olvide.